PROMESA Y PUREZA EN LA POLITICA DE CENTROIZQUIERDA

12 junio, 2017

En la promesa, en la fidelidad a la palabra empeñada, es donde se forja el vínculo con el otro y se reconoce su valor.

¿Qué habría ocurrido si el Papa Pío XI no hubiera condenado a Acción Francesa y censurado las publicaciones de su mentor intelectual, Charles Maurras? ¿Qué habría sucedido si Jacques Maritain no hubiera abandonado el movimiento ni hubiera roto con sus antiguos camaradas y amigos?

Probablemente el filósofo francés y su obra, considerada una de las más excelsas que haya producido un teórico católico del siglo pasado, formarían parte del integrismo nacionalista, político y religioso de nuestros días. Tal vez sus ideas no habrían hallado cabida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y quizá nunca habría germinado un partido político progresista de inspiración humanista como la Democracia Cristiana. Pero la historia —que no la especulación sobre lo que pudo haber sido y no fue— es la que conocemos y es la que podemos confirmar.

Aquella historia, que para unos pocos hombres centenarios todavía sigue siendo memoria viva, es el relato de la ruptura irreversible del catolicismo militante con la pureza peligrosa de Acción Francesa, por entonces uno de los embriones más promisorios del fascismo en cierne.

El huevo de la serpiente

El movimiento de ultraderecha nacido a fines del siglo XIX como expresión de los fuertes sentimientos patrióticos que despertó el Caso Dreyfus, episodio de xenofobia antisemita que convirtió en chivo expiatorio a un capitán del ejército francés acusado de colaborar con los alemanes, propugnaba una ideología que combinaba las tres formas conocidas del integrismo. Postulaba un nacionalismo integral, cuya pretensión última era la unificación de todos los nacionalismos preexistentes, la restauración del régimen político monárquico, y un fundamentalismo religioso que exaltaba la superioridad moral del catolicismo para cohesionar a la sociedad francesa.

El integrismo es una obsesión por la voluntad de pureza. Es un gen recesivo que permanece latente en las formaciones políticas y en la psicología de algunos de sus dirigentes, y que, en coyunturas históricas favorables, cobra vigor y fuerza expansiva. Su afán es la búsqueda de una identidad única, libre de contaminación, inalterada e incorruptible ante el paso del tiempo. Su ideal es la comunidad primigenia, la perfección del vínculo social que hace posible la paz, la unidad y la armonía. Aunque reducida a pequeño grupo, lo importante de esta comunidad es su homogeneidad. Por eso, la angustia del integrismo proviene del miedo a la mezcla, a la disgregación y, en consecuencia, al compromiso, pues todo compromiso comporta hacer concesiones, y toda concesión entraña una pérdida de identidad. El solo diálogo racional, objetivo y democrático constituye una amenaza contra la integración de la colectividad porque pone de manifiesto eventuales tensiones y conflictos que podrían dañar la concordia interna. El otro es visto como lo extraño, cuando no como algo hostil que desafía a su ortodoxia. En el otro, lo mestizo, lo contaminado y degradado, radican siempre las culpas políticas. De la promiscuidad con lo otro arrancan las desviaciones que inducen a cometer errores, los que deben ser corregidos para salvar la pureza original de la organización. El integrismo es una distopía que, como el huevo de la serpiente, deja ver la personalidad autoritaria que habita en él.

El arte supremo del compromiso

La política de compromiso, en cambio, es una reacción hacia la voluntad de pureza intrínseca al integrismo. Maritain, que había sido militante activo de Acción Francesa, tenía cuarenta y cinco años de edad cuando en 1927 escribió Primacía De Lo Espiritual, donde refutó el integrismo de Maurras oponiéndole la tesis máxima del pluralismo democrático que, en lo sustantivo, consiste en reconocer el horizonte del otro. Es, sin embargo, en Humanismo Integral, publicado en 1936, cuando su política del compromiso logra mayor consistencia elevándose como fuente de inspiración para la acción colectiva tolerante y comprensiva que dio origen al proyecto histórico concreto de una democracia personalista y comunitaria.

¿Pero qué significa el compromiso? Parafraseando a Paul Ricoeur, podría decirse que el compromiso brota de la capacidad de promesa que, a su vez, presupone decir, obrar, narrar e imputar. Consiste en comprometer la palabra y en limitar así el riesgo de traición y la incertidumbre sobre el mañana. Pues, en la promesa, en la fidelidad a la palabra empeñada, es donde se forja el vínculo con el otro y se reconoce su valor. Por eso, el genuino reconocimiento del otro surge cuando hay reciprocidad, mutualidad, «proporcionar a cambio». Cuando no la hay tienen lugar los desprecios, las humillaciones y las exclusiones.

Esta modalidad superior de generosidad se cimenta en la amistad política. Es un compromiso que trasciende al puro intercambio mercantil. Más todavía, es un compromiso que interrumpe la competencia salvaje del mercado alejándonos de la incertidumbre generada por la lucha de todos contra todos. A esta especie pertenecen los pactos electorales, de gobernabilidad y de coalición, especialmente aquellos que se proponen construir mayoría.

El desafío de la centroizquierda

Cuanto tarde la centroizquierda en recuperar los valores del compromiso político, que son los que permiten la colaboración democrática, será el tiempo que demore en constituirse una alternativa real de transformación para el país.

Tal afirmación entraña varias cosas. Primero, supone la existencia de una centroizquierda, de una cultura política reconocible por las señas de identidad que comparten fuerzas políticas concretas. Segundo, implica que los valores del compromiso político que animaron la acción de la centroizquierda se desdibujaron o se perdieron, y que deben y pueden ser restablecidos. Tercero, infiere que la ausencia —o degradación— de dichos valores ha provocado el consecuente deterioro de hábitos de colaboración esenciales para la formación de la política democrática. Cuarto, entiende que la presencia de prácticas e ideales de cooperación entre las fuerzas políticas de centroizquierda, es condición necesaria para la aparición y viabilidad de una opción de cambio progresista. Quinto, indica que una alternativa de avanzada para ser fiel a su misión debe conducir a formas superiores de organización de las relaciones sociales que, a lo menos, deben estar impregnadas por los principios de la paz, la protección de los más débiles y la realización de la igualdad. Y sexto, sugiere que la administración del tiempo es una convención sobre metas y plazos adecuados a la etapa de desarrollo de la sociedad chilena.

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POR QUÉ NO LA DERECHA

24 febrero, 2017
Belisario Velasco y Rodolfo Fortunatti
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Retroceso republicano es imponer desde el mercado una competencia forzada, ficticia e inalcanzable para los medios de que disponen los más vulnerables. Porque eso es condenarlos al desamparo.

BAJO EL título Manifiesto por la República y el buen gobierno personeros de la derecha han difundido la nueva hoja de ruta del sector.

Nos convocan a enriquecer lo que llaman el acervo común republicano, incluso cuando éste hubiere sido impuesto de una manera dolorosa y conflictiva, en todo caso consentida por los cómplices pasivos. Omiten que durante 17 años de régimen civil militar la antigua república democrática fue desmontada y, en su lugar, fue instituido otro pacto cuyos resabios perduran hasta hoy.

Luego, no podemos comprometernos con esta tradición.

Y si coincidimos con ellos en que “la democracia no es compatible con la imposición autoritaria”, es porque creemos que una nueva Constitución Política debe restablecer el consenso perdido. Ello se consigue mediante una genuina disposición al acuerdo, y no a través de íconos beligerantes como el que encarna El Desalojo y su reedición 2.0, diez años después.

Sin duda, tenemos otra visión de la persona. La derecha nos dice: primero el crecimiento económico y después los derechos. Nosotros afirmamos: en el centro la persona y sus derechos; el crecimiento y la distribución deben estar al servicio de su plena realización y ejercicio. Lo cual no significa complacencia con la actual tasa de crecimiento. No obstante, por honestidad republicana, debería reconocerse que la desaceleración económica se inició en 2012 y no bajo el actual gobierno.

Los autores del Manifiesto proponen que el Estado se retire de la educación, la salud y la previsión, pues creen que las empresas privadas y el mercado proveen satisfactoriamente estos servicios. No negamos que han sido exitosos con los ciudadanos que tienen para pagar prestaciones de calidad, pero nosotros aspiramos a que todos, no solo algunos, accedan a las garantías de salud, educación y previsión. Ello requiere un Estado con facultades, no un remedo de subsidiariedad donde el gasto público represente el 24 por ciento del PIB y los derechos económicos y sociales carezcan de jerarquía constitucional.

No pretendemos que las instituciones públicas proporcionen la seguridad y protección que brinda la familia a los niños y ancianos, pero convengamos que ellas son los principales auxilios de los hogares cuando, por sus precariedades y abandonos, no pueden cubrir estas necesidades. Tampoco vemos en el municipio al agente activo de la educación pública, porque nunca será igual la calidad que reciban los niños de Lo Barnechea a la de Curanilahue. Y no nos parece ecuánime esa focalización que, a ojos de la derecha, vale para subsidiar la pobreza pero no para distinguir a las universidades públicas de las privadas, o a las tradicionales de las emergentes.

Es cierto que en una economía libre de mercado la gratuidad es regresiva. No lo es en una economía social de mercado donde la educación es un derecho que se universaliza y contribuye al desarrollo. Retroceso republicano es imponer desde el mercado una competencia forzada, ficticia e inalcanzable para los medios de que disponen los más vulnerables. Porque eso es condenarlos al desamparo.

Es a causa de estas distancias insalvables que la DC, un partido comunitario con domicilio en la centroizquierda, no está disponible para pactar con la derecha. Y es por esta decidida defensa de los valores de la libertad, la justicia y la solidaridad, que un liderazgo como el de Carolina Goic, está prendiendo en los corazones de la gente y tendrá un gran éxito en la primaria del 2 de julio que deberá aprobar la Junta Nacional del P.D.C.


TRAYECTORIA DE UNA LUCHA

22 enero, 2017

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A lo largo de la secuencia se puede apreciar la trayectoria de una lucha de ideas que ha hecho de la defensa de la identidad del Partido Demócrata Cristiano como parte, primero, de la Concertación de Partidos por la Democracia y, después, de la Nueva Mayoría, un testimonio permanente.

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En las siguientes páginas el lector hallará una compilación de las definiciones políticas que hombres y mujeres democratacristianos hemos tomado frente a los principales hitos de los últimos cuatro años.

A lo largo de la secuencia se puede apreciar la trayectoria de una lucha de ideas que ha hecho de la defensa de la identidad del Partido Demócrata Cristiano como parte, primero, de la Concertación de Partidos por la Democracia y, después, de la Nueva Mayoría, un testimonio permanente.

En cada uno de los relatos de esta lucha de ideas subyace una memoria histórica sin la cual es difícil aquilatar en su real magnitud el rol desempeñado por nuestra colectividad en el pasado, y, menos aún, construir la política del mañana. Porque en los tiempos que corren, la mayor batalla ideológica no se está librando contra ideas racionales, sino contra creencias, supersticiones y emociones estimuladas por los medios de comunicación, por sus controladores y por quienes tienen acceso privilegiado a sus tribunas. Nociones que escapan al método y al análisis objetivo o, si se quiere, consensuado de la realidad. Y que, desde luego, constituyen una amenaza para una vida cívica fundada en el diálogo, la empatía entre semejantes y la colaboración recíproca.

Chile es un país profundamente injusto. Donde sus estructuras e instituciones sociales exhiben dramáticos déficit de humanidad. Y donde la humanización de sus formas de organización no vendrá de ideologías deshumanizadoras, como la neoliberal, sino de vertientes culturales que ponen en el centro de sus preocupaciones a las personas, a las comunidades y a sus derechos. Vendrá de fuerzas políticas y sociales con capacidad de subordinar sus intereses particulares a las necesidades de justicia y de libertad de las grandes mayorías desempoderadas y excluidas del bienestar y el progreso.

Por casi tres décadas las esperanzas de ver realizados estos ideales han descansado en una alianza de centroizquierda que ha enriquecido nuestra tierra y ha dignificado la vida de su gente. El eje de esta convergencia de voluntades organizadas, y la garantía de su éxito, ha sido la Democracia Cristiana. A su vez, la fortaleza de nuestro partido se ha nutrido del ejemplo moral de sus grandes líderes, del compromiso activo de sus militantes, y de ser una comunidad de personas que respeta las instituciones y resuelve sus controversias a través del imperio de normas y estructuras formales. Esta virtud convierte a la falange en lo que Carlos Huneeus ha denominado acertadamente un partido institucionalizado.

Sin embargo, nunca como en los últimos años, se hizo desembozadamente explícita una estrategia de ruptura. Resistirla y derrotarla es una tarea de las generaciones globales de reemplazo, que poseen una mirada cosmopolita y son sensibles a las catástrofes, a los crímenes contra la humanidad que dieron universalidad a los derechos fundamentales, a los principios y expectativas de igualdad, y a la lucha por la redistribución que amenaza el futuro. Emancipadas, en consecuencia, de los lastres de un pasado que va quedando atrás con el siglo xx.


DESDE EL ANDEN

10 agosto, 2016

El andén

Es innegable que las declaraciones de Burgos, entrañan un duro golpe. No tanto para el gobierno, que hace bastante tiempo había contabilizado la pérdida de afecto del exministro, o para los comunistas, que lo toleraron siempre como adversario declarado, sino para Carolina Goic. Para la propia presidenta de la Democracia Cristiana, que asumió en reemplazo del senador Pizarro hace cuatro meses y cuyo mandato se prolonga hasta diciembre próximo.

La embestida de Burgos es fuerte. Lo es al menos por dos razones. Primera, porque condensa toda la potencia ofensiva de los grupos internos y externos del partido con capacidad para movilizar ingentes recursos de poder económico —como los que representan El Mercurio y Copesa—, y que han entorpecido con éxito, si bien relativo, las reformas impulsadas por el Gobierno. Sectores que perdieron el ascendiente moral y cultural que detentaron antaño, y que hoy si acaso consiguen pañuelear el último adiós de un siglo xx que el país va dejando en el andén.

Segunda, porque el embate de Burgos es un ataque directo a la autoridad, la legitimidad y el cargo, la estabilidad y la representación, que detenta la senadora Goic. Es una vulneración de la investidura delegada por un partido que se rige por estatutos, que cuenta con una estructura y que dispone de una orgánica donde, teóricamente, los militantes fijan sus orientaciones y deciden sus estrategias. ¡Burgos es más grande que el partido…! No otra parece ser la advertencia que nos hacen los acontecimientos. Incluso Andrés Zaldívar, que justifica a Burgos, años después vino recién a hablar de su salida del gabinete, quizá por dignidad y por respeto hacia el partido, gesto que también tuvo Belisario Velasco.

Detrás de todo esto no ha de verse un factótum; alguien que lo concentra y lo maneja todo. Ni una amenaza fantasma en apariencia imbatible. Nadie en la Democracia Cristiana acumula semejante poder, y las experiencias recientes —como los triunfos de Provoste y de Goic— así lo confirman. La militancia hoy se informa, se comunica y decide con mayor autonomía que la imaginada. Y por eso, siempre el desafío es diseñar propuestas, conquistar voluntades y encauzar la acción colectiva. Contrarrestando la manipulación corrosiva de la prensa dominante.

El problema lo tendrán la DC, el Gobierno y la Nueva Mayoría, si Carolina Goic pierde el control del timón. El problema lo tendrá, sobre todo, la centroizquierda, si la conducción política que actualmente ejerce la senadora es sobrepasada y arrastrada hacia un estado de crisis e ingobernabilidad. Sería ésta la circunstancia propicia para que la ruptura de la Democracia Cristiana con la Nueva Mayoría cobre fuerza y viabilidad política.

Quienes están por la proyección y fortalecimiento de la coalición de centroizquierda, y la base nacional y popular del partido lo está, debieran ser los más interesados en vigorizar el instrumento partidario.

Quienes apoyan las reformas emprendidas y la realización de las transformaciones pendientes, quienes piensan que la DC debe postular un candidato y que éste debe dirimirse en primarias, quienes creen que el próximo programa de gobierno debe ser fruto de un amplio y organizado ejercicio de participación; debieran ser los más proclives a generar alianzas estratégicas con la senadora Goic, cuyo liderazgo es garantía de estabilidad y de cohesión.

Porque sólo un pacto como éste puede asegurar que el Gobierno concluya en marzo de 2018, y que alejadas las incertidumbres del aventurerismo político que se asolea a diario en los balcones de la derecha, de esta obra surja un nuevo horizonte de realización para la justicia y las libertades.

Goic dice que no hay diferencias esenciales con las reformas
Disidentes acusan a Goic de entreguismo al Gobiernop
No estoy de acuerdo con el tono de la crítica de Burgos
Respuesta a los liberales: liderazgo se construye desde el partido
Burgos habla por él
Liberales quieren fin de la coalición
¿División de la DC?

 


EL LUGAR DE RN

24 junio, 2014
El Presidente Sebastián Piñera junto a Carlos Larraín presidente de Renovación Nacional y dirigentes, alcaldes y parlamentarios de la colectividad.

El Presidente Sebastián Piñera junto a Carlos Larraín presidente de Renovación Nacional y dirigentes, alcaldes y parlamentarios de la colectividad.

Carlos Larraín, ex presidente de Renovación Nacional, denuncia que hay quienes quisieran convertir a su colectividad en un partido de izquierda. El ex senador entiende que RN es un partido de derecha porque respalda el modelo de mercado y la Constitución de 1980, y se opone al aborto.

¿Pero de dónde es RN? Tradicionalmente se le conoce como una fuerza política de centroderecha, o sea, como un grupo de personas que defienden ideas centristas con tendencias conservadoras. Tendencias que preconizadas por Larraín han mantenido a distancia a la evolucionada Evópoli, y han provocado el divorcio de Amplitud, una formación reciente que se define a sí misma como de centroderecha liberal. Naturalmente, RN concurre a una coalición compuesta por sectores de centro y de derecha, y no parece estar ocupando —ni tampoco querer ocupar— su lado derecho, hoy por hoy, ampliamente colonizado por la UDI.

Ser de centro derecha y estar en la centro-derecha no es lo mismo. Y la diferencia no es una cuestión puramente gramatical. Es un asunto ideológico. El guión que reemplaza a la conjunción «y» significa la unión de dos partes que muestran afinidades entre sí, pero que no son fundibles o confundibles. Los orígenes de RN se remontan a la fusión de liberales y conservadores, allá por los años sesenta, tras una larga historia de confrontaciones que nace en los albores de la república. La UDI en cambio es una fuerza más joven, surgida del neocorporativismo gremialista vigorizado durante la dictadura, y convertida en el último cuarto de siglo en indisputable custodia de su legado. Ambas trayectorias han creado memorias, identidades, prácticas y liderazgos que, si favorecen la coalición, incluso para gobernar, dificultan la aleación.

Larraín hizo de su gestión al frente de RN la búsqueda constante de una alianza con la DC que, sin embargo, jamás prosperó. Las tendencias conservadoras en su partido eran tan poderosas, como fuertes eran en la Democracia Cristiana sus tendencias progresistas. Por eso, es mucho más probable que florezca su convergencia con Fuerza Pública, bajo el liderazgo de Velasco y a condición de que se impongan los liberales a los clericales, que desgajando a la falange de la Nueva Mayoría.

http://www.diarioconcepcion.cl/2014/06/24/#2/z

http://www.labatalla.cl/el-lugar-de-rn/

 


LA RECUPERACION DEL CENTRO POLITICO

9 junio, 2013

Hace veinte años, Patricio Aylwin, un ícono de la Democracia Cristiana, era considerado por la opinión pública como un político de centroizquierda, situado incluso más a la izquierda que el Presidente Eduardo Frei Montalva, el impulsor de la Revolución en Libertad.

Si una idea distingue a la actual conducción de la Democracia Cristiana, desde su instalación en 2010 hasta la fecha, es su reiterado propósito de fortalecer el centro político. Recuperar el centro, se dice, consigna constituida en rectora de la actuación del partido frente al gobierno, a la oposición, a los aliados y a los movimientos sociales. La mesa del senador Ignacio Walker piensa que el centro político ha perdido gravitación en la escena nacional. Piensa, asimismo, que esta pérdida de influencia ha perjudicado a la Democracia Cristiana, fiel reverberación de dicho centro político, y que ha beneficiado principalmente a la izquierda pero también a la derecha. A falta de un centro poderoso, el país estaría experimentando una polarización que lo inclinaría necesariamente hacia la izquierda. Ante esto, el presidente de la colectividad ha advertido: «cualquier nueva mayoría que prescinda del centro está condenada al fracaso.»

¿Mayoría sin centro?

Lo cierto es que para fracasar —o para triunfar—, primero, esa nueva mayoría debe existir, debe estar constituida. Y una mayoría no se forma sin el centro. De igual modo que una mayoría no se configura sin la izquierda, pero tampoco sin la derecha, dependiendo, claro, del carácter que adopte dicha mayoría. ¿Pero realmente dónde está este centro? ¿Qué es este centro? ¿Cómo se manifiesta este centro? ¿Es la Democracia Cristiana quien encarna este centro?

El centro político existe. Negarlo sería lo mismo que discutir la existencia de izquierdas y derechas. El centro existe como identidad declarada, como adscripción a una representación que entraña historias, valores, creencias y proyectos. Cuando un ciudadano señala que se identifica con el centro, y no con la derecha y tampoco con la izquierda, lo que está resumiendo en esta respuesta es una actitud frente a la política. Técnicamente, el centro es un peldaño en una escala de actitudes. Pero una actitud que no se queda en eso, pues el centro también existe como voluntad política, como comportamiento activo a favor de aquello que mejor refleja tal actitud política, sea éste un liderazgo, un partido, un movimiento o una coalición. De ello se sigue que todo liderazgo, todo partido, todo movimiento, toda coalición, cualquiera sea su sello, tiene a su haber adhesiones de ciudadanos que se identifican con posturas de centro. Por consiguiente, si bien pueden existir identidades de centro, que desde luego varían a través del tiempo, no existen en la realidad representaciones y formaciones políticas químicamente puras de centro. Dicho de otro modo, si en los partidos de izquierda y de derecha es posible hallar posiciones de centro, con mayor razón es posible hallar orientaciones de izquierda y de derecha en los partidos que dicen representar al centro. Es esta diversidad política y social la que permite afirmar que la Democracia Cristiana no es el centro, sino la expresión de un arco de sensibilidades más amplio y plural.

Que veinte años no es nada

Hace veinte años, Patricio Aylwin, un ícono de la Democracia Cristiana, era considerado por la opinión pública como un político de centroizquierda, situado incluso más a la izquierda que el Presidente Eduardo Frei Montalva, el impulsor de la Revolución en Libertad. Y esta percepción era compartida mayoritariamente por las personas que adherían a los partidos Socialista y Comunista. ¿Era Aylwin representativo de toda la Democracia Cristiana?

Hace veinte años, el centro no tenía una actitud muy distinta de la que tiene hoy frente a cuestiones religiosas. Se declaraba católico no observante. Rara vez, o nunca, asistía a misa, y mostraba menos confianza en los obispos que la propia gente de izquierda. En temas valóricos, el centro era el más renuente a una ley de divorcio, pero creía que el aborto debía ser permitido en casos especiales.

Por entonces, en la jerarquía de prioridades del centro, primero estaba el crecimiento, después la igualdad, más atrás el orden público y, al final, la democracia y las libertades. Coincidiendo con la derecha, el centro confiaba más en el libre mercado que en la intervención del Estado en la economía. Y a diferencia de la izquierda, prefería el crecimiento antes que la justicia social. En esto no había distinción alguna entre las expectativas del centro y las de quienes se declaraban simpatizantes de la Democracia Cristiana. Por lo mismo, aquellos que se identificaban con la Democracia Cristiana tomaban distancia de los simpatizantes socialistas y comunistas, para quienes la igualdad y la justicia eran valores superiores al crecimiento económico. Asimismo, al contrario de  socialistas y comunistas, los adherentes democratacristianos eran más proclives al orden público que a la democracia y las libertades.

Hace veinte años, el centro no tenía muy claro qué hacer con las grandes empresas; se debatía entre quienes decían que estas corporaciones debían estar en manos del Estado y quienes creían que debían ser privadas. En lo político, el centro creía que los principales objetivos de la recién recuperada democracia política consistían en lograr la igualdad de oportunidades y la eliminación de la pobreza. Para el centro, el mejoramiento de las condiciones de vida de la población y el respeto de los derechos humanos, eran en aquel tiempo menos importantes que para la izquierda.

La función del centro

Pero hace veinte años, ese centro político era muy influyente. Llegó a representar el doble de quienes se identificaban con la derecha y el doble de aquellos que simpatizaban con la izquierda. Hoy la presencia de estas tres identidades es equivalente. Y no es que las expresiones de izquierda y de derecha se hayan fortalecido a costa del centro, como a menudo se oye decir, pues, con ligeras variaciones, éstas se han mantenido en las mismas proporciones de hace veinte años. Lo realmente observable es que las adhesiones de centro sólo han ido a parar a las filas de ciudadanos que no se identifican con nada. ¡Ciudadanos que, en su inmensa mayoría, pertenecen a sectores populares desesperanzados! El resultado de este proceso ha sido que, en la misma medida en que se ha verificado una fuerte presencia estadística del centro, se ha registrado una menor desafección política y, viceversa, cuando el centro ha perdido gravitación ha crecido el descontento con la actividad política.

La función del centro en la vida del país es visibilizar una síntesis superadora de las oposiciones políticas. Es representar siempre un camino de progreso frente a las antítesis y, obviamente, frente a sus propias y ya caducas opciones pasadas. Por eso, el mayor fracaso de los partidos que aspiran a encarnar el centro, es su incapacidad para interpretar las nuevas demandas colectivas, abandonando de paso la formación de la política a la anti-política. También en este comportamiento se juega el compromiso con la gobernabilidad.

Identificación Política