VOTO DE CONCIENCIA

 

«La cuestión para quienes no creen en Dios es la de obedecer a su propia conciencia. El pecado, aún para los que no tienen fe, existe cuando se va contra la conciencia. Escuchar y obedecerla significa de hecho, decidir ante lo que se percibe como bueno o como malo. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestras acciones». Francisco.

«La cuestión para quienes no creen en Dios es la de obedecer a su propia conciencia. El pecado, aún para los que no tienen fe, existe cuando se va contra la conciencia. Escuchar y obedecerla significa de hecho, decidir ante lo que se percibe como bueno o como malo. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestras acciones». Francisco.

Cuando el lunes 27 de julio el Consejo Nacional de la Democracia Cristiana acordó votar en conciencia el proyecto de despenalización del aborto, cambió el carácter del debate. Ahora cada parlamentario podía votar la iniciativa obedeciendo solo a su fuero interno, como de hecho lo hicieron afirmativamente los diputados Gabriel Silber y Víctor Torres en la comisión de Salud de la Cámara Baja. Por extensión, a cada uno de los miles de militantes de la colectividad le fue reconocida con este acto la misma libertad y el mismo respeto por sus opiniones. De lo cual se sigue que ninguno puede imponerles nada a los demás, pero, asimismo, los demás —incluso si constituyen una mayoría— no pueden obligar a nadie a actuar en contra de su conciencia.

Es evidente que en la decisión primó un sentido práctico, pues, siendo los mandatos representativos y no imperativos, ninguna instrucción vinculante habría podido enviar a los disidentes al estrado del Tribunal Supremo. Prevaleció también un criterio político gracias al cual la tienda pudo enmendar el error de haber refrendado un programa que no estaba en condiciones de respaldar con la disciplina de voto de sus bancadas. Y lo que es más crucial, al proponer el voto de conciencia la falange entendió que el proyecto era consistente con sus principios y con su historia. Si no, habría impuesto una orden vertical e irrecusable de rechazo, y no lo hizo.

De la conciencia se ha dicho que es el último reducto del ser humano. Según Kant, el tribunal interior ante el cual nos acusamos y nos disculpamos. Para Ricoeur, el foro de íntima seguridad donde se disipan las dudas, la inautenticidad, la hipocresía, la complacencia… y donde resueltos atestamos: ¡aquí me detengo!

Pero acaso sea la palabra del Papa Francisco la que nos pone de cara a la conciencia individual moderna. «Cada uno tiene su propia idea del bien y del mal y debe elegir seguir el bien y combatir el mal como lo concibe», le ha escrito a Eugenio Scalfari, director del diario La Repubblica y reconocido ateo. Con ello ha validado lo que siglos antes Martín Lutero reivindicaba frente al papado, vale decir, que la conciencia humana es autónoma.

Francisco, sin embargo, ha ido aún más lejos, pues lo que hoy reafirma es aquella noción de autonomía moral que ha conseguido triunfar sobre los totalitarismos y sobre la filosofía de la sospecha, esta que con Marx creyó subordinar la conciencia a la infraestructura socioeconómica, con Nietzsche a la voluntad de poder y con Freud a las pulsiones del inconsciente.

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