LA ABADIA

Sacra di San Michele en el monte Pirchiriano, comuna de Sant'Ambrogio di Torino, símbolo de la región del Piamonte.

Sacra di San Michele en el monte Pirchiriano, comuna de Sant’Ambrogio di Torino, símbolo de la región del Piamonte.

La inspiración de Umberto Eco para su novela El nombre de la rosa pudo haber sido la Abadía de Melk, en Austria. La que vemos en la versión cinematográfica homónima es, sin embargo, la abadía benedictina Sacra de San Michele, situada en la región del Piamonte, Italia. Como fuere, un monasterio semejante sirvió de escenario arquitectónico al profesor italiano para desplegar una trama histórica real, donde toman cuerpo, en personajes ficticios, los usos y costumbres medioevales del siglo XIV.

En el relato aflora la cotidianeidad de monjes atrapados en una vida de comunidad cerrada al paso del tiempo. Hombres celosos de sus dogmas, donde el voto de pobreza franciscana es la máxima defendida con intransigencia, incluso al precio del sacrificio de los propios miembros de la comunidad. ¿Qué mueve a ese ambiente de claustro? Es el miedo a perder el miedo. ¿Pero cuál es el origen de este miedo? Es la incertidumbre del mañana, que, en último término, es incertidumbre acerca de las propias convicciones.

Es la duda sobre la bondad y verdad del humanismo, en una coyuntura convulsa como la actual, la que cautiva las conciencias para, a pesar suyo, volverlas intolerantes, más que con los extraños, ahora con los próximos. Es la inseguridad sobre la verdad y bondad de la doctrina, la que lleva a algunos democratacristianos a demonizar la despenalización de la interrupción del embarazo en las circunstancias humanitarias que contempla el proyecto de ley del Gobierno. Es este escepticismo de la desesperanza el que los empuja a exigirles a sus camaradas proclives a la iniciativa, que abandonen el partido o que, en subsidio, éste los expulse. ¿De dónde proviene la autoridad de semejante exhorto? De hablar en nombre de la comunidad, cuyas virtudes exacerbadas y exaltadas, no consiguen empero ser reconocidas más que en la teoría, porque no en las estructuras reales ni en los comportamientos regulares de sus miembros.

Así es que el desencanto hace saltar a la palestra, como se expone a la luz del día un manuscrito «cuyos folios parecían pegados entre sí por efecto de la humedad» de la vieja biblioteca de abadía, las resoluciones del congreso partidario realizado hace siete años. Se recurre a ellas para instalar un dogma, a saber, que los democratacristianos deben oponerse a cualquier cambio de la legislación heredada. Pero en el archivo redescubierto no se leen, o no se entienden, o no se quieren ver, las excepciones que ese mismo congreso introdujo y que el proyecto de ley del Ejecutivo busca hacer explícitas y justiciables, y que, además, como parte del Gobierno, y habiendo asumido su programa, la Democracia Cristiana se comprometió a respaldar.

Sólo una colectividad presa del miedo al futuro pudo haber suprimido el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, aprobado por la Comisión de Políticas de Género de su V Congreso. Con ello clausuró fatalmente una ventana a los avances éticos y jurídicos de nuestro tiempo hasta tornar incomprensible el debate en el que hoy se encuentra sumida.

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