POLITICA LIQUIDA

siete

Una rotación de gabinete tan veloz como la consumada el fin de semana con la salida del ministro Insunza, podría traer a la memoria la rapidez con que se sucedían las acusaciones, renuncias y nombramientos de personeros durante los últimos meses del gobierno de Allende. Periodo crítico del siglo XX que concluyó en un golpe de Estado, en la supresión de las libertades y garantías democráticas, y en la más prolongada y sistemática violencia represiva perpetrada contra las personas.

También el actual es un tiempo crítico. Un momento de ruptura que interrumpe los contextos habituales de vida fijando un antes y un después. Sin embargo, no por una, sino por varias razones, ambas crisis son de naturaleza muy diferente.

Desde las formas de conciencia, la potencia de las fuerzas, la movilización de las voluntades, los fines ideológicos en pugna, la fortaleza de las instituciones, hasta la intensidad de los sentimientos de odio y la estética misma de la violencia, todo se revela en magnitudes distintas.

Probablemente ninguna cultura política haya sido más sólida, pesada y densa que aquella que fue empujada hacia el pasado por la transición democrática de los años noventa. Y quizá ninguna haya sobrevenido más líquida, ligera y permeable como esta que hace crisis en lo que va de la presente década. El episodio Insunza nos la descubre en todos sus contornos.

Las lealtades políticas se muestran inestables e inconsistentes: has llegado solo y solo te vas, a lo más conservarás el apoyo de tu sector. Los vínculos de solidaridad son débiles. Priman lazos fríos, precarios y generalmente formales que ocultan o distorsionan datos cruciales de la conducta privada. De ahí que en ciclos convulsivos no haya celo capaz de prevenir el riesgo.

Tus compañeros, en el pequeño archipiélago en que se ha convertido el partido, son los primeros en censurar tu desempeño. Los compromisos son caprichosos, a veces poco profundos e imprecisos. Se presumen las responsabilidades colectivas, pero siempre deben asumirse las personales.

Y no son estándares éticos más altos los que precipitan la crisis; es la pérdida de control de los tradicionales centros de influencia sobre las complejas fuentes de información que desnudan el ejercicio del poder.

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