EL IMAGINARIO SOCIAL CONSTITUYENTE

Imaginaria

No sé de ningún filósofo socialista que haya confiado más en las facultades reflexivas del pueblo que Cornelius Castoriadis (Estambul, 1922-París, 1997). Fue él quien concibió la democracia como un régimen de auto-institución, es decir, como un orden social e históricamente construido por seres humanos. Fue él también quien advirtió que el lenguaje de la política democrática es la palabra lúcida y explícita, donde el razonamiento debe ser claro y la expresión debe despejar la incertidumbre.

En su noción de lo social instituyente, los ciudadanos tienen el deber y el derecho de participar en la formación de la ley a través de un diálogo que es común a todos, como común a todos es el lenguaje empleado y las imágenes evocadas para darse a entender.

Al revés de los foros híbridos que han inspirado el actual proceso constituyente, el diálogo democrático de Castoriadis no asume la existencia de un vacío de consenso ni la probabilidad de riesgos calculables a través de la mercadotecnia al uso en alguna escuela de negocios. Más bien el supuesto, por lo demás comprobable, es que hay un sustrato cultural mínimo, cuyos sedimentos más sustanciales son los Derechos Humanos, el Estado constitucional de derecho y las reglas de convivencia del régimen democrático, que fijan los límites del debate y que, en consecuencia, permiten controlar los riesgos.

Seguidamente, quienes participan no son ciudadanos ignorantes del lugar, el tiempo y las memorias que comparten, sino personas socializadas en tradiciones, creencias y expectativas colectivas sin las cuales no sería posible transitar por las calles ni acudir a un memorial.

Tampoco este tipo de diálogo democrático busca una equivalencia —que no existe ni existirá jamás— entre el discurso experto y el discurso lego, pues lo que se debate no es el peligro de una central nuclear en la falla de San Ramón, sino algo mucho más vernáculo de nuestra civilidad: cómo queremos gobernarnos. Aquí, tanto el versado como el profano, permanecen en su sitio y, desde su sitio, concurren a un debate que es general, comunicable y comprensible y, por lo mismo, claro en su lógica y determinado en su exposición. Esto no significa que, al final del día, no se impongan las mejores razones y, acaso, la autoridad de los hablantes. No hay manera de evitarlo en una conversación entre adultos. El lenguaje crea realidades y éstas generan luchas de hegemonía que acaban por reducir a puras metáforas imputaciones tales como adoctrinamiento, ideologización o propaganda política.

Como corolario de lo anterior, será irrelevante la cuestión de la representatividad de cualquier focus group —siempre sublimable en su género por la figura de la asamblea constituyente—, si lo que se quiere es promover la participación de todos en la producción del imaginario social constituyente.

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