EL SUCESOR DE BURGOS

9 junio, 2016

 

MarioFernandez

Mario Fernández, quien sucede a Jorge Burgos en el Ministerio del Interior, es un democratacristiano conservador. Pertenece al antiguo tronco aylwinista de la colectividad, cuya rama más vigorosa es, hoy por hoy, la representada por Soledad Alvear y Gutenberg Martínez.

Fernández, en un contrapunto con Jorge Correa Sutil —que al igual que él integraba en 2008 el Tribunal Constitucional—, votó en contra de la Píldora del Día Después a propósito del recurso de inaplicabilidad del Decreto Supremo N° 48. Tras dejar su cargo de embajador en Austria, asumió la representación diplomática de Chile en Uruguay en reemplazo del comunista Eduardo Contreras.

Por su estilo y trayectoria, y por los apoyos transversales que concita en la Democracia Cristiana, probablemente culminará su desempeño como jefe de la cartera cuando concluya el gobierno, lo que recordará a Pérez Yoma, del mismo sector interno del partido, en el primer mandato de Bachelet. En todo caso, su ingreso al comité político marca la retirada de los príncipes. El año 2002 Fernández apoyó a Jorge Pizarro, que entonces disputaba con Ignacio Walker y Adolfo Zaldívar la conducción partidaria.

Habrá, en consecuencia, un giro en las formas de relacionarse con la Presidenta. Un estilo menos mediático y estridente, y más cuidadoso de las investiduras de cada cual. Habrá, asimismo, una relación más fluida con los aliados, especialmente, con los comunistas, y no porque Fernández sea más proclive que Burgos al entendimiento con ellos, sino porque el nuevo titular cree en la racionalidad de la política y en el valor pragmático de las coaliciones. Así lo demostró cuando estuvo al frente del Ministerio Secretaría General de la Presidencia.

¿Qué se espera de Fernández? Que movilice los recursos y atributos a su haber para ordenar al Gobierno y a la Nueva Mayoría. Sobre todo, que llame al orden a quienes dependen directamente de él. Que dialogue y procese las diferencias reales e importantes, sin gastar ni hacer gastar a otros, energías en conflictos de bajo perfil. Que no incurra en el error de asumir la representación vicaria de determinados intereses grupales, los que, a no dudarlo, querrán ponerle sus propias banderas a la nueva embarcación, sino que mantenga una comunicación directa e ininterrumpida con la directiva de su partido, la Democracia Cristiana y, naturalmente, con las mesas legítimas de los demás partidos.

En fin, que al menos guarde en el armario, hasta mejor hora, las retroexcavadoras, los matices, los realismos y las renuncias, y ponga a todo el mundo a trabajar para salir airosos del veredicto de las urnas.

Fernández, el más bacheletista de todos

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SUCESIÓN DEL CARISMA

26 enero, 2016

chaman

No es cierto que la DC haya perdido votos por haberse aliado con la izquierda. Tampoco es cierto que los votos que pierde la DC vayan a la derecha. Y no es cierto que sin la DC la centroizquierda no tenga ninguna posibilidad de ser gobierno hasta el año 2038.

En la elección parlamentaria de 1993, en pacto con la izquierda, la Democracia Cristiana obtuvo más votos que los conseguidos cuatro años antes, mientras que en el mismo lapso de tiempo la derecha contrajo su votación. En la siguiente elección, la de diputados de 1997, la falange perdió cerca de 500 mil sufragios y la derecha alrededor de 250 mil. ¿A dónde fueron a parar estos votos? A la abstención desencantada.

En cuanto a los escenarios futuros, es indudable que tras el quiebre político que supuso el gobierno de Piñera, surgen nuevas fuerzas políticas y sociales que cambiarán, como en España, el horizonte de la centroizquierda. Hay que esperar qué nos depara el destino para dentro de nueve meses, cuando la ciudadanía vuelva a las urnas.

Como sea, las frases del preámbulo pertenecen a un relato especulativo, sin asiento en la realidad. Un relato que si en el pasado sirvió para reproducir el poder de quienes lo formulan, hoy carece de eficacia en la formación de la política.

La suya es una apología de la autoridad carismática, aquel conjunto de atributos excepcionales no asequibles a la gente común que, desde las sociedades primitivas hasta nuestros días, ha sido reservada a profetas, chamanes, brujos y visionarios, y que, como enseña Max Weber, no se rige por normas intelectualmente analizables, a diferencia de la racionalidad democrática, e incluso de la lógica inmanente al tradicionalismo monárquico. Simplemente es un hecho consumado e indeleble, como en la Alemania nazi, donde la palabra de Hitler llegó a ser ley, o como durante el siglo XX chileno, cuando se creyó que el discurso político poseía un centro originario, críptico e insondable, al que tenía acceso privilegiado sólo cierta clase de iluminados.

Se trata, sin embargo, de un relato que ha procurado resolver, aunque sin éxito, la sucesión del carisma, el mayor desafío para este tipo de liderazgo que sólo existe en su nacimiento y que, para perdurar, precisa convertirse en una convención asumida por todos. Es lo que se denomina la rutinización del carisma. Consiste en transmitir las facultades y poderes carismáticos, ahora separados de los atributos personales, a los nuevos herederos.

Para prolongar su permanencia, primero se intentó instalar una tradición, la escrita y difundida en el otoño de 1998 por los llamados autocomplacientes bajo el rótulo «Renovar la Concertación, la fuerza de nuestra ideas», de la que es reminiscencia marchita «Progresismo sin progreso: ¿El legado de la Nueva Mayoría para Chile?». En otro frustrado esfuerzo, llevado a cabo el 16 de octubre de 2004 en el Centro de Eventos San Carlos de Apoquindo, se buscó que el ex presidente Frei ungiera a los que debían hacerse cargo de administrar el legado. El propósito era lograr su reconocimiento a los puestos de autoridad y prestigio que garantizaban la seguridad y estabilidad del sector. También se apostó a que el criterio de elegibilidad de los sucesores fuera el carisma hereditario de grupos de parentesco. Con ello se pretendía provocar la transición hacia un carisma de cargo. Fue entonces cuando conoció la luz el proyecto incubado desde 2002 y publicitado por El Mercurio en octubre de 2005: «Los nuevos príncipes herederos de la DC».

Si estos mecanismos de sucesión fracasaron, fue porque en el proceso emergió otro carisma, de sí revolucionario —en el sentido weberiano de la expresión—, el representado por Adolfo Zaldívar.

La irrupción de Zaldívar fija un antes y un después, abre una crisis que aleja, probablemente para siempre, la posibilidad de suceder el carisma que predominó en la antigua Concertación. Ello habría de verse reforzado por una tendencia de más larga longitud de onda, como fue la expansión sin precedentes de las comunicaciones, cambio social que incorporó a las personas a una cultura reflexiva que les permitió participar en múltiples centros de información y deliberación. Pero lo que le dio el tiro de gracia a aquel imaginario de héroes y salvadores, de seguidores y secuaces, fue la moderna racionalidad económica de la corrupción, cuyo cálculo de rentabilidad penetró a tal punto la actividad política que logró seducir a sus otrora más limpios adversarios.

Max Weber Economía y Sociedad

José Ortega y Gasset El ocaso de las revoluciones

El problema de la DC es ella misma


TRES FABULAS

12 noviembre, 2014

TRES FÁBULAS

En la transición del gobierno de Piñera al de Bachelet o, si se quiere, en el paso de la Concertación a la Nueva Mayoría, se acuñaron tres nociones políticas que bregaban por definir y determinar la dirección y la intensidad de los cambios. Tres antinomias o términos contrapuestos, orientados en su propia tensión a fijar los alcances y límites de la distribución del poder en el nuevo escenario que se estaba instalando.

VOZ DE LA CALLE VOZ DEL PUEBLO ES

Cuando en 2011 resurgieron los movimientos sociales de oposición a la administración de Sebastián Piñera, se alzó contra éstos, considerados la voz de la calle, la primacía de las instituciones, la democracia de las instituciones, el Parlamento como instrumento de la democracia representativa, y el repudio al populismo, como natural derivación de la exaltación de las manifestaciones públicas. En su reverso, los movimientos sociales pusieron sobre el tapete la crisis de representación del sistema político, incluidos los partidos y los parlamentarios. Lo que se impuso fue una calle que se manifestaba multitudinariamente a favor de los cambios y que, asimismo, impugnaba el modelo.

Bien entrado el gobierno de Bachelet todavía el sentido de las reformas era medido según cuánto gravitaran en ellas las opiniones de estudiantes y profesores movilizados, o, por el contrario, las del Ejecutivo y del Congreso elegidos para concretarlas. Todo esto, claro, hasta que la calle empezó a ser caminada —como en la masiva marcha de padres y apoderados— por sectores defensores del statu quo y refractarios al cambio. Poco a poco, a medida que las protestas antigubernamentales crecieron en magnitud, el símil que se había establecido entre voz de la calle y anomalía política fue bajando su tono hasta volverse imperceptible. Se había hecho evidente que la calle era expresión de una sociedad libre y pluralista, y que desacreditarla podía comportar el inicio de un sistema bloqueado por las instituciones y por las coacciones mediáticas, pasto apropiado para aventuras autoritarias y represivas.

En una democracia no es menos legítima la voz de la calle, que la voz del pueblo o que la voz de las instituciones. Ponerlas en contradicción insoluble sólo favorece el inmovilismo de quienes quieren que nada cambie. Y nada es más parecido a esta ineficiencia que la inútil riña entre el león y el jabalí de la fábula de Esopo.

El león y el jabalí

NO HAY MÁS COALICIÓN QUE LA QUE NOS REÚNE

Con dificultades aceptaron algunos partidos políticos incorporarse a la Nueva Mayoría. Las principales reticencias provinieron del Partido Comunista y de la Democracia Cristiana, colectividades ejes de sus respectivos pactos electorales, pero que no habían tenido experiencia común de gobierno por espacio de 70 años. Aunque se habían ensayado arreglos electorales, como los que permitieron a la Concertación asegurar su opción presidencial en segundas vueltas, o como los pactos municipales y parlamentarios, la presencia de comunistas y democratacristianos en el gabinete, sólo fue posible por la prerrogativa de juntarlos que Michelle Bachelet empleó sin inhibiciones (con un 63 por ciento de apoyo no es para andarse con cortedades).

Los siete partidos se habían comprometido a respaldar el programa de gobierno, mediante una acción coordinada tanto en el Ejecutivo como en el Parlamento. La Democracia Cristiana entendió que dicho compromiso era un acuerdo y no una coalición, como la habría sido la Concertación. ¿Dónde radicaba la diferencia? Pues, en su permanencia o proyección. La Concertación, se decía, habría sido una alianza pensada para permanecer; la Nueva Mayoría, en cambio, tendría fecha de caducidad. No existen sin embargo antecedentes que avalen esto y, por el contrario, es cada vez más claro que los partidos, y los jefes de partidos, y los militantes de la Nueva Mayoría, se comportan como si formaran parte de una coalición que aspira a proyectarse, y a la que se le plantean exigencias como coalición. Resultará paradójico, pero quienes han insistido en la idea de un acuerdo, y no de una coalición, reclaman a la Presidenta que ejerza un liderazgo más activo, que resuelva las pugnas entre partidos, y que asegure una representación más equilibrada de las colectividades en su gobierno. Dicho de otro modo, la siguen viendo como la jefa de una coalición. Si como ha precisado el presidente de la DC, «una coalición se define necesariamente por afinidades en términos de objetivos y convergencias programáticas», entonces esto es la Nueva Mayoría por más que se le presente como un acuerdo intrascendente.

Es un autoengaño creer que baste llamar de otro modo a una cosa para cambiar su destino, como lo hacía el aparcero de La Fontaine cuando pensaba que controlando el clima podría sacarle mejor provecho a la tierra. La Nueva Mayoría será más o menos coalición dependiendo de las prácticas de sus actores, lo que, obviamente, la puede conducir a su fin o a su permanencia.

 

Jupiter y el aparcero

EL CENTRO: UN SUSPIRO

Pocas estrategias han dado menos frutos que aquellas que han pretendido cristalizar en colectividad política lo que las estadísticas exhiben como posiciones de centro. La sola transición democrática fue rica en ensayos del tipo Unión de Centro Centro, centro reformista o centro excéntrico, que, aunque a ratos fascinantes y convocantes, no pasaron de ser experiencias efímeras. En las presidenciales de 2013 asistimos a los últimos intentos de conversión del centro en sí al centro para sí. Desde luego, Franco Parisi, con el socioliberalismo, y Andrés Velasco, con el liberalismo laico, son dos de sus más destacados exponentes, ambos sin partido ni movimiento político que los sustentara. Pero es Claudio Orrego, firmemente anclado a la mesa directiva de la Democracia Cristiana, quien conduce la cruzada de llevar a la falange a los manantiales del centro. Su cometido es recuperar el centro político, el centro progresista social cristiano, ese 60 por ciento de chilenos que no votan, asegura, aquel por donde se ganan las elecciones.

¿Qué quedó de todo eso? Velasco logró un cuarto lugar en las primarias, tras Bachelet, Longueira y Allamand, en este orden. Luego formó Fuerza Pública y ha construido acuerdos con sectores de centro-derecha. La propuesta de Orrego obtuvo la adhesión del 6 por ciento del electorado, menos de la mitad de la proporción de votos que, en la actualidad, captura su colectividad. E Ignacio Walker enfatiza, queriendo clausurar con ello una larga polémica, que la Democracia Cristiana está en la centroizquierda.

Mucho ruido para nada más que viento, diríase también del parto de los montes.

El parto de los montes

 


PODER DE VETO

22 julio, 2014
Dictadura o democracia, manifiesto de la Dermocracia Cristiana italiana de 1948.

Dictadura o democracia, manifiesto de la Dermocracia Cristiana italiana de 1948.

 

Cuando la Falange Nacional enfrentó un trance semejante, entonces fundó el Partido Demócrata Cristiano.

El problema del oficialismo no es la tentación de algunos de querer imponer criterios dentro de la Nueva Mayoría, sino precisamente lo contrario, es la falta de hegemonía política y programática, pese a que sus siete partidos con asiento en el Parlamento y la Presidenta Michelle Bachelet, conquistaron un respaldo electoral sin precedentes.

La pérdida de hegemonía

Es desde luego sintomático de la actual crisis de representación de nuestra democracia, que el salto de conciencia experimentado por el país el año 2011, y que logró imponer en la cultura política nacional el valor de la educación como un derecho superior a un puro bien de mercado, no tenga un liderazgo colectivo claro. Esto, habida cuenta que en los años noventa fue la Democracia Cristiana quien manejó el timón de la llamada política de los consensos, la misma que perfiló la estrategia de la ruptura con la dictadura y trazó el curso a seguir por los gobiernos de los presidentes Aylwin y Frei.

Por entonces la DC fue capaz de construir una hegemonía transversal a los partidos de la coalición y que, con el correr de los años, daría origen a una de las dos almas de la Concertación: la de los autocomplacientes. Así como durante la pasada década fue el eje DC-PS quien llevó a cabo el cierre de la transición democrática al darles sustentabilidad y cohesión a los gobiernos de los presidentes Lagos y Bachelet. La nueva hegemonía sellada en la ciudad de Concepción por los timoneles de los partidos democratacristiano y socialista, Soledad Alvear y Camilo Escalona, permitió concluir la administración de la presidenta Bachelet, ordenar la segunda postulación a La Moneda del ex presidente Frei y, al calor de las jornadas de movilización y protesta social del año 2011, elaborar la crisis terminal del conglomerado.

Pero la Nueva Mayoría no tiene un motor de partida, una fuerza propulsora que active las sinergias de todas sus colectividades. A falta de esta hegemonía, invariablemente acaba primando en ella un fatal equilibrio de vetos, de impedimentos y dificultades, que amenaza con neutralizar y dejar sin efecto su voluntad de cambios.

Pero no sólo no existe una fuerza principal, sino que no se puede ni se quiere una conducción nítida y estable. En reiteradas ocasiones se ha dicho que la Nueva Mayoría no es una coalición, sino un acuerdo, de ahí que el mejor reflejo de su transitoriedad estaría dado por su huidiza vocería. Se ha insistido asimismo que el programa de gobierno es común a todos, pero sólo hasta el momento en que hacen su aparición los matices y los instrumentos. Luego, como todo es susceptible de debate, el programa sólo puede ser común a todos en la medida que consigue sortear los reparos de todos. Por cierto, las observaciones más relevantes son las que se expresan en la Cámara de Diputados y en el Senado, como corresponde hacerlo en las democracias de las instituciones. Sin embargo, tampoco es en las instituciones representativas donde se enmiendan los más importantes puntos del programa, sino fuera de ellas, en las esferas privadas, y no con todos los partidos, sino sólo con algunos. A estas alturas del proceso ha quedado oscurecida la legitimidad de origen de dicho programa, es decir, aquel 62 por ciento de apoyo con que el soberano y constituyente refrendó a Bachelet en las urnas.

El repliegue de la Democracia Cristiana

No es pues por exceso de hegemonía, sino por carencia de ella, que escasean la lealtad, la disciplina y el respeto hacia los aliados en el seno de la Nueva Mayoría. Y, quiérase o no, el hecho crucial que marca la diferencia en el actual sistema de coaliciones es la paulatina pérdida de gravitación de la Democracia Cristiana como fuerza articuladora de la política democrática y republicana que tenemos. Hace un cuarto de siglo la DC dominaba la tercera parte del Congreso, lo cual le confería una autoridad indiscutida; hoy, apenas ocupa el 17 por ciento de los asientos parlamentarios y la condición privilegiada de ser primus inter pares, primera entre iguales.

Las causas de la pérdida de influencia y coherencia democratacristianas son estructurales y universales. Tanto en Europa como en América Latina están desapareciendo las clases medias y populares, especialmente los sectores campesinos, que dieron sustento social y electoral a los partidos democratacristianos. La vida rural, otrora fuertemente penetrada por la religiosidad y por la acción social de la Iglesia, ha sido transformada dramáticamente por los efectos combinados de la urbanización, la secularización y la modernización tecnológica, al punto que los campesinos de la Reforma Agraria, los muchachos de la Patria Joven y los profesionales de la Revolución en Libertad, hoy sólo son una memoria, y muchas veces una memoria sin registro histórico.

Atrás, muy atrás, han quedado la Guerra Fría, los fascismos, los totalitarismos y los regímenes de fuerza que en todo el mundo le dieron sentido, viabilidad y vigencia a los programas democratacristianos de emancipación. Y sobre aquel fondo ya brumoso y desdibujado, la iglesia Católica, leal aliada de las luchas de liberación del movimiento popular, hoy pierde fieles y adhesión política, y se queda sin margen para desplegar lo que vendría a ser el uso de un recurso extremo: un nuevo combate moral y cultural.

Ningún democratacristiano sensato pensaría un segundo en alzar las banderas del integrismo católico contra Bachelet —como lo hizo al modo de una cruzada refundacional la derecha española contra Rodríguez Zapatero—, para defender de una amenaza inexistente la libertad de enseñanza o el derecho a la vida. Ningún democratacristiano convencido de las profundas injusticias sociales de larga data en el país, exaltaría cual modelo a imitar el centro político, consensual y pragmático de la CDU alemana, que podrá servir para conciliar a católicos y protestantes, pero difícilmente para superar las luchas de clases y de nacionalidades que se libran en Chile. Y ningún democratacristiano que haya visto caer el muro de Berlín y la I República italiana, buscaría perfilar su identidad política por oposición a los comunistas, después de haber llegado a gobernar con los comunistas.

Los democratacristianos saben que el poder de veto nunca ha sido una opción política fructífera ni de largo aliento. Saben que en una tradición de profundas raíces doctrinarias e ideológicas, como la legada por Frei, Leighton, Tomic y Palma, el imperativo moral de la acción política es comprometerse y abrir caminos de diálogo y de colaboración. Y saben que cuando la Falange Nacional se vio enfrentada a un trance semejante, entonces fundó el Partido Demócrata Cristiano.

http://www.labatalla.cl/poder-de-veto-cuando-nadie-quiere-poner-de-su-parte/

http://www.diarioconcepcion.cl/2014/07/22/#2/z

Andrade acusa a la DC  http://impresa.elmercurio.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-07-24&dtB=24-07-2014

Subpactos son una condición para el eje DC-PS

PS: la DC no cumple los acuerdos

Supresión de subpactos favorece alianza DC-RN

El temor de la DC para oponerse a los subpactos

Comisión aprobó acuerdo Gobierno-DC

Los matices del programa de reforma educacional


LOS EJES DE LA NUEVA MAYORIA

10 diciembre, 2013
Senadores Soledad Alvear y Camilo Escalona

Senadores Soledad Alvear y Camilo Escalona

Hace cinco años, el 9 de octubre de 2008, se selló en Concepción un pacto político que habría de cobrar enorme importancia para la proyección de la Concertación. Los senadores Soledad Alvear y Camilo Escalona, a la sazón presidentes de los partidos Demócrata Cristiano y Socialista, ratificaron entonces un compromiso de reciprocidad entre las dos principales colectividades del conglomerado a fin de enfrentar unidas la elección municipal de aquel año y llegar a diciembre de 2009 con un solo candidato presidencial.

El acuerdo buscaba resolver la profunda crisis en que se hallaba envuelta la coalición de gobierno, y cuya confirmación más elocuente se plasmó en la derrota sufrida frente a la candidatura de Sebastián Piñera. Aquella fue la primera declaración de intenciones para configurar un eje DC-PS que, aunque nacía como un arreglo electoral, aspiraba a constituirse en una promesa de largo aliento.

Pero Alvear y Escalona, los fiadores del pacto, dejaron las respectivas presidencias de sus partidos, y ahora se aprestan a abandonar los asientos que ocupan en el Senado, cuando sobre los cimientos de la Concertación se levanta una alianza más amplia y diversa, la Nueva Mayoría, y algunos personeros socialistas desahucian el antiguo pacto contra la perseverante voluntad falangista de mantenerlo. Y es que la Democracia Cristiana fue durante los auspiciosos años noventa el eje de la acción gubernamental, y en la década pasada compartió esta responsabilidad con el Partido Socialista, al punto que tres de sus figuras llegaron a convertirse en jefes del gabinete de ministros.

Con el paso del tiempo han desaparecido los riesgos que otrora acecharon a la Concertación. La Democracia Cristiana, gracias a su afianzada estabilización electoral, hoy representa un tercio de la Nueva Mayoría, de modo que ella sola constituye un poderoso factor de gobernabilidad dentro de un sistema de partidos que cambia vertiginosamente. El PS ha salido fortalecido de la última elección, y la izquierda comunista/ciudadana está mejor posicionada en el Congreso. No parece haber motivo pues para persistir en un único quicio cuando podrían —y acaso deberían— ser varios los ejes llamados a garantizar el movimiento y el equilibrio.

 

http://www.diarioconcepcion.cl/2013/12/10/#2/z


LA NUEVA CENTRODERECHA

4 julio, 2013

Velasco personifica a la nueva centroderecha chilena, fecundada durante veinte años en el vientre de la Concertación, pero nacida en la cuna de la Nueva Mayoría.

Andrés Velasco

De entrada, es preciso aclarar una cuestión semántica que permita rescatar el término y salvarlo de todo sentido peyorativo. Centroderecha y centro-derecha no son lo mismo. Centro derecha, también así escrita, expresa una noción de centro inclinada hacia la derecha. En cambio, centro-derecha, con las dos palabras separadas por un guión, manifiesta la unión de dos conceptos, centro y derecha, pero cada uno con sus respectivos referentes. Decir que Andrés Velasco representa la nueva centroderecha, equivale a afirmar que encarna un conjunto de ideas liberales y laicas, distintas de las ideas de las izquierdas y derechas clásicas, y de la centroizquierda democratacristiana de los últimos cincuenta años.

Liberal y republicana

Velasco personifica a la nueva centroderecha chilena, fecundada durante veinte años en el vientre de la Concertación, pero nacida en la cuna de la Nueva Mayoría. Consiguió capturar el apoyo de 280 mil ciudadanos, el 9 por ciento de los más de tres millones de chilenos que concurrieron a las urnas el pasado domingo. Una implantación electoral equivalente a la cuarta parte del total de votos reunidos por él, por Allamand y por Longueira. Que pudo haber constituido un tercio si, como dijo Tomás Jocelyn-Holt, Velasco hubiera corrido por fuera de la Nueva Mayoría. Ello habría minado aún más el potencial electoral del favorito del oficialismo, el candidato de la derecha moderada, y liberal al igual que el fundador de Expansiva, Andrés Allamand.

Velasco irrumpe en la escena como en su momento lo hicieron Nicolas Sarkozy en Francia, y Mauricio Macri en Argentina. Reivindicando una buena política republicana contra las malas prácticas de la Concertación y de sus partidos. «La herencia de Mayo del ‘68 —dirá Sarkozy— ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de Mayo del ‘68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero—rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación». Macri, sin embargo, más cercano al perfil de Velasco, conquistará la alcaldía de Buenos Aires apelando al ciudadano desamparado y atrapado entre los dos bloques tradicionales de la política argentina. Así los exhortará: «Usted que es independiente, y se quedó sin independencia. Usted que es Peronista y se quedó sin Perón, sin Evita, porque nos quedamos sin Perón y sin Evita. Y usted que es Radical, y no hay nadie que se parezca a Irigoyen ni a Alvear, ni a Balbín, ni a Illía. Porque todos nos quedamos sin Irigoyen, sin Alvear, sin Balbín y sin Illía.»

El fenómeno Bachelet

Velasco emerge como una nueva centroderecha en un paisaje ampliamente dominado por la presencia de Bachelet. Ella sola obtuvo la mayoría absoluta. Y por eso, se habla del fenómeno Bachelet, aunque sin explicar el porqué del fenómeno. Ella mejor que nadie sabe que no hay tal. Ya durante el primer año de su mandato la ex Presidenta vivió la experiencia de una fuerte caída de su popularidad, la que logró recuperar después de largo tiempo. Michelle Bachelet estuvo ausente del país por espacio de tres años, periodo durante el cual optó por no emitir opiniones sobre la coyuntura nacional. Mal podría atribuírsele este auto-referido carácter fenoménico. Rompió su silencio recién hace tres meses cuando anunció al país su voluntad de ser candidata. Dice Pablo Longueira que a él le bastaron dos meses para imponerse en la Alianza. Pues, a Bachelet le bastaron tres meses para conquistar el corazón del país. ¿Qué lo hizo posible?

El verdadero fenómeno es sociológico y se produce en Chile durante el tiempo en que Bachelet permaneció alejada de la contingencia política. Es un fenómeno ciudadano, una nueva voluntad popular que ha venido tomando cuerpo y manifestándose a través de diversos hitos, entre los que destacan las grandes movilizaciones sociales. La característica más destacada de este cambio en la cultura política ha sido la aparición de una nueva expectativa de justicia, de libertad y de integración nacional, que ha podido desplazar el eje, el centro de la demanda política, hacia la izquierda. Por eso, hoy por hoy, ha dejado de ser tema la participación del Partido Comunista en las instituciones de la democracia representativa, como ha dejado de serlo la amplia legitimidad alcanzada por la crítica al lucro. Ello no habría sido posible en los tiempos en que campeaba el Consenso de Washington, cuando Andrés Velasco se desempeñaba como jefe de gabinete del ministro de Hacienda Alejandro Foxley Rioseco. Entonces las ideas de Velasco representaban al centro político. Hoy, con el deslizamiento del centro, aquellas ideas, si bien actualizadas, han quedado convertidas en propuestas de centroderecha.

Más allá del centro

La ciudadanía ha conectado sus aspiraciones y expectativas con el liderazgo de Michelle Bachelet, que ha tenido el talento de interpretarlas. Hace medio siglo, al igual que ahora, otro acontecimiento social y político habría de cambiar drásticamente el escenario nacional. También el líder que encarnó esa voluntad nacional fue visto en su tiempo como un fenómeno político. Eduardo Frei Montalva ganó en 1964 con el 56 por ciento de los votos, cuando no existía segunda vuelta, y cuando la gravitación de su incipiente colectividad no pasaba del tercio del electorado. En las dos décadas precedentes no se había visto nada semejante. Seis años antes Frei había conseguido el apoyo del 20 por ciento de la ciudadanía, la misma proporción que en 2009 consiguió Marco Enríquez-Ominami. Su propuesta de una revolución en libertad sublimó todas las esperanzas colectivas de entonces, y corrió el centro desde donde lo habían dejado Ibañez y Alessandri, hacia la izquierda del abanico político. Nada mejor expresa su espíritu progresista que la conocida frase «no cambiaré una coma de mi programa ni por un millón de votos». Cuando la pronunció, la conciencia política del país ya era otra.

Andrés Velasco, cuyo liderazgo se forma al amparo de los gobiernos de centroizquierda, es parte de una generación de jóvenes emprendedores —y no hablo de Guilisasti y Santa Cruz— que cree en el actual modelo de desarrollo y en una democracia más pluralista y libertaria, y que no ha sido contaminada por las pugnas intestinas, ni por los compromisos con la dictadura de la vieja derecha. Más temprano que tarde esa generación se transformará en la adversaria por antonomasia de los jóvenes artífices y herederos del fenómeno Bachelet.

¿De dónde provienen los votos de Velasco?



GRILLO, LA CONCIENCIA DE PINOCHO

28 mayo, 2013
Beppe Grillo

Beppe Grillo, líder del Movimiento Cinco Estrellas de Italia

La política necesita la voz de la conciencia, qué duda cabe. Necesita de un Pepe Grillo que la exhorte a hablar con la verdad. Que denuncie la corrupción, el abuso, el lucro, las malas prácticas, el sistema. Pero la política necesita abrir caminos. Pasar de la denuncia a la voluntad de hacer. Actuar sobre las instituciones.

Fue la candidatura de Marco Enríquez-Ominami la que hizo evidente el malestar de la política. Hasta su emergencia, era impensable que la crítica a todo a la izquierda, a la derecha, a los comunistas, a la herencia de la dictadura y de la Concertación tuviera la más mínima opción de conseguir un apoyo significativo. Y sin embargo lo tuvo cuando el ex socialista logró concitar el respaldo de más de un millón 400 mil ciudadanos, equivalente al 20 por ciento de la votación general, aunque la fascinación no duró mucho, pues, en las elecciones municipales de 2012, su adhesión cayó a 241 mil electores, cinco veces menos de la obtenida el año 2009.

La ciudadanía se había animado a manifestar su desafección a través de un voto de advertencia a la clase política, pero no había estado dispuesta a perder su sufragio y, por eso, volvió a respaldar a los grandes partidos y coaliciones políticas. De hecho, Eduardo Frei quedó a 200 mil votos de Sebastián Piñera en la segunda vuelta presidencial de 2010, gracias a que la mayor parte de ese voto admonitorio fue a parar a su caudal electoral. Y en las municipales de 2012, las tres principales coaliciones conquistaron alrededor del 82 por ciento de las preferencias, dejando bastante rezagados a los noveles competidores que entraron a lidiar.

Esta racionalidad política observable en Chile, acaba de tener su correlato en Italia, una de las repúblicas democráticas más golpeadas por la pérdida de credibilidad de sus instituciones y representantes. El pasado domingo se realizaron los comicios municipales en más de 500 localidades donde concurrieron a votar unos 7 millones de electores.

Tras los comicios no se habla de otra cosa que de la derrota de Beppe Grillo. ¿Quién es Beppe Grillo? Un actor y cómico que en las elecciones parlamentarias de febrero logró captar el 25 por ciento de la adhesión para el Movimiento Cinco Estrellas, M5E, dificultando con ello la formación de un gobierno estable en la península. Grillo es popular. Miles de adherentes lo siguen en las redes sociales que, sin embargo, se han mostrado insuficientes para conservar lo ganado. Fue a través de éstas que el M5E nominó a sus candidatos a diputado. Y sólo a través de éstas desarrolló su última campaña. Así Grillo se alzó como la conciencia crítica de la política o, si se prefiere, como la expresión contemporánea de la anti-política. Un genuino tsunami, como gustaba afirmar con jactancia. «Tomamos Roma», dijo después del triunfo.

Y fue Roma la encargada de bajarlo de las nubes el pasado domingo. Su candidato, Marcello De Vito, apenas recibió el 13 por ciento de apoyo, menos de la mitad del conquistado por el M5E hace sólo tres meses en la capital italiana. Grillo no pudo elegir alcalde en ninguno de los 564 municipios. ¡Entiendo! Se limitó a declarar cuando se le pidió evaluar el mensaje de la derrota. Y es que todo este tiempo había sido renuente a pactar con el Partido Democrático, circunstancia que empujó a la principal colectividad de centro-izquierda a formar gobierno con las fuerzas afines al desprestigiado Silvio Berlusconi. Como consecuencia, los votantes de M5E volvieron sus ojos y sus votos al referente que les garantizaba hacer política en las instituciones. El electorado castigó a Grillo pero premió al Partido Democrático que, pese a sus amistades peligrosas, logró fortalecer su implantación electoral.

La política necesita la voz de la conciencia, qué duda cabe. Necesita de un Pepe Grillo que la exhorte a hablar con la verdad. Que denuncie la corrupción, el abuso, el lucro, las malas prácticas, el sistema. Sobre todo, cuando muchos de estos males son reminiscencias de un régimen de oscuridad, ocultamiento, mentira y distorsión, como el imperante bajo el Chile de Pinochet. Pero la política necesita abrir caminos. Exige pasar de la denuncia a la voluntad de hacer. Obliga a actuar sobre las instituciones. No otro parece ser el anhelo de seguridad que han mostrado al mundo las municipales italianas, cuyas lecciones deberían constituir un llamado de atención para quienes persisten en inhibir la formación de una mayoría amplia y estable.