OTRA VEZ LA POLITICA

La gota de perfume

Cuando, al modo que se extraen las gotas del perfume, se purifica la compraventa de los terrenos de Machalí, lo que queda es una residual presunción de ilegalidad e investigaciones y sumarios en curso. El exuberante debate que ha tenido lugar en pocos días, ha sido capaz, sin embargo, de generar consecuencias políticas que van desde las renuncias a cargos y militancias partidarias, pasando por pérdidas de popularidad y ajustes de la agenda gubernamental, hasta el compromiso de forjar consensos y hacer profundas mudanzas institucionales.

Pero, pese a sus engañosas apariencias, el debate no ha sido acerca de cuánto se ajustan o apartan de la ley los procedimientos empleados, sino respecto de cuán buenos y rectos son los actos observados. La controversia ha tratado sobre lo que es justo y, en consecuencia, sobre la legitimidad de los modos en que se organizan la política y la economía.

No estamos en presencia de un alegato de tribunales, sino de una discusión ideológica que, como tal, ha propugnado principios, valores y normas por los cuales deberían ordenarse las relaciones de poder y de mercado. Una lucha de ideas a la que todo el mundo contribuye desde su propio saber y experiencia. Donde todos los relatos —filosóficos, doctrinarios, periodísticos y anecdóticos— concurren a la crítica del Estado y sus instituciones. Y donde todos tienen la oportunidad de elaborar la opinión del malestar, con el sesgo, claro, de que sobre un 40 por ciento de la población adulta es funcionalmente analfabeto: no entiende lo que lee. Para participar basta disponer de tecnología y de acceso a redes.

Estas expresiones subpolíticas, a menudo exaltadas como la irrupción desde abajo de una sociedad civil deliberante y empoderada, pueden crear lazos de complicidad en torno al desencanto, pero, dados sus contradictorios objetivos, riesgo que no ignoraba Ulrich Beck, su precursor, a duras penas construyen alternativas de salida. Por eso, el cambio de las actuales reglas del juego democrático no vendrá de las redes sociales, los medios de comunicación, ni los nuevos movimientos sociales. Debe hacerlo la política, con todo el peso, y a instancias de la indignación, el hastío y el descrédito que carga sobre sus hombros.

http://www.diarioconcepcion.cl/

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