DE TOMIC A GOIC

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Tomic es la idea, la voluntad y el testimonio que recorre las luchas populares de las últimas décadas. Tomic es el postulado de la unidad política y social del pueblo. Es la premisa de una alianza de fuerzas de centroizquierda con amplia y profunda implantación en las clases medias y populares. Es el principio que opera como condición necesaria e irrenunciable para la formación, estabilidad y éxito de los gobiernos de mayoría.

A Olga Ulianova, por su invaluable contribución al rescate de la memoria política de Chile.

Han pasado 47 años desde aquella histórica Junta Nacional de la Democracia Cristiana, cuando por 18 votos de diferencia la tesis del «camino propio», postulada por Jaime Castillo Velasco, se impuso a la vía de la «unidad política y social del pueblo», defendida por Radomiro Tomic incluso en la eventualidad de que el candidato presidencial no hubiere pertenecido a sus filas.

Ese mismo mes de mayo de 1969 se produjo la ruptura de la colectividad al escindirse el Mapu, hecho que habría de provocar una grave sangría en la poderosa JDC, según las premonitorias palabras de su fundador, el sociólogo y discípulo de Louis Althusser, Rodrigo Ambrosio.

Corrían tiempos convulsos y acaso Tomic fue el mayor visionario de la espiral de irracionalidad y extravío que les siguió. «Desde 1970 en adelante el dilema se abrirá quemante y claro… No me tiembla la voz para decirlo: o emprendemos una revolución democrática y popular dando forma a un inmenso esfuerzo de participación del pueblo para que Chile alcance otro horizonte y un nuevo destino, o el colapso institucional dividirá gravemente a los chilenos contra sí mismos…», anunció cuando fue proclamado candidato presidencial del partido.

«Con Tomic ni a misa», respondió entonces Luis Corvalán, a la sazón secretario general del Partido Comunista, desahuciando así la posibilidad de formar una coalición integrada por la DC, el PC, el PS, el PR y la API. La obra de la recientemente fallecida historiadora ruso-chilena, Olga Ulianova, ilumina las motivaciones estalinistas que en aquella época animaban a los comunistas chilenos y, a través suyo, nos ofrece una comprensión menos ideologizada y menos instrumental del papel jugado por la Democracia Cristiana.

Tomic es la idea, la voluntad y el testimonio que recorre las luchas populares de las últimas décadas. Tomic es el postulado de la unidad política y social del pueblo. Es la premisa de una alianza de fuerzas de centroizquierda con amplia y profunda implantación en las clases medias y populares. Es el principio que opera como condición necesaria e irrenunciable para la formación, estabilidad y éxito de los gobiernos de mayoría.

Cada vez que las fuerzas de centroizquierda abandonaron este precepto, el fatal desenlace fue la división y posterior derrota de las víctimas de la pobreza, de la segregación y del subdesarrollo. Cuando, por el contrario, perseveraron a pesar de las tendencias cismáticas que siempre pugnan por fugarse hacia la atractiva y peligrosa pureza de los intereses particulares, consiguieron asegurar las transformaciones y ofrecer mejores horizontes de progreso y bienestar.

El peligro de ruptura y fracaso no proviene, sin embargo, de la cultura política que, a lo largo de este medio siglo, y tras aciertos y errores, ha logrado afianzar la fortaleza de la centroizquierda. El riesgo deriva de un comportamiento político más coyuntural y fluctuante, como es el mensaje dirigido a influir en las preferencias electorales de indecisos e ilusos, y que opera en las fronteras de los pactos y coaliciones.

El veto contra Lagos, que es la probable y legítima carta presidencial de socialistas y pepedés, es peor que el veto a Tomic impuesto por Corvalán, con quien en los sesenta, cuando campeaba el equilibrio del terror de la Guerra Fría, no existía ninguna estrategia de colaboración. Hoy la prudencia de los comunistas les aconseja esperar la definición democratacristiana.

Lo mismo ocurre con la amenaza de llevar candidato a primera vuelta, en circunstancias que en solitario la DC no tiene la más mínima chance electoral y, habida cuenta, que es fundadora de una coalición mayoritaria a la que le ha dado cohesión y continuidad. Al respecto, no hay nada más contra-intuitivo, emocional, pasional y, en consecuencia, más alejado de una visión comunitaria de la política. Son cantos de sirena que emulan la reedición del «camino propio», y éste, la vía expresa hacia la fragmentación y el fracaso. Como Odiseo, quienes deseen exponer el sentido a sus melodiosas voces, antes deben taponar los oídos de sus seguidores y atarse al mástil.

Y es que las lecciones no pueden ser más claras. La derrota de la Concertación en la presidencial del 2009-2010 puede explicarse por la displicente actitud de ME-O y del PRO hacia Frei, como, en su reverso, el triunfo de la Nueva Mayoría de 2013 puede ser entendido a la luz de la estabilidad estructural alcanzada por el compromiso de centroizquierda, unida a la resignada aceptación del liderazgo de Bachelet por sectores de centroderecha agrupados en Fuerza Pública, que, en su momento, concurrieron a las primarias con Andrés Velasco y se incorporaron después al Gobierno.

El mérito de los partidos y movimientos que sostienen este compromiso ha consistido en saber ordenar los intereses diversos y, desde esta diversidad, concordar metas y plazos para un programa, una gestión pública y unos apoyos parlamentarios.

Si dichas fuerzas no aplicaran este filtro, quedarían a merced de los escapismos sociologistas e ideologistas recusados por Clodomiro Almeyda en los años setenta, cuyos resabios cobran actualidad en las profecías de «el derrumbe del modelo» y «la desaparición de las élites». No hacen sino condenar el diálogo democrático a la impotencia práctica, el verbalismo y el bizantinismo teorizante.

Más tarde, en los ochenta, Norbert Lechner enseñará que hacer política es estructurar el tiempo, una advertencia levantada frente a las evasiones idealistas y realistas que, hoy por hoy, alimentan sendas políticas de la «retroexcavadora» y de los «matices».

Este año las cosas volverán a su curso normal. Carolina Goic, como Tomic, fiel personificación del aporte enriquecedor hecho por la inmigración croata a Chile, ha reafirmado su legado y ha prometido proyectarlo más allá del Bicentenario de la Independencia Nacional.

Lo hace en una ocasión muy significativa. Este 3 de enero se conmemoran 25 años de la partida del fundador, y el compromiso con una alianza de centroizquierda que garantice un gobierno de mayorías, es el mejor homenaje que podría brindarle la presidenta del Partido Demócrata Cristiano.

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