REINVESTIDURA

Investidura

La investidura es un valor subjetivo que precisa ser positivamente apreciado a través de símbolos, como la banda presidencial, el báculo pastoral, la toga o el birrete. Pero sobre todo, a través de la actitud, el gesto, la conducta visible, que viste o reviste quien detenta una posición de poder.

La investidura presidencial no es algo que se tome y se consume en la ceremonia de traspaso de mando, aunque dicho ritual es una señal pública necesaria para testificar que el cargo ha cambiado de posesión. La investidura más bien es el protocolo del ejercicio del poder que da cuenta permanente de la potestad que asiste a quien lo posee. El carácter que cada día se expone al escrutinio público, y que cada día puede ser empañado, oscurecido y eclipsado, o esclarecido y realzado.

Dañan esta investidura —que en nuestro país concentra la Jefatura del Estado, la Presidencia de la República y la máxima jerarquía del Ejecutivo— las acciones que, orillando las facultades presidenciales, buscan cambiar el curso del gobierno, las operaciones que tienen como propósito presionar a la autoridad para que resigne sus funciones, y el desborde de los otros poderes públicos hacia su esfera de competencia. Ninguno de estos embates contra la investidura, pretendidamente justificados por los estados de ánimo y de salud de la Presidenta, por las caídas de su popularidad y por los desconciertos de su coalición política, ha pasado inadvertido para la opinión pública que, sensibilizada por el daño ocasionado y escéptica de las motivaciones esgrimidas, ha empezado a prestar legitimidad a los actos reparatorios de la dignidad del cargo.

El reordenamiento del gobierno, el contacto con la ciudadanía, las exhortaciones fidelizatorias a la coalición, y la potencia, como el ascendiente, de los mandatos observados últimamente en el desempeño de la Presidenta, constituyen actos de reinvestidura orientados a restablecer la plena posesión del cargo. Al posesionarse nuevamente, la Presidenta reasume en toda su magnitud y magnanimidad la tradición democrática y republicana que, encarnada en la más alta magistratura, y más allá de las circunstancias históricas, nos identifica y nos proyecta como el nosotros que los chilenos anhelamos ser.

La selfie de Bachelet

El Mostrador

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