TRES FABULAS

TRES FÁBULAS

En la transición del gobierno de Piñera al de Bachelet o, si se quiere, en el paso de la Concertación a la Nueva Mayoría, se acuñaron tres nociones políticas que bregaban por definir y determinar la dirección y la intensidad de los cambios. Tres antinomias o términos contrapuestos, orientados en su propia tensión a fijar los alcances y límites de la distribución del poder en el nuevo escenario que se estaba instalando.

VOZ DE LA CALLE VOZ DEL PUEBLO ES

Cuando en 2011 resurgieron los movimientos sociales de oposición a la administración de Sebastián Piñera, se alzó contra éstos, considerados la voz de la calle, la primacía de las instituciones, la democracia de las instituciones, el Parlamento como instrumento de la democracia representativa, y el repudio al populismo, como natural derivación de la exaltación de las manifestaciones públicas. En su reverso, los movimientos sociales pusieron sobre el tapete la crisis de representación del sistema político, incluidos los partidos y los parlamentarios. Lo que se impuso fue una calle que se manifestaba multitudinariamente a favor de los cambios y que, asimismo, impugnaba el modelo.

Bien entrado el gobierno de Bachelet todavía el sentido de las reformas era medido según cuánto gravitaran en ellas las opiniones de estudiantes y profesores movilizados, o, por el contrario, las del Ejecutivo y del Congreso elegidos para concretarlas. Todo esto, claro, hasta que la calle empezó a ser caminada —como en la masiva marcha de padres y apoderados— por sectores defensores del statu quo y refractarios al cambio. Poco a poco, a medida que las protestas antigubernamentales crecieron en magnitud, el símil que se había establecido entre voz de la calle y anomalía política fue bajando su tono hasta volverse imperceptible. Se había hecho evidente que la calle era expresión de una sociedad libre y pluralista, y que desacreditarla podía comportar el inicio de un sistema bloqueado por las instituciones y por las coacciones mediáticas, pasto apropiado para aventuras autoritarias y represivas.

En una democracia no es menos legítima la voz de la calle, que la voz del pueblo o que la voz de las instituciones. Ponerlas en contradicción insoluble sólo favorece el inmovilismo de quienes quieren que nada cambie. Y nada es más parecido a esta ineficiencia que la inútil riña entre el león y el jabalí de la fábula de Esopo.

El león y el jabalí

NO HAY MÁS COALICIÓN QUE LA QUE NOS REÚNE

Con dificultades aceptaron algunos partidos políticos incorporarse a la Nueva Mayoría. Las principales reticencias provinieron del Partido Comunista y de la Democracia Cristiana, colectividades ejes de sus respectivos pactos electorales, pero que no habían tenido experiencia común de gobierno por espacio de 70 años. Aunque se habían ensayado arreglos electorales, como los que permitieron a la Concertación asegurar su opción presidencial en segundas vueltas, o como los pactos municipales y parlamentarios, la presencia de comunistas y democratacristianos en el gabinete, sólo fue posible por la prerrogativa de juntarlos que Michelle Bachelet empleó sin inhibiciones (con un 63 por ciento de apoyo no es para andarse con cortedades).

Los siete partidos se habían comprometido a respaldar el programa de gobierno, mediante una acción coordinada tanto en el Ejecutivo como en el Parlamento. La Democracia Cristiana entendió que dicho compromiso era un acuerdo y no una coalición, como la habría sido la Concertación. ¿Dónde radicaba la diferencia? Pues, en su permanencia o proyección. La Concertación, se decía, habría sido una alianza pensada para permanecer; la Nueva Mayoría, en cambio, tendría fecha de caducidad. No existen sin embargo antecedentes que avalen esto y, por el contrario, es cada vez más claro que los partidos, y los jefes de partidos, y los militantes de la Nueva Mayoría, se comportan como si formaran parte de una coalición que aspira a proyectarse, y a la que se le plantean exigencias como coalición. Resultará paradójico, pero quienes han insistido en la idea de un acuerdo, y no de una coalición, reclaman a la Presidenta que ejerza un liderazgo más activo, que resuelva las pugnas entre partidos, y que asegure una representación más equilibrada de las colectividades en su gobierno. Dicho de otro modo, la siguen viendo como la jefa de una coalición. Si como ha precisado el presidente de la DC, «una coalición se define necesariamente por afinidades en términos de objetivos y convergencias programáticas», entonces esto es la Nueva Mayoría por más que se le presente como un acuerdo intrascendente.

Es un autoengaño creer que baste llamar de otro modo a una cosa para cambiar su destino, como lo hacía el aparcero de La Fontaine cuando pensaba que controlando el clima podría sacarle mejor provecho a la tierra. La Nueva Mayoría será más o menos coalición dependiendo de las prácticas de sus actores, lo que, obviamente, la puede conducir a su fin o a su permanencia.

 

Jupiter y el aparcero

EL CENTRO: UN SUSPIRO

Pocas estrategias han dado menos frutos que aquellas que han pretendido cristalizar en colectividad política lo que las estadísticas exhiben como posiciones de centro. La sola transición democrática fue rica en ensayos del tipo Unión de Centro Centro, centro reformista o centro excéntrico, que, aunque a ratos fascinantes y convocantes, no pasaron de ser experiencias efímeras. En las presidenciales de 2013 asistimos a los últimos intentos de conversión del centro en sí al centro para sí. Desde luego, Franco Parisi, con el socioliberalismo, y Andrés Velasco, con el liberalismo laico, son dos de sus más destacados exponentes, ambos sin partido ni movimiento político que los sustentara. Pero es Claudio Orrego, firmemente anclado a la mesa directiva de la Democracia Cristiana, quien conduce la cruzada de llevar a la falange a los manantiales del centro. Su cometido es recuperar el centro político, el centro progresista social cristiano, ese 60 por ciento de chilenos que no votan, asegura, aquel por donde se ganan las elecciones.

¿Qué quedó de todo eso? Velasco logró un cuarto lugar en las primarias, tras Bachelet, Longueira y Allamand, en este orden. Luego formó Fuerza Pública y ha construido acuerdos con sectores de centro-derecha. La propuesta de Orrego obtuvo la adhesión del 6 por ciento del electorado, menos de la mitad de la proporción de votos que, en la actualidad, captura su colectividad. E Ignacio Walker enfatiza, queriendo clausurar con ello una larga polémica, que la Democracia Cristiana está en la centroizquierda.

Mucho ruido para nada más que viento, diríase también del parto de los montes.

El parto de los montes

 

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