GANADO HUMANO

Numero Cero

Hace dos siglos la población de Chile no superaba el millón de habitantes. Entonces sólo 25 mil ciudadanos tenían derecho a voto: los hombres mayores de 25 años que acreditaran poseer bienes. Con el tiempo, y tras fuertes luchas políticas y sociales, el derecho a voto se hizo universal, secreto, sin distinciones de género, edad, educación, capacidad física, ni país de residencia, y sin aquella satírica equivalencia entre mayorías y minorías que llegó a representar el sistema binominal.

Pero mientras estuvieron fuera de los asuntos públicos, a los marginados del poder siempre se les discriminó y se les trató de un modo desdeñoso. Nos lo recuerda en La Fronda Aristocrática con brutal elocuencia Alberto Edwards Vives, para quien el pueblo llano en los albores de la República no era más que masa inerte, ganado humano. Por eso, cuando el movimiento popular libró sus luchas de reconocimiento, no sólo debió pugnar por el cambio de las instituciones, como en este caso las leyes electorales, sino, además, por el cambio de la cultura política, un proceso de reconstitución identitaria que se inicia en el lenguaje y que consiste en erradicar las palabras con que ha sido despreciada la categoría social víctima de la exclusión, y en reemplazarlas por nuevos conceptos que ahora hablan de personas con derechos.

Esto que parece ser cosa del pasado, se percibe en los recién llegados a la opinión pública, evanescencia que no es concebible sin Internet. Se trata de ciudadanos que bregan por incorporarse a los espacios de diálogo —buenos y malos, como en todo tiempo; geniales y ordinarios, como en toda sociedad humana— donde día a día se produce el debate público. Gente que, así como ayer conquistó la cédula única, la cámara secreta y la papeleta impresa en braille, hoy empieza a comunicarse y a hacerse oír a través de nuevos, variados y competitivos diarios electrónicos, blogs y redes sociales.

Y también los actuales empoderados las emprenden contra el estatus adquirido por estas emergentes audiencias deliberantes. Umberto Eco, por ejemplo, cuya sombría visión de las comunicaciones fluye cáustica en Número Cero, su última novela, ve en ellas a una legión de imbéciles de la que se lamenta tenga el mismo derecho a la palabra que un Premio Nobel. Y al unísono, quienes censuran al periodismo y a los medios que por estos días desnudan los escándalos de corrupción, parecen emular los cánones de aquella época, pre-moderna aún, en que los derechos de expresión y de información apenas reclamaban por nombre el de libertad de imprenta.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: