PEDIATRIA Y GERIATRIA POLITICAS

Lenin, retrato oficial, 1920

Lenin, retrato oficial, 1920

¿Qué busca Lenin cuando escribe La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo?

Corren los meses de abril y mayo de 1920. Tras la revolución de octubre, se ha expropiado el patrimonio de la Corona y de la aristocracia terrateniente. Se han iniciado las reformas económicas que impulsarán la industrialización y la instalación del socialismo en Rusia. En toda Europa se popularizan las ideas comunistas, refrendadas por la primera insurrección proletaria triunfante en el mundo. Lo que quiere Lenin es fijar posición universal sobre la política de alianzas del flamante movimiento en el seno de las llamadas democracias burguesas.

El líder de la revolución fustiga a los díscolos, a los refractarios al diálogo, a los renuentes a pactar, a los reluctantes a las instituciones de la democracia liberal, en suma, a los carentes de sentido y de capacidad estratégica. Los acusa de incurrir en un puro infantilismo político. Les enrostra inmadurez, voluntarismo, e incluso arribismo. «¿Queréis crear una sociedad nueva? ―les dice― ¡Y teméis la dificultad de crear una buena fracción parlamentaria de comunistas convencidos, abnegados, heroicos, en un parlamento reaccionario! ¿Acaso no es esto infantilismo?»

Medio siglo después, cuando la revolución bolchevique se ha rutinizado, los crímenes de Stalin han quedado al desnudo, y el sueño de una sociedad de trabajadores comienza a esfumarse, otro escrito ve la luz pública: El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil del leninismo. Quisiera ser la respuesta al opúsculo de Lenin. Ha nacido al calor de la revuelta de París de 1968, donde su autor ha conseguido destacar como uno de los más importantes líderes estudiantiles de entonces. Es el anarquista Daniel Cohn-Bendit, hoy europarlamentario por el Partido Verde.

 

El filósofo Jean-Paul Sartre y Daniel Cohn-Bendit

El filósofo Jean-Paul Sartre y Daniel Cohn-Bendit

Danny el Rojo, sobrenombre que le da la prensa, es crítico de los partidos comunistas por lo que considera su zigzagueante línea política pro-moscovita, su apoltronamiento en la burocracia y en el Estado, y su persistente transacción con el sistema, efectos todos de lo que se conoce como involución senil; rasgos de esclerosis y atrofia propios de la vejez. Su crítica la vierte desde la democracia de masas, desde las asambleas deliberantes, desde la fuerza de los movimientos sociales, y desde la potencia transformadora de la calle. Un solo pasaje del libro basta para dar cuenta de su propuesta, sin duda lozana, rebelde, ácrata y rupturista. En él Cohn-Bendit escribe su convocatoria al modo de exhortación bíblica: «Recházalo todo. Luego sal a la calle, desgarra todos los anuncios, para encontrar, en fin, el sentido político de las jornadas mayo-junio… Después, permanece en la calle, contempla a tus comparsas y piensa: lo esencial no se ha dicho todavía, hay que inventarlo. Entonces, actúa. Descubre una nueva manera de relacionarte con tu amiga, ama de otra manera, rechaza a la familia. No para los demás, sino con los demás; es para ti para quien haces la revolución. Aquí y ahora.»

A fines de los años sesenta, esta misma controversia será protagonizada en Chile por la izquierda universitaria emergente, émula de la revolución cubana y de los movimientos de liberación, y la izquierda comunista, de fuerte presencia en el mundo obrero y los sindicatos. Se trata de dos lógicas que pugnan por la definición de la vía al socialismo y de la política de alianzas deseable. Dos lógicas que seguirán confrontadas durante el gobierno del Presidente Allende y bien entrada la dictadura, a propósito de los balances de culpas.

Pero difícilmente estas concepciones políticas, ideológicas y estratégicas sean aplicables a la realidad de hoy. Porque ninguno de los partidos de la Nueva Mayoría resistiría el esquematismo del análisis leninista. Y ninguno de los actuales movimientos sociales toleraría ser clasificado dentro de las categorías de Danny el Rojo. Porque ambas nociones, si alguna vez tuvieron referentes en la realidad, pertenecen a un mundo y una sociedad perdidos en la noche de los tiempos. Persistir en sacarlas de la reflexión académica y llevarlas al debate político, sólo revelaría el anacronismo al que puede conducir la falta de teoría y, en el extremo, constituiría una prueba de inmadurez política, a la que también se llega por involución senil.

 

 

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