PROMESA Y PUREZA EN LA POLITICA DE CENTROIZQUIERDA

En la promesa, en la fidelidad a la palabra empeñada, es donde se forja el vínculo con el otro y se reconoce su valor.

¿Qué habría ocurrido si el Papa Pío XI no hubiera condenado a Acción Francesa y censurado las publicaciones de su mentor intelectual, Charles Maurras? ¿Qué habría sucedido si Jacques Maritain no hubiera abandonado el movimiento ni hubiera roto con sus antiguos camaradas y amigos?

Probablemente el filósofo francés y su obra, considerada una de las más excelsas que haya producido un teórico católico del siglo pasado, formarían parte del integrismo nacionalista, político y religioso de nuestros días. Tal vez sus ideas no habrían hallado cabida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y quizá nunca habría germinado un partido político progresista de inspiración humanista como la Democracia Cristiana. Pero la historia —que no la especulación sobre lo que pudo haber sido y no fue— es la que conocemos y es la que podemos confirmar.

Aquella historia, que para unos pocos hombres centenarios todavía sigue siendo memoria viva, es el relato de la ruptura irreversible del catolicismo militante con la pureza peligrosa de Acción Francesa, por entonces uno de los embriones más promisorios del fascismo en cierne.

El huevo de la serpiente

El movimiento de ultraderecha nacido a fines del siglo XIX como expresión de los fuertes sentimientos patrióticos que despertó el Caso Dreyfus, episodio de xenofobia antisemita que convirtió en chivo expiatorio a un capitán del ejército francés acusado de colaborar con los alemanes, propugnaba una ideología que combinaba las tres formas conocidas del integrismo. Postulaba un nacionalismo integral, cuya pretensión última era la unificación de todos los nacionalismos preexistentes, la restauración del régimen político monárquico, y un fundamentalismo religioso que exaltaba la superioridad moral del catolicismo para cohesionar a la sociedad francesa.

El integrismo es una obsesión por la voluntad de pureza. Es un gen recesivo que permanece latente en las formaciones políticas y en la psicología de algunos de sus dirigentes, y que, en coyunturas históricas favorables, cobra vigor y fuerza expansiva. Su afán es la búsqueda de una identidad única, libre de contaminación, inalterada e incorruptible ante el paso del tiempo. Su ideal es la comunidad primigenia, la perfección del vínculo social que hace posible la paz, la unidad y la armonía. Aunque reducida a pequeño grupo, lo importante de esta comunidad es su homogeneidad. Por eso, la angustia del integrismo proviene del miedo a la mezcla, a la disgregación y, en consecuencia, al compromiso, pues todo compromiso comporta hacer concesiones, y toda concesión entraña una pérdida de identidad. El solo diálogo racional, objetivo y democrático constituye una amenaza contra la integración de la colectividad porque pone de manifiesto eventuales tensiones y conflictos que podrían dañar la concordia interna. El otro es visto como lo extraño, cuando no como algo hostil que desafía a su ortodoxia. En el otro, lo mestizo, lo contaminado y degradado, radican siempre las culpas políticas. De la promiscuidad con lo otro arrancan las desviaciones que inducen a cometer errores, los que deben ser corregidos para salvar la pureza original de la organización. El integrismo es una distopía que, como el huevo de la serpiente, deja ver la personalidad autoritaria que habita en él.

El arte supremo del compromiso

La política de compromiso, en cambio, es una reacción hacia la voluntad de pureza intrínseca al integrismo. Maritain, que había sido militante activo de Acción Francesa, tenía cuarenta y cinco años de edad cuando en 1927 escribió Primacía De Lo Espiritual, donde refutó el integrismo de Maurras oponiéndole la tesis máxima del pluralismo democrático que, en lo sustantivo, consiste en reconocer el horizonte del otro. Es, sin embargo, en Humanismo Integral, publicado en 1936, cuando su política del compromiso logra mayor consistencia elevándose como fuente de inspiración para la acción colectiva tolerante y comprensiva que dio origen al proyecto histórico concreto de una democracia personalista y comunitaria.

¿Pero qué significa el compromiso? Parafraseando a Paul Ricoeur, podría decirse que el compromiso brota de la capacidad de promesa que, a su vez, presupone decir, obrar, narrar e imputar. Consiste en comprometer la palabra y en limitar así el riesgo de traición y la incertidumbre sobre el mañana. Pues, en la promesa, en la fidelidad a la palabra empeñada, es donde se forja el vínculo con el otro y se reconoce su valor. Por eso, el genuino reconocimiento del otro surge cuando hay reciprocidad, mutualidad, «proporcionar a cambio». Cuando no la hay tienen lugar los desprecios, las humillaciones y las exclusiones.

Esta modalidad superior de generosidad se cimenta en la amistad política. Es un compromiso que trasciende al puro intercambio mercantil. Más todavía, es un compromiso que interrumpe la competencia salvaje del mercado alejándonos de la incertidumbre generada por la lucha de todos contra todos. A esta especie pertenecen los pactos electorales, de gobernabilidad y de coalición, especialmente aquellos que se proponen construir mayoría.

El desafío de la centroizquierda

Cuanto tarde la centroizquierda en recuperar los valores del compromiso político, que son los que permiten la colaboración democrática, será el tiempo que demore en constituirse una alternativa real de transformación para el país.

Tal afirmación entraña varias cosas. Primero, supone la existencia de una centroizquierda, de una cultura política reconocible por las señas de identidad que comparten fuerzas políticas concretas. Segundo, implica que los valores del compromiso político que animaron la acción de la centroizquierda se desdibujaron o se perdieron, y que deben y pueden ser restablecidos. Tercero, infiere que la ausencia —o degradación— de dichos valores ha provocado el consecuente deterioro de hábitos de colaboración esenciales para la formación de la política democrática. Cuarto, entiende que la presencia de prácticas e ideales de cooperación entre las fuerzas políticas de centroizquierda, es condición necesaria para la aparición y viabilidad de una opción de cambio progresista. Quinto, indica que una alternativa de avanzada para ser fiel a su misión debe conducir a formas superiores de organización de las relaciones sociales que, a lo menos, deben estar impregnadas por los principios de la paz, la protección de los más débiles y la realización de la igualdad. Y sexto, sugiere que la administración del tiempo es una convención sobre metas y plazos adecuados a la etapa de desarrollo de la sociedad chilena.

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