LOS FANTASMAS DE LA MEMORIA

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«Los fantasmas de la memoria son las vivencias que vamos acumulando en el transcurso del tiempo transformando en recuerdos imperecederos las efímeras felicidades cotidianas. Pero en no pocas ocasiones, surgen zonas oscuras en nuestro inconsciente que no podemos atravesar con la valentía necesaria para combatir situaciones traumáticas que anclan nuestro espíritu en angustiosos interrogantes de dificultosa resolución.»

Lilián Peña Torre

Los fantasmas de la memoria

Las elecciones municipales del pasado domingo tienen un enorme significado político y estratégico para el país, para el Gobierno y para los partidos políticos. Por primera vez en los últimos tres años, los ciudadanos han hecho un balance real del desempeño de sus representantes. Y los datos han resultado elocuentes: la abstención ha aumentado, revelando la desafección de la ciudadanía hacia el sistema político; la Nueva Mayoría ha perdido parte del apoyo que la llevó al gobierno; y la Democracia Cristiana ha descendido desde su creación en 1957 a su más bajo nivel de respaldo.

Los escándalos por el financiamiento irregular de la política y las insuficientes iniciativas correctoras emprendidas por los partidos, han derivado en una participación electoral apenas cercana a la tercera parte de los inscritos en el padrón. La pérdida de cohesión y de unidad interna de los partidos oficialistas, así como las permanentes fricciones entre éstos —que contrastan con la capacidad y velocidad de articulación exhibida por la derecha—, han generado una significativa dispersión de esfuerzos y la consecuente derrota del conglomerado en comunas que jamás debieron haberse abandonado.

La caída sufrida por la Democracia Cristiana, más que desapego hacia las tradiciones republicanas heredadas de Frei, Tomic, Leighton y Palma, sus fundadores, pone al desnudo las falencias de liderazgo, de conducción estratégica y de idoneidad técnica mostradas por sucesivas mesas políticas, que el emergente rostro de Carolina Goic, dado su escaso tiempo al mando, no ha conseguido reparar, si bien ha logrado moderar sus efectos.

En los últimos cuatro años, unos 225 mil ciudadanos le quitaron su apoyo a la Democracia Cristiana, al pasar de 804.622 sufragios para concejales en 2012, a 580.347 en 2016. Aunque ya el año 2012 la tienda había dejado escurrirse 50 mil votos. Esto sin contar que en la elección de consejeros regionales de 2013, migraron otros 85 mil adherentes. Sólo la alta abstención registrada este domingo ha podido librar al otrora único y fuerte partido de gobierno de quedar reducido a un dígito. Es lamentable lo que aflige al que fuera principal partido de la transición cuando alzaba sus banderas con el lema «para unir a la gente». Hoy ostenta el 12 por ciento entre sus pares de coalición, que regularmente se han movido en torno a estos porcentajes. Una cifra sin duda desalentadora, sobre todo cuando se medita acerca de las causas, por cierto evitables, que produjeron dicho resultado.

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Una colectividad que nace a la vida nacional haciendo de la moral pública la teoría y práctica de su acción política, no debió nunca haberse permitido los censurables vínculos personales y orgánicos con poderes económicos, menos aún con negocios contaminados por procedimientos oscuros y por venalidades engendradas bajo el imperio de la dictadura. Esto lo tolera con indulgencia el electorado de derechas, pero lo censuran severamente los votantes de centroizquierda. Así lo reveló con crudeza la derrota de Maipú, que explica la quinta parte de la fuga de votación DC. La fidelidad a esta ética de la acción política, no es ni más ni menos que un deber de la memoria —la que, a su vez, es parte del patrimonio inmaterial del partido— con las víctimas de la larga noche de Chile. Para peor, nada de esto, que es lo esencial del balance, se toca en sus análisis.

Entre la desmemoria y la irrelevancia acordada, ronda el fantasma de la Junta de Peñaflor. Esa de 1968 que, como evocan algunos, produjo, primero, la ruptura del partido con el gobierno de Eduardo Frei Montalva y, después, consigo mismo, cuando se desgajó el Mapu provocando una profusa sangría de jóvenes liderazgos políticos. Como entonces, hoy las discrepancias con el gobierno de la Presidenta Bachelet se visten de programáticas. Como entonces, hoy llevan al quiebre de la coalición y al abandono de las reformas comprometidas en el programa de gobierno.

En ello no hay matices. No existe diferencia entre las elites que practican políticas de salón y se muestran furibundas opositoras de las transformaciones emprendidas, y las minorías que, desechando una primaria de la coalición, proponen la aventura de levantar un candidato y de sostenerlo hasta la elección presidencial misma. Al igual que otros, que hace medio siglo promovieron la lucha armada y hoy se exhiben como exitosos financistas, están dispuestas a sacrificar la estabilidad y progreso que ofrece un gobierno de mayoría, y a renunciar a algo aún más práctico y más egoísta, como es la posibilidad de incrementar la cuota de senadores, diputados, gobernadores y consejeros regionales el año 2017. Para ellas la derrota anunciada es el costo esperable de una lucha ideológica que se justifica por la defensa de una identidad partidaria que nadie acierta entender.

En su revés, probablemente las bases populares de la falange, unas audiencias silenciosas sin acceso a los poderosos controladores de la prensa y la televisión, persistirán en la idea fundacional de Radomiro Tomic, también florecida en la Junta de Peñaflor; aquella de la unidad política y social del pueblo.

Pero sólo hay dos caminos que se perfilarán nítidos y excluyentes en los próximos eventos internos de la colectividad: la Democracia Cristiana mantiene y vigoriza su alianza con los partidos de la centroizquierda, o constituye con la centroderecha un sucedáneo reminiscente de lo que fue la breve Confederación Democrática.

 

 

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