DE LOS MATICES A LA CRISIS

El friso de la vida

Cuando se habla de matizar o de introducir matices, lo que se está diciendo es graduar con sutileza, incluso con refinamiento, los contornos de una cosa. En ningún caso el matiz, un rasgo poco perceptible, busca alterar la naturaleza de algo. Y así lo dieron a entender los críticos de Bachelet cada vez que dijeron que el programa de Gobierno precisaba ser matizado. Los matices aparecían como adecuaciones de la teoría a la práctica, del programa a los proyectos legislativos, ejercicio propio del debate político y, por ello, legítimo en una democracia representativa.

Pero quienes ayer hablaron de matices han dejado de hacerlo. En su lugar, hoy hablan de crisis, de fijar un antes y un después en el programa y en la conducción del Gobierno. Desearían volver a discutirlo todo. Trazar un nuevo punto de partida en la deliberación política, uno que revise el carácter, el ritmo y la intensidad de las reformas. Quisieran construir desde la política convencional de los partidos, un proyecto de país sucedáneo del ratificado en las urnas en tres elecciones sucesivas -primarias, primera vuelta y balotaje- y en nueve meses de análisis, controversias y consensos. Tres pruebas reales que no resisten ser escamoteadas con ficciones políticas sobre lo que no fue y que pudo ser.

Lo suyo no es matizar, sino, más allá del veredicto popular, hacer una nueva evaluación, un nuevo diagnóstico y una nueva planificación que devuelva a la gestión de Gobierno el sentido patriótico, nacional y de chilenidad que habría perdido. Por eso, su fórmula de salida de la coyuntura, vista como un trance, no se satisface con un ajuste de gabinete, como con un cambio estructural de la función gubernamental.

Esta estrategia de ruptura se desmarca de nuestra imperfecta democracia constitucional, donde todavía se espera que quienes han sido derrotados hagan una oposición honesta y responsable, permitiendo que las mayorías gobiernen y lleven a cabo su programa. Mismo régimen político que les garantiza el derecho a convertirse en mayoría, a formar alianzas de gobierno y a concretar sus propuestas, pero que les inhibe la pretensión de torcer la voluntad del soberano y de convertir la facultad colegisladora en actos de cogobierno.

 

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