DEMOCRACIA CRISTIANA, TRES RUPTURAS Y UN LAMENTO

7 enero, 2018

La recuperación de la DC como eje indiscutido de la política nacional, fue conducida entonces por personeros que contaban con una legitimidad y autoridad interna y externa que no dejaba lugar a fisuras.

«Renuncia masiva de figuras y militantes de la Democracia Cristiana» es el rótulo de la noticia difundida esta semana en la prensa escrita, la televisión, las radios y los medios digitales de comunicación. Alude al rompimiento con la colectividad de miembros de Progresismo con Progreso encabezados por la ex ministra Mariana Aylwin en una coyuntura que el senador Jorge Pizarro ha calificado como la crisis más profunda que ha tenido la DC desde su fundación.

En sus sesenta años de existencia, desde su creación en julio de 1957, la Democracia Cristiana ha enfrentado tres divisiones: la primera, en 1969, cuando se formó el MAPU; la segunda, en 1971, cuando nació la Izquierda Cristiana; y, la tercera, en 2007, cuando fue expulsado el senador Adolfo Zaldívar y se reorganizó el PRI.

Con la crisis de 1969, abandonó el partido un importante grupo de parlamentarios y dirigentes liderado por el senador Rafael Agustín Gumucio, fundador de la Falange Nacional y primer presidente del PDC. Lo acompañaron en su decisión el senador Alberto Jerez y el diputado Julio Silva Solar, y guías emergentes que, por sus cualidades políticas y o ascendiente intelectual, trascendieron a su tiempo, así los casos de Carlos Montes, José Miguel Insulza, Óscar Guillermo Garretón, Jaime Estévez, Vicente Sota, Enrique Correa Ríos, Rodrigo Ambrosio, Jacques Chonchol y Tomás Moulian.

Pocos meses después, con la ruptura de 1971 que dio origen a la Izquierda Cristiana, se alejaron de la DC los diputados Luis Maira, Pedro Felipe Ramírez, Osvaldo Gianinni, Fernando Buzeta, Pedro Videla, Jaime Concha, Alberto Jaramillo y Pedro Urra. Les siguieron dirigentes como Bosco Parra, Juan Enrique Miquel, Eugenio Díaz y el presidente de la Juventud Demócrata Cristiana, Luis Badilla.

¿Cuáles fueron los efectos de ambas fracturas? El quiebre del 69 contribuyó a la derrota de Radomiro Tomic en la elección presidencial de 1970 y a una fuerte caída electoral del partido en las elecciones municipales de 1971. Luego, con el cisma de la Izquierda Cristiana, la colectividad debió emprender un radical cambio de sus diseños orgánicos y estratégicos, ahora orientados principalmente a vigorizar su implantación social y territorial.

La recuperación de la DC como eje indiscutido de la política nacional, fue conducida entonces por personeros que contaban con una legitimidad y autoridad interna y externa que no dejaba lugar a fisuras. Cobra relieve el temple de Bernardo Leighton, Narciso Irureta, Renán Fuentealba, Belisario Velasco, entre los adultos, y de Ricardo Hormazábal, Gutenberg Martínez, Soledad Alvear, Adolfo Zaldívar, Juan Carlos Latorre, Mario Fernández, Guillermo Yunge, Miguel Salazar y Luis Lagos, entre los jóvenes.

Con el inicio del actual milenio se incubó un tercer conflicto que habría de concluir en el alejamiento del senador Zaldívar y de los diputados Jaime Mulet, Pedro Araya, Carlos Olivares, Alejandra Sepúlveda y Eduardo Díaz. Su consecuencia directa fue el declive electoral del partido, que pasó del 20 por ciento de adhesión en la municipal de 2004, al 14 por ciento en la de 2008. Posteriormente, el rompimiento habría de coadyuvar al fracaso de la candidatura presidencial de Eduardo Frei en 2009.

Vista sobre el fondo de esta secuencia, ¿qué gravitación tiene la renuncia de los miembros de Progresismo con Progreso y su proclamado propósito de constituirse en partido?

De entrada, en la nómina de los 31 renunciados no hay ninguno que ejerza cargos de representación popular ni de gobierno. Seguidamente, tampoco sus prosélitos tienen una influencia significativa en los órganos de decisión de la colectividad, por lo que difícilmente su ausencia afectará el funcionamiento de la institucionalidad interna. En cuanto a su número, hay que poner la cifra en contexto. Si ha habido un éxodo masivo de militantes democratacristianos este ha sido el de 80 mil afiliados que no confirmaron su pertenencia al partido, pues de los 113 mil inscritos que obran en los registros del Servel, sólo alrededor de 30 mil se han refichado, y de estos, poco más de 20 mil participan en los procesos de consulta de la organización.

La crisis abierta por Progresismo con Progreso, desde luego tributaria de esta desafección, ha tenido también repercusiones políticas, visibles en el peor desempeño electoral del partido de toda su historia. Su estrategia de ruptura con la centroizquierda y el gobierno, su reedición del camino propio, su permanente propensión al conflicto y a la crispación de los ánimos, sus provocadoras apariciones mediáticas, han dañado la cohesión, la fraternidad y el respeto entre quienes se obligan a un trato de camaradas. Lo cual es de lamentar, pero aún más crucial es que entraña un desafío mayor de universalidad y aggiornamento que debería iniciarse en la próxima Junta Nacional y  proyectarse a los próximos años.

 

 

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NUESTRA INFERIORIDAD POLITICA

20 noviembre, 2017

¿Dónde está la ganancia? Está alojada en ejercicios dialécticos sin referentes en la realidad. Habita en elucubraciones demagógicas que hicieron del sistema d’Hondt un acto de magia por el cual no sólo se simuló verosímil, sino una promesa cierta, pasar a la segunda vuelta.

Acaso nada resulte más revelador de los recientes comicios, que la imagen fría, fragmentada y desenfadada de un país que se adentra en el desarrollo. Toda una cotidianidad empapada de tecnologías, comunicaciones, rutinas domésticas, responsabilidad cívica y banalidades, nos muestra un orden político de contrastes y desajustes, a menudo incomprensible y desconcertante, pero cuya fisonomía no dista mucho de la que enfrenta el ciudadano común de las sociedades avanzadas. Aquí y allá afloran virtudes universales, como las instituciones garantistas y la promoción de los derechos fundamentales, en contraste con vicios globalizados, como la corrupción y el racismo xenófobo. Aquí y allá los conflictos y sus justificaciones comienzan a parecerse.

Por su grado de desarrollo, la nuestra es una nación irreconocible a la luz de la descripción que hiciera de ella en 1911 Francisco Antonio Encina en su clásico libro “Nuestra inferioridad económica”. Con este título el autor aludía a un estado de anemia, de raquitismo, de debilitamiento económico antiguo y persistente que sin embargo hoy es difícil de corroborar. Pero si el historiador pudiera asomarse al presente y observar nuestra inferioridad política, quizá confirmaría su firme convicción de que ni economistas, ni abogados ni intelectuales han conseguido desentrañar la verdadera naturaleza de nuestros problemas.

Porque la forma en que el país vive su tránsito al desarrollo, exhibe un rasgo peculiar, cual es la escasez de una clase política con visión comprensiva del pasado y del porvenir, y con un sentido práctico y altruista de la acción política. La ausencia de una masa crítica que tome en sus manos y se haga cargo del gran cambio que día a día transforma los modos de vida y la mentalidad de los chilenos. Y no es que hayamos carecido de ella, pues esta elite ejemplar ha florecido en las artes, en las ciencias, en el deporte y en la esfera de la fe. Los partidos políticos fueron por muchos años —hasta que los desplazó el mercado emancipado de los “think tanks”— ricos semilleros de hombres y mujeres formados en convicciones morales, intelectuales y metodológicas, tributarias de la tolerancia, la unidad y la gobernabilidad.

El concierto democratacristiano socialista

Gracias a este fecundo surtidor de liderazgos, que se esparcían en todas las direcciones y jerarquías de poder e influencia, el camino al desarrollo pudo ser escoltado por amplios compromisos políticos y sociales. La fuerza motriz de esta voluntad activa y mayoritaria procedió de colectividades y movimientos de centroizquierda, en cuya vanguardia flameaban las banderas de los partidos Demócrata Cristiano y Socialista, solares de abnegadas e históricas figuras como Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende, y más tarde, de los presidentes de centroizquierda de la democracia.

Por su papel rector y aglutinador, en ambas colectividades radican las causas que explican la actual inferioridad de la política progresista y democrática, y es también en ambas donde se acusa el mayor castigo electoral propinado por la ciudadanía.

Hay razones de larga data, y otras más recientes, que explican el paulatino deterioro del compromiso democratacristiano socialista. Las rupturas de la DC en 2007 y del PS en 2009, fueron golpes que impactaron gravemente y, en ocasiones, de manera irreversible, la institucionalidad y la legitimidad de las orgánicas partidarias. Dichas condiciones de vulnerabilidad, estimularon el viejo anhelo de reconstituir una tercera vía, que pasaba por desgajar a la DC de la Concertación y configurar en consecuencia una alianza hegemónica con Renovación Nacional. Fue un sueño fallido, pero únicamente por el desengaño de la población con el gobierno de Piñera y la amplia popularidad de Bachelet, que pospusieron el proyecto sin por ello cerrarse las fisuras abiertas entre los antiguos partidos. Sobrevino entonces un permanente asedio de miembros de la falange contra el proceso de reformas de la presidenta socialista, pese a que la colectividad participó en las primarias, pactó una lista parlamentaria común, y honró con su palabra, y con sus representantes en el gabinete, cumplir el programa de gobierno prometido al país. Como contrapartida, desde el socialismo no hubo ningún actor dotado de ascendiente y poder que frenara el fuego cruzado de provocaciones y hostilidades disparadas al margen de los canales instituidos y de las vocerías autorizadas.

El desprecio por las primarias

Con el otoño cayeron las últimas hojas del divorcio DC-PS. El suelo político se sembró de un lenguaje oblicuo, preñado de expresiones torcidas, eufemismos y rodeos, que anunciaban el advenimiento de la posverdad, donde nada parecía ser lo que aparentaba. Domicilio en la centroizquierda, coalición 2.0, cruzada moral, lucha de todos contra todos, triunfo de la derecha en primera vuelta, “dream teen”, y, claro, el chivo expiatorio de los comunistas, fueron consignas que, sin mediar autopsia, revelaban que su densidad era menor que la hojarasca excoriada por la erosión de la coyuntura. Vacuas evasivas esgrimidas para ocultar los errores de una vía política sin destino. El tiempo habría de demostrar que la fecha de término del pacto DC-PS, se había sellado al inicio de la nueva administración, y no en el momento en que los socialistas proclamaron a su candidato. Viviremos para confirmar que los pretextos empleados para desechar las primarias, a saber, el de un expresidente abandonado y humillado, y el de un partido aislado y arrinconado, no resistirán el examen historiográfico.

La renuncia a las primarias fue el presente griego que fragmentó la unidad del oficialismo y lesionó la fuerza espiritual de sus partidos, líderes y seguidores. Fue un acto de renuncia a la herencia y a la vocación de futuro de la coalición más poderosa y arraigada del Chile contemporáneo. Y el drama es que jamás se vislumbró un gesto de cordura, de responsabilidad y de altruismo en sus conductores. Pesó más la arrogancia y el balance de culpas.

La estrategia perdida

¿Valió la pena? Sumidos en la embriaguez de su voluntarismo, algunos vistieron sus falsos triunfalismos con el ilógico argumento de que se puede ganar perdiendo.

Desde el principio de la transición hasta nuestros días, cada año 50 mil ciudadanos dejaron de confiar en la Democracia Cristiana. Sólo entre 2004 y 2008 le quitaron su apoyo 400 mil chilenos que nunca más regresaron a ella. La última vez 580 mil electores votaron por candidatos democratacristianos. Hoy la han respaldado poco más de 380 mil, el 5 por ciento de quienes concurrieron a las urnas.

¿Dónde está la ganancia? Está alojada en ejercicios dialécticos sin referentes en la realidad. Habita en elucubraciones demagógicas que hicieron del sistema d’Hondt un acto de magia por el cual no sólo se simuló verosímil, sino una promesa cierta, pasar a la segunda vuelta. La profecía quedó hecha trizas al golpear contra el quinto lugar alcanzado, por debajo de la derecha ultranacionalista, lo que a todas luces comporta una ironía para una opción que se propuso recuperar el centro.

El del domingo es el peor desempeño del Partido Demócrata Cristiano en toda su historia, y es, asimismo, un exhorto para quienes desdeñando el valor de la estrategia lo han conducido a este derrotero. Es un precio demasiado alto para la dignidad de un partido que fue artífice de las grandes transformaciones de Chile. La flecha roja pudo sentar en las bancas del Congreso a una treintena de diputados de haber usado las ventajas que como partido mayoritario, en una coalición mayoritaria, le granjeaba el régimen proporcional. Pero, en su deliberada soledad, ha quedado reducida a 5 representantes en el Senado y a 14 en la Cámara de Diputados. Este domingo capturó 616 mil sufragios para diputados, correspondientes al 10 por ciento de los votos válidamente emitidos, pero hace cuatro años sus candidaturas a la Cámara Baja sumaron 967 mil votos, casi el 16 por ciento del total de las preferencias, lo que se ha traducido en una merma de 350 mil adhesiones. Luego, nunca más nadie podrá decir que su alianza con la izquierda es la que la perjudica.

El mensaje de la ciudadanía debe ser escuchado. El país seguirá prosperando más allá de la marcha de sus gobiernos, pero el sentido del progreso, que es uno de justicia, de solidaridad, de derechos y de respeto por las personas, es la impronta que distingue el quehacer de la centroizquierda, y ésta necesita del aggiornamento y la conciliación de las prácticas e ideales de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista para superar nuestra inferioridad política. Porque, en las sabias palabras de Encina, “el solo restablecimiento del equilibrio entre nuestro desarrollo intelectual y nuestra capacidad económica, repercutiría favorablemente sobre nuestra evolución moral, hoy perturbada por hondos trastornos”.

 

DC

El Mostrador

 


PROMESA Y PUREZA EN LA POLITICA DE CENTROIZQUIERDA

12 junio, 2017

En la promesa, en la fidelidad a la palabra empeñada, es donde se forja el vínculo con el otro y se reconoce su valor.

¿Qué habría ocurrido si el Papa Pío XI no hubiera condenado a Acción Francesa y censurado las publicaciones de su mentor intelectual, Charles Maurras? ¿Qué habría sucedido si Jacques Maritain no hubiera abandonado el movimiento ni hubiera roto con sus antiguos camaradas y amigos?

Probablemente el filósofo francés y su obra, considerada una de las más excelsas que haya producido un teórico católico del siglo pasado, formarían parte del integrismo nacionalista, político y religioso de nuestros días. Tal vez sus ideas no habrían hallado cabida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y quizá nunca habría germinado un partido político progresista de inspiración humanista como la Democracia Cristiana. Pero la historia —que no la especulación sobre lo que pudo haber sido y no fue— es la que conocemos y es la que podemos confirmar.

Aquella historia, que para unos pocos hombres centenarios todavía sigue siendo memoria viva, es el relato de la ruptura irreversible del catolicismo militante con la pureza peligrosa de Acción Francesa, por entonces uno de los embriones más promisorios del fascismo en cierne.

El huevo de la serpiente

El movimiento de ultraderecha nacido a fines del siglo XIX como expresión de los fuertes sentimientos patrióticos que despertó el Caso Dreyfus, episodio de xenofobia antisemita que convirtió en chivo expiatorio a un capitán del ejército francés acusado de colaborar con los alemanes, propugnaba una ideología que combinaba las tres formas conocidas del integrismo. Postulaba un nacionalismo integral, cuya pretensión última era la unificación de todos los nacionalismos preexistentes, la restauración del régimen político monárquico, y un fundamentalismo religioso que exaltaba la superioridad moral del catolicismo para cohesionar a la sociedad francesa.

El integrismo es una obsesión por la voluntad de pureza. Es un gen recesivo que permanece latente en las formaciones políticas y en la psicología de algunos de sus dirigentes, y que, en coyunturas históricas favorables, cobra vigor y fuerza expansiva. Su afán es la búsqueda de una identidad única, libre de contaminación, inalterada e incorruptible ante el paso del tiempo. Su ideal es la comunidad primigenia, la perfección del vínculo social que hace posible la paz, la unidad y la armonía. Aunque reducida a pequeño grupo, lo importante de esta comunidad es su homogeneidad. Por eso, la angustia del integrismo proviene del miedo a la mezcla, a la disgregación y, en consecuencia, al compromiso, pues todo compromiso comporta hacer concesiones, y toda concesión entraña una pérdida de identidad. El solo diálogo racional, objetivo y democrático constituye una amenaza contra la integración de la colectividad porque pone de manifiesto eventuales tensiones y conflictos que podrían dañar la concordia interna. El otro es visto como lo extraño, cuando no como algo hostil que desafía a su ortodoxia. En el otro, lo mestizo, lo contaminado y degradado, radican siempre las culpas políticas. De la promiscuidad con lo otro arrancan las desviaciones que inducen a cometer errores, los que deben ser corregidos para salvar la pureza original de la organización. El integrismo es una distopía que, como el huevo de la serpiente, deja ver la personalidad autoritaria que habita en él.

El arte supremo del compromiso

La política de compromiso, en cambio, es una reacción hacia la voluntad de pureza intrínseca al integrismo. Maritain, que había sido militante activo de Acción Francesa, tenía cuarenta y cinco años de edad cuando en 1927 escribió Primacía De Lo Espiritual, donde refutó el integrismo de Maurras oponiéndole la tesis máxima del pluralismo democrático que, en lo sustantivo, consiste en reconocer el horizonte del otro. Es, sin embargo, en Humanismo Integral, publicado en 1936, cuando su política del compromiso logra mayor consistencia elevándose como fuente de inspiración para la acción colectiva tolerante y comprensiva que dio origen al proyecto histórico concreto de una democracia personalista y comunitaria.

¿Pero qué significa el compromiso? Parafraseando a Paul Ricoeur, podría decirse que el compromiso brota de la capacidad de promesa que, a su vez, presupone decir, obrar, narrar e imputar. Consiste en comprometer la palabra y en limitar así el riesgo de traición y la incertidumbre sobre el mañana. Pues, en la promesa, en la fidelidad a la palabra empeñada, es donde se forja el vínculo con el otro y se reconoce su valor. Por eso, el genuino reconocimiento del otro surge cuando hay reciprocidad, mutualidad, «proporcionar a cambio». Cuando no la hay tienen lugar los desprecios, las humillaciones y las exclusiones.

Esta modalidad superior de generosidad se cimenta en la amistad política. Es un compromiso que trasciende al puro intercambio mercantil. Más todavía, es un compromiso que interrumpe la competencia salvaje del mercado alejándonos de la incertidumbre generada por la lucha de todos contra todos. A esta especie pertenecen los pactos electorales, de gobernabilidad y de coalición, especialmente aquellos que se proponen construir mayoría.

El desafío de la centroizquierda

Cuanto tarde la centroizquierda en recuperar los valores del compromiso político, que son los que permiten la colaboración democrática, será el tiempo que demore en constituirse una alternativa real de transformación para el país.

Tal afirmación entraña varias cosas. Primero, supone la existencia de una centroizquierda, de una cultura política reconocible por las señas de identidad que comparten fuerzas políticas concretas. Segundo, implica que los valores del compromiso político que animaron la acción de la centroizquierda se desdibujaron o se perdieron, y que deben y pueden ser restablecidos. Tercero, infiere que la ausencia —o degradación— de dichos valores ha provocado el consecuente deterioro de hábitos de colaboración esenciales para la formación de la política democrática. Cuarto, entiende que la presencia de prácticas e ideales de cooperación entre las fuerzas políticas de centroizquierda, es condición necesaria para la aparición y viabilidad de una opción de cambio progresista. Quinto, indica que una alternativa de avanzada para ser fiel a su misión debe conducir a formas superiores de organización de las relaciones sociales que, a lo menos, deben estar impregnadas por los principios de la paz, la protección de los más débiles y la realización de la igualdad. Y sexto, sugiere que la administración del tiempo es una convención sobre metas y plazos adecuados a la etapa de desarrollo de la sociedad chilena.

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POR QUÉ NO LA DERECHA

24 febrero, 2017
Belisario Velasco y Rodolfo Fortunatti
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Retroceso republicano es imponer desde el mercado una competencia forzada, ficticia e inalcanzable para los medios de que disponen los más vulnerables. Porque eso es condenarlos al desamparo.

BAJO EL título Manifiesto por la República y el buen gobierno personeros de la derecha han difundido la nueva hoja de ruta del sector.

Nos convocan a enriquecer lo que llaman el acervo común republicano, incluso cuando éste hubiere sido impuesto de una manera dolorosa y conflictiva, en todo caso consentida por los cómplices pasivos. Omiten que durante 17 años de régimen civil militar la antigua república democrática fue desmontada y, en su lugar, fue instituido otro pacto cuyos resabios perduran hasta hoy.

Luego, no podemos comprometernos con esta tradición.

Y si coincidimos con ellos en que “la democracia no es compatible con la imposición autoritaria”, es porque creemos que una nueva Constitución Política debe restablecer el consenso perdido. Ello se consigue mediante una genuina disposición al acuerdo, y no a través de íconos beligerantes como el que encarna El Desalojo y su reedición 2.0, diez años después.

Sin duda, tenemos otra visión de la persona. La derecha nos dice: primero el crecimiento económico y después los derechos. Nosotros afirmamos: en el centro la persona y sus derechos; el crecimiento y la distribución deben estar al servicio de su plena realización y ejercicio. Lo cual no significa complacencia con la actual tasa de crecimiento. No obstante, por honestidad republicana, debería reconocerse que la desaceleración económica se inició en 2012 y no bajo el actual gobierno.

Los autores del Manifiesto proponen que el Estado se retire de la educación, la salud y la previsión, pues creen que las empresas privadas y el mercado proveen satisfactoriamente estos servicios. No negamos que han sido exitosos con los ciudadanos que tienen para pagar prestaciones de calidad, pero nosotros aspiramos a que todos, no solo algunos, accedan a las garantías de salud, educación y previsión. Ello requiere un Estado con facultades, no un remedo de subsidiariedad donde el gasto público represente el 24 por ciento del PIB y los derechos económicos y sociales carezcan de jerarquía constitucional.

No pretendemos que las instituciones públicas proporcionen la seguridad y protección que brinda la familia a los niños y ancianos, pero convengamos que ellas son los principales auxilios de los hogares cuando, por sus precariedades y abandonos, no pueden cubrir estas necesidades. Tampoco vemos en el municipio al agente activo de la educación pública, porque nunca será igual la calidad que reciban los niños de Lo Barnechea a la de Curanilahue. Y no nos parece ecuánime esa focalización que, a ojos de la derecha, vale para subsidiar la pobreza pero no para distinguir a las universidades públicas de las privadas, o a las tradicionales de las emergentes.

Es cierto que en una economía libre de mercado la gratuidad es regresiva. No lo es en una economía social de mercado donde la educación es un derecho que se universaliza y contribuye al desarrollo. Retroceso republicano es imponer desde el mercado una competencia forzada, ficticia e inalcanzable para los medios de que disponen los más vulnerables. Porque eso es condenarlos al desamparo.

Es a causa de estas distancias insalvables que la DC, un partido comunitario con domicilio en la centroizquierda, no está disponible para pactar con la derecha. Y es por esta decidida defensa de los valores de la libertad, la justicia y la solidaridad, que un liderazgo como el de Carolina Goic, está prendiendo en los corazones de la gente y tendrá un gran éxito en la primaria del 2 de julio que deberá aprobar la Junta Nacional del P.D.C.


TRAYECTORIA DE UNA LUCHA

22 enero, 2017

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A lo largo de la secuencia se puede apreciar la trayectoria de una lucha de ideas que ha hecho de la defensa de la identidad del Partido Demócrata Cristiano como parte, primero, de la Concertación de Partidos por la Democracia y, después, de la Nueva Mayoría, un testimonio permanente.

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En las siguientes páginas el lector hallará una compilación de las definiciones políticas que hombres y mujeres democratacristianos hemos tomado frente a los principales hitos de los últimos cuatro años.

A lo largo de la secuencia se puede apreciar la trayectoria de una lucha de ideas que ha hecho de la defensa de la identidad del Partido Demócrata Cristiano como parte, primero, de la Concertación de Partidos por la Democracia y, después, de la Nueva Mayoría, un testimonio permanente.

En cada uno de los relatos de esta lucha de ideas subyace una memoria histórica sin la cual es difícil aquilatar en su real magnitud el rol desempeñado por nuestra colectividad en el pasado, y, menos aún, construir la política del mañana. Porque en los tiempos que corren, la mayor batalla ideológica no se está librando contra ideas racionales, sino contra creencias, supersticiones y emociones estimuladas por los medios de comunicación, por sus controladores y por quienes tienen acceso privilegiado a sus tribunas. Nociones que escapan al método y al análisis objetivo o, si se quiere, consensuado de la realidad. Y que, desde luego, constituyen una amenaza para una vida cívica fundada en el diálogo, la empatía entre semejantes y la colaboración recíproca.

Chile es un país profundamente injusto. Donde sus estructuras e instituciones sociales exhiben dramáticos déficit de humanidad. Y donde la humanización de sus formas de organización no vendrá de ideologías deshumanizadoras, como la neoliberal, sino de vertientes culturales que ponen en el centro de sus preocupaciones a las personas, a las comunidades y a sus derechos. Vendrá de fuerzas políticas y sociales con capacidad de subordinar sus intereses particulares a las necesidades de justicia y de libertad de las grandes mayorías desempoderadas y excluidas del bienestar y el progreso.

Por casi tres décadas las esperanzas de ver realizados estos ideales han descansado en una alianza de centroizquierda que ha enriquecido nuestra tierra y ha dignificado la vida de su gente. El eje de esta convergencia de voluntades organizadas, y la garantía de su éxito, ha sido la Democracia Cristiana. A su vez, la fortaleza de nuestro partido se ha nutrido del ejemplo moral de sus grandes líderes, del compromiso activo de sus militantes, y de ser una comunidad de personas que respeta las instituciones y resuelve sus controversias a través del imperio de normas y estructuras formales. Esta virtud convierte a la falange en lo que Carlos Huneeus ha denominado acertadamente un partido institucionalizado.

Sin embargo, nunca como en los últimos años, se hizo desembozadamente explícita una estrategia de ruptura. Resistirla y derrotarla es una tarea de las generaciones globales de reemplazo, que poseen una mirada cosmopolita y son sensibles a las catástrofes, a los crímenes contra la humanidad que dieron universalidad a los derechos fundamentales, a los principios y expectativas de igualdad, y a la lucha por la redistribución que amenaza el futuro. Emancipadas, en consecuencia, de los lastres de un pasado que va quedando atrás con el siglo xx.


DESDE EL ANDEN

10 agosto, 2016

El andén

Es innegable que las declaraciones de Burgos, entrañan un duro golpe. No tanto para el gobierno, que hace bastante tiempo había contabilizado la pérdida de afecto del exministro, o para los comunistas, que lo toleraron siempre como adversario declarado, sino para Carolina Goic. Para la propia presidenta de la Democracia Cristiana, que asumió en reemplazo del senador Pizarro hace cuatro meses y cuyo mandato se prolonga hasta diciembre próximo.

La embestida de Burgos es fuerte. Lo es al menos por dos razones. Primera, porque condensa toda la potencia ofensiva de los grupos internos y externos del partido con capacidad para movilizar ingentes recursos de poder económico —como los que representan El Mercurio y Copesa—, y que han entorpecido con éxito, si bien relativo, las reformas impulsadas por el Gobierno. Sectores que perdieron el ascendiente moral y cultural que detentaron antaño, y que hoy si acaso consiguen pañuelear el último adiós de un siglo xx que el país va dejando en el andén.

Segunda, porque el embate de Burgos es un ataque directo a la autoridad, la legitimidad y el cargo, la estabilidad y la representación, que detenta la senadora Goic. Es una vulneración de la investidura delegada por un partido que se rige por estatutos, que cuenta con una estructura y que dispone de una orgánica donde, teóricamente, los militantes fijan sus orientaciones y deciden sus estrategias. ¡Burgos es más grande que el partido…! No otra parece ser la advertencia que nos hacen los acontecimientos. Incluso Andrés Zaldívar, que justifica a Burgos, años después vino recién a hablar de su salida del gabinete, quizá por dignidad y por respeto hacia el partido, gesto que también tuvo Belisario Velasco.

Detrás de todo esto no ha de verse un factótum; alguien que lo concentra y lo maneja todo. Ni una amenaza fantasma en apariencia imbatible. Nadie en la Democracia Cristiana acumula semejante poder, y las experiencias recientes —como los triunfos de Provoste y de Goic— así lo confirman. La militancia hoy se informa, se comunica y decide con mayor autonomía que la imaginada. Y por eso, siempre el desafío es diseñar propuestas, conquistar voluntades y encauzar la acción colectiva. Contrarrestando la manipulación corrosiva de la prensa dominante.

El problema lo tendrán la DC, el Gobierno y la Nueva Mayoría, si Carolina Goic pierde el control del timón. El problema lo tendrá, sobre todo, la centroizquierda, si la conducción política que actualmente ejerce la senadora es sobrepasada y arrastrada hacia un estado de crisis e ingobernabilidad. Sería ésta la circunstancia propicia para que la ruptura de la Democracia Cristiana con la Nueva Mayoría cobre fuerza y viabilidad política.

Quienes están por la proyección y fortalecimiento de la coalición de centroizquierda, y la base nacional y popular del partido lo está, debieran ser los más interesados en vigorizar el instrumento partidario.

Quienes apoyan las reformas emprendidas y la realización de las transformaciones pendientes, quienes piensan que la DC debe postular un candidato y que éste debe dirimirse en primarias, quienes creen que el próximo programa de gobierno debe ser fruto de un amplio y organizado ejercicio de participación; debieran ser los más proclives a generar alianzas estratégicas con la senadora Goic, cuyo liderazgo es garantía de estabilidad y de cohesión.

Porque sólo un pacto como éste puede asegurar que el Gobierno concluya en marzo de 2018, y que alejadas las incertidumbres del aventurerismo político que se asolea a diario en los balcones de la derecha, de esta obra surja un nuevo horizonte de realización para la justicia y las libertades.

Goic dice que no hay diferencias esenciales con las reformas
Disidentes acusan a Goic de entreguismo al Gobiernop
No estoy de acuerdo con el tono de la crítica de Burgos
Respuesta a los liberales: liderazgo se construye desde el partido
Burgos habla por él
Liberales quieren fin de la coalición
¿División de la DC?

 


EL LUGAR DE RN

24 junio, 2014
El Presidente Sebastián Piñera junto a Carlos Larraín presidente de Renovación Nacional y dirigentes, alcaldes y parlamentarios de la colectividad.

El Presidente Sebastián Piñera junto a Carlos Larraín presidente de Renovación Nacional y dirigentes, alcaldes y parlamentarios de la colectividad.

Carlos Larraín, ex presidente de Renovación Nacional, denuncia que hay quienes quisieran convertir a su colectividad en un partido de izquierda. El ex senador entiende que RN es un partido de derecha porque respalda el modelo de mercado y la Constitución de 1980, y se opone al aborto.

¿Pero de dónde es RN? Tradicionalmente se le conoce como una fuerza política de centroderecha, o sea, como un grupo de personas que defienden ideas centristas con tendencias conservadoras. Tendencias que preconizadas por Larraín han mantenido a distancia a la evolucionada Evópoli, y han provocado el divorcio de Amplitud, una formación reciente que se define a sí misma como de centroderecha liberal. Naturalmente, RN concurre a una coalición compuesta por sectores de centro y de derecha, y no parece estar ocupando —ni tampoco querer ocupar— su lado derecho, hoy por hoy, ampliamente colonizado por la UDI.

Ser de centro derecha y estar en la centro-derecha no es lo mismo. Y la diferencia no es una cuestión puramente gramatical. Es un asunto ideológico. El guión que reemplaza a la conjunción «y» significa la unión de dos partes que muestran afinidades entre sí, pero que no son fundibles o confundibles. Los orígenes de RN se remontan a la fusión de liberales y conservadores, allá por los años sesenta, tras una larga historia de confrontaciones que nace en los albores de la república. La UDI en cambio es una fuerza más joven, surgida del neocorporativismo gremialista vigorizado durante la dictadura, y convertida en el último cuarto de siglo en indisputable custodia de su legado. Ambas trayectorias han creado memorias, identidades, prácticas y liderazgos que, si favorecen la coalición, incluso para gobernar, dificultan la aleación.

Larraín hizo de su gestión al frente de RN la búsqueda constante de una alianza con la DC que, sin embargo, jamás prosperó. Las tendencias conservadoras en su partido eran tan poderosas, como fuertes eran en la Democracia Cristiana sus tendencias progresistas. Por eso, es mucho más probable que florezca su convergencia con Fuerza Pública, bajo el liderazgo de Velasco y a condición de que se impongan los liberales a los clericales, que desgajando a la falange de la Nueva Mayoría.

http://www.diarioconcepcion.cl/2014/06/24/#2/z

http://www.labatalla.cl/el-lugar-de-rn/