LA BRECHA DE LA IGLESIA CATOLICA

Sinodo

Cardenales desairan al Papa Francisco por su voluntad de darle la comunión espiritual a los divorciados.

“Yo no soy el papa, no se dirijan a mí”, habría dicho Benedicto XVI a quienes en secreto desfilaron por su despacho para instarlo a corregir la política de Francisco. Son movimientos disimulados y sigilosos que muestran a una iglesia tensionada por los imperativos de su propia puesta al día, a plena luz del día, y de su propia universalidad en un mundo globalizado. Así ha quedado de manifiesto en el Sínodo de la Familia que desde el 5 hasta el 19 de octubre reunió en el Vaticano a más de 190 representantes de los cinco continentes.

Aunque el Sínodo fue una instancia preliminar de la que tendrá lugar en octubre de 2015, dejó al desnudo las aristas de la controversia abierta entre progresistas y conservadores dentro de la iglesia y en las corrientes de inspiración cristiana. No otro es el contexto que le da sentido a la coyuntura vivida esta semana por los católicos en Chile.

Vano resultaría sacar fuera de este marco las indagaciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe acerca de las opiniones vertidas por los sacerdotes José Aldunate, Mariano Puga y Felipe Berríos. Inútil asimismo sería relegar la fuerte condena que, por contraste con estos testimonios, ha despertado el abuso contra una menor perpetrado por el sacerdote John O’Reilly, y el amplio despliegue de medios activado para protegerlo. E infructuoso el esfuerzo de separar las acusaciones al rector Fernando Montes por los premios que otorga la Universidad Alberto Hurtado.

Francisco fue derrotado en tres cuestiones ligadas a tales episodios, cuyos párrafos, al no concitar la adhesión de los dos tercios del Sínodo, quedaron fuera del informe. El papa aspiraba al reconocimiento de las uniones civiles y de los convivientes. Sólo consiguió que los sinodales aprobaran el intento de ayudar a dichas parejas a lograr la plenitud del plan de Dios. Anhelaba que se otorgara la comunión espiritual a los divorciados que se han vuelto a casar. Pero logró nada más que el asunto se siguiera analizando. Quería, por último, tolerancia hacia las parejas homosexuales. Obtuvo que los hombres y las mujeres con tendencias homosexuales fueran acogidos con respeto y delicadeza, evitando cualquier marca de discriminación. Es la brecha abierta en la iglesia de la postmodernidad que, sin embargo, nos evoca la disputa entre Pablo y Pedro en Antioquía.

Diario de Concepción
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