RESPETO POR LAS MINORÍAS

 

Respondía un jefe de partido interrogado por el éxodo de militantes de su colectividad: los que se sientan descontentos con mi gestión, que levanten una alternativa y conquisten la mayoría. La suya parecía ser una exhortación lo suficientemente lógica como para diluir las críticas y rehuir a los fastidiosos sin sudar el menor esfuerzo retórico. Al fin y al cabo, la democracia, según el eslogan al uso en el viejo régimen representativo, se define como el gobierno de la mayoría. Sólo que, incluso en el sistema representativo —con su política de notables, de partidos de masas, o de audiencias—, el principio de mayoría estuvo siempre ligado al postulado del respeto por la minoría.

¿Por qué este valor acordado a la minoría? Por una necesidad de equilibrio. Porque el respeto por las minorías pone freno a la tentación de la mayoría de concentrar todo el poder en sus manos. El respeto por las minorías favorece la alternancia en el poder, pues cautela el derecho de la minoría a convertirse en mayoría. El respeto por las minorías estimula la iniciativa política, permite enmendar las decisiones, y refleja en los órganos de representación la amplia y compleja gama de intereses de las modernas comunidades.

El caso es que la democracia, precisamente para ser representativa, ha de ser pluralista, lo cual significa que en ella deben poder expresarse todos los ciudadanos en su más rica diversidad de intereses, originariamente minoritarios como los de raza, de lengua, de clase, de género, de nacionalidad, de edad, de religión o de estado civil. Por eso, la democracia, refractaria al conservadurismo decimonónico del culto al quórum, no se satisface con la pura formación de mayorías, sino que busca hacer efectivas la participación y la deliberación, atributos que hoy se echan de menos en los partidos, donde las minorías son desdeñadas, marginadas y, finalmente, empujadas fuera de la organización.

La deliberación democrática es diálogo, comunicación, argumento y publicidad. Es debate sometido a reglas de imparcialidad, universalidad y, sobre todo, respeto por la autonomía de las personas. No otra es la reingeniería que espera a los partidos políticos más allá de sus resultados electorales.

http://www.diarioconcepcion.cl/, martes 12 de noviembre, página 2.

 

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