EL LUGAR DE LA DEMOCRACIA CRISTIANA

El lugar de la DC

De las actuales colectividades políticas chilenas, la Democracia Cristiana es la exclusiva y última que ha ejercido un gobierno de partido único, el de Eduardo Frei Montalva, entre 1964 y 1970. Desde entonces la DC ha integrado diversas combinaciones multipartidarias. Hoy es la principal fuerza de La Nueva Mayoría. Y aunque no encabezará el gobierno, su peso puede ser aquilatado lo mismo en la báscula de una derecha que busca en ella la salida de su actual crisis, como en el balance de una centroizquierda que no podría excluirla sin poner en riesgo su proyecto nacional y popular.

% Votación DC en la CoaliciónLa DC y el PC son las colectividades ideológicamente más distantes del conglomerado, y por ello, las principales fuentes de tensión y de los eventuales puntos muertos del consenso programático. Esto podría inclinarlas a votar en contra de determinadas iniciativas, sin por eso forzarlas a abandonar el gobierno. En su reverso, el PS y el PPD seguirán siendo los partidos más afines, los más proclives a respaldar las decisiones de la Presidenta y a concederle mayores grados de libertad. En tales condiciones, el desafío al genio político de Michelle Bachelet consistirá en preservar la fortaleza institucional del Ejecutivo hasta 2016, cuando se desate la competencia municipal y la lucha por la sucesión presidencial.

Asimismo éste será un reto al talento de los líderes de los partidos con representación parlamentaria, porque es en el Congreso donde residen los refuerzos institucionales para el éxito del gobierno. Pues, si bien es cierto que la investidura de Bachelet procede directamente de la voluntad popular, de modo que su continuidad no está supeditada al Congreso, como en los regímenes parlamentarios, también es cierto que la formación y disolución de La Nueva Mayoría no está ligada a la suerte del gobierno ni se resuelve en las cámaras legislativas, sino que es una decisión privativa de sus partidos. Por eso, ambos, Presidenta y coalición, están compelidos a la cooperación.

La Presidenta necesita gobernar y responder a las expectativas de sus electores y, para ello, tiene que transigir con el Parlamento y construir mayorías. A su vez, los partidos necesitan prolongarse más allá del gobierno, lo que les exige ganar elecciones, gestionar políticas públicas y ocupar áreas de influencia en la administración. Debido a este mutuo reforzamiento institucional, lo que viene será muy distinto de la pretérita democracia de los consensos, cuando los pactos de transición se celebraban muchas veces al margen de los partidos y de las asambleas legislativas.

Distancia con el PC

La alianza con los comunistas es un punto vulnerable de la gobernabilidad futura. El senador Ignacio Walker, presidente de la DC, censura la solidaridad de los comunistas con regímenes que violan los derechos humanos, y también les imputa practicar una política a dos bandas: con un pie en el gobierno y el otro en la calle. Walker ha advertido categórico que la DC no va a formar parte de una coalición política con el PC. No obstante, ha sido su conducción política la que ha impulsado acuerdos electorales, municipales, parlamentarios y, ahora, de gobierno, con los comunistas, y ha concurrido con ellos a la creación de La Nueva Mayoría, la coalición sucesora de la Concertación.

Esta sería la primera vez que la DC concurriera a un gobierno con el PC, si bien la Falange Nacional, su precursora, participó junto a los comunistas de la Alianza Democrática, coalición que a principios de los años cuarenta permitió elegir parlamentarios y llevar a La Moneda a Juan Antonio Ríos. La historia enseña que si es pertinente preguntarse qué harán los comunistas frente a la protesta social, no carece de valor dialéctico preguntarse qué hizo entonces la Falange cuando el ministro del Interior sacó la fuerza pública a la calle para reprimir las movilizaciones sociales.

El testimonio de Eduardo Frei Montalva, a la sazón ministro de Obras Públicas, es sin duda aleccionador. Renunció al gabinete en repudio a la violencia que se cobró seis víctimas, entre ellas la de la joven comunista Ramona Parra.

Las decisiones que entrañan colaboración con los comunistas han venido siendo ratificadas una a una por los máximos órganos resolutivos del partido, pero la negativa a compartir el gobierno con el PC nunca ha sido sometida a escrutinio. Cuando se ha planteado, su debate se ha postergado, acaso para eludir una confrontación donde los renuentes tienen escasas chances de imponerse en número y en argumentos. Pero esta irresolución estratégica permite que proclives y refractarios revivan una polémica que, lejos de haber sido zanjada por la vía de los hechos, podría convertirse en factor de inestabilidad de la futura administración.

Pacto de gobernabilidad

Cuando se hizo público el programa de gobierno de Bachelet, una de las voces más entusiastas fue la de la Democracia Cristiana. ¡La DC se siente plenamente representada!, sentenció entonces Walker, pese a que en su elaboración hubo escasa participación de la militancia, y a que algunos de sus más reconocidos técnicos y profesionales fueron excluidos del trabajo. Se asumió que el manifiesto reflejaba por entero las orientaciones del partido, en especial las referidas a la política agrícola.

Pero de la plena ratificación la DC derivó a la adhesión condicionada. De fuerza de arranque parece transitar ahora a fuerza de ralentización. En materia de reformas constitucionales, la colectividad ha introducido distinciones conceptuales sobre lo que entiende por cambios profundos y cambios anodinos, enmiendas dentro de la institucionalidad y reformas extrainstitucionales, asambleas parlamentarias y asamblea constituyente. Su directiva se ha propuesto construir el consenso interno antes del envío del proyecto de nueva Constitución al Parlamento, a través de un comité ad hoc de especialistas. En contraste, importantes figuras públicas de la tienda se han pronunciado para apoyar sin reservas el programa de gobierno y las prerrogativas de la Presidenta, mientras que diversos grupos de militantes se han sumado al emergente, pero sostenido, movimiento de opinión por una asamblea constituyente.

Igual desafección del programa se observa respecto de cuestiones tales como el acuerdo de vida en común, el matrimonio entre personas del mismo sexo, y los derechos reproductivos y a la identidad sexual. Walker los considera asuntos de conciencia que no comprometen la lealtad de la colectividad ni la de sus parlamentarios. Pero viejos falangistas recuerdan que desde 1931 hasta 1989 prevaleció un Código Sanitario que contemplaba la interrupción del embarazo con fines terapéuticos. Y que la Ley 16.585, de 1966, y el DFL Nº725, de 1967, ambas normativas aprobadas en conciencia por la DC y promulgadas por el Presidente Frei, mantuvieron inalterada esta situación justificante.

Otras objeciones proceden de sectores críticos a la actual mesa y apuntan a las propuestas redistributivas y a las políticas públicas con garantía de derechos. Con no poca autoridad y ascendiente en las bases políticas más activas, estos sectores atribuyen la decoloración de las reformas económicas y sociales a la influencia de técnicos de talante liberal que no representan genuinamente intereses partidarios.

La existencia de estas diferencias en un partido plural —como lo son la sociedad y la democracia contemporáneas—, no debiera ser óbice para la formación de la política. Los problemas comienzan cuando las discrepancias no se debaten ni se superan con diálogos amplios e inclusivos, sino que siguen la senda de la post política: entre el sincretismo y la inmovilidad.

La idea de una fuerza política culturalmente homogénea, autoritariamente disciplinada y coactivamente unida tras una elite, corresponde a una noción de los años cincuenta, pensada para un partido único de gobierno, y para una planificación global de la sociedad. Una figura reñida con el constitucionalismo y los derechos de última generación reivindicados por la ciudadanía.

http://www.diarioconcepcion.cl/2014/01/04/#6

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