DESDE EL ANDEN

10 agosto, 2016

El andén

Es innegable que las declaraciones de Burgos, entrañan un duro golpe. No tanto para el gobierno, que hace bastante tiempo había contabilizado la pérdida de afecto del exministro, o para los comunistas, que lo toleraron siempre como adversario declarado, sino para Carolina Goic. Para la propia presidenta de la Democracia Cristiana, que asumió en reemplazo del senador Pizarro hace cuatro meses y cuyo mandato se prolonga hasta diciembre próximo.

La embestida de Burgos es fuerte. Lo es al menos por dos razones. Primera, porque condensa toda la potencia ofensiva de los grupos internos y externos del partido con capacidad para movilizar ingentes recursos de poder económico —como los que representan El Mercurio y Copesa—, y que han entorpecido con éxito, si bien relativo, las reformas impulsadas por el Gobierno. Sectores que perdieron el ascendiente moral y cultural que detentaron antaño, y que hoy si acaso consiguen pañuelear el último adiós de un siglo xx que el país va dejando en el andén.

Segunda, porque el embate de Burgos es un ataque directo a la autoridad, la legitimidad y el cargo, la estabilidad y la representación, que detenta la senadora Goic. Es una vulneración de la investidura delegada por un partido que se rige por estatutos, que cuenta con una estructura y que dispone de una orgánica donde, teóricamente, los militantes fijan sus orientaciones y deciden sus estrategias. ¡Burgos es más grande que el partido…! No otra parece ser la advertencia que nos hacen los acontecimientos. Incluso Andrés Zaldívar, que justifica a Burgos, años después vino recién a hablar de su salida del gabinete, quizá por dignidad y por respeto hacia el partido, gesto que también tuvo Belisario Velasco.

Detrás de todo esto no ha de verse un factótum; alguien que lo concentra y lo maneja todo. Ni una amenaza fantasma en apariencia imbatible. Nadie en la Democracia Cristiana acumula semejante poder, y las experiencias recientes —como los triunfos de Provoste y de Goic— así lo confirman. La militancia hoy se informa, se comunica y decide con mayor autonomía que la imaginada. Y por eso, siempre el desafío es diseñar propuestas, conquistar voluntades y encauzar la acción colectiva. Contrarrestando la manipulación corrosiva de la prensa dominante.

El problema lo tendrán la DC, el Gobierno y la Nueva Mayoría, si Carolina Goic pierde el control del timón. El problema lo tendrá, sobre todo, la centroizquierda, si la conducción política que actualmente ejerce la senadora es sobrepasada y arrastrada hacia un estado de crisis e ingobernabilidad. Sería ésta la circunstancia propicia para que la ruptura de la Democracia Cristiana con la Nueva Mayoría cobre fuerza y viabilidad política.

Quienes están por la proyección y fortalecimiento de la coalición de centroizquierda, y la base nacional y popular del partido lo está, debieran ser los más interesados en vigorizar el instrumento partidario.

Quienes apoyan las reformas emprendidas y la realización de las transformaciones pendientes, quienes piensan que la DC debe postular un candidato y que éste debe dirimirse en primarias, quienes creen que el próximo programa de gobierno debe ser fruto de un amplio y organizado ejercicio de participación; debieran ser los más proclives a generar alianzas estratégicas con la senadora Goic, cuyo liderazgo es garantía de estabilidad y de cohesión.

Porque sólo un pacto como éste puede asegurar que el Gobierno concluya en marzo de 2018, y que alejadas las incertidumbres del aventurerismo político que se asolea a diario en los balcones de la derecha, de esta obra surja un nuevo horizonte de realización para la justicia y las libertades.

Goic dice que no hay diferencias esenciales con las reformas
Disidentes acusan a Goic de entreguismo al Gobiernop
No estoy de acuerdo con el tono de la crítica de Burgos
Respuesta a los liberales: liderazgo se construye desde el partido
Burgos habla por él
Liberales quieren fin de la coalición
¿División de la DC?

 

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SINDROME DE CRONOS

11 abril, 2016

 

Cronos corta las alas a Cupido

Cronos corta las alas a Cupido

Síndrome de Cronos

Miedo a perder el poder es lo que se conoce como Síndrome de Cronos. En la mitología griega Cronos destronó a su padre, Urano, y, después, presa del temor a ser desplazado por sus hijos, como lo anunciaba la profecía, fue devorando a cada uno de ellos.

No bien hubieron concluido los rituales con que la Junta Nacional de la Democracia Cristiana inició una nueva etapa en el partido, se pusieron en actividad múltiples mecanismos de control destinados a rodear y a limitar la facultad de movimiento de la nueva mesa.

Quizá una de las piezas más elocuentes de esta reacción esperada, sea el discurso del ministro Jorge Burgos a la Junta. Ese que nunca fue pronunciado y que, no obstante, fue publicitado una semana después. Nada impedía que el ministro lo leyera ante la asamblea. Aún más, por la defensa que hacía el jefe de gabinete de su agenda propia, de la política de los matices y de sus contrapuntos con los comunistas, no sólo existía amplio espacio y oportunidad para formularlo, sino que, a no dudarlo, el ministro habría contribuido al debate… y, naturalmente, a acaparar las críticas de sus camaradas.

¿Por qué no lo hizo? Porque tras un desenlace que cambió el balance y las proyecciones estratégicas de la colectividad, ya la audiencia no era receptiva a esas ideas.

¿Por qué decidió hacerlo fuera del contexto ofrecido por la máxima instancia de resolución democratacristiana? ¿Qué sentido tiene difundir ahora un planteamiento que no influirá en la decisión que adoptó el partido? ¿Por qué arriesgar así la máxima posición jerárquica que detenta el partido en el Gobierno?

Porque, al igual que la entrevista al senador Ignacio Walker en El Mercurio, el texto busca redibujar la cancha que rayó la Junta Nacional DC, un paso que es visto como la derrota terminal de las tesis que han alimentado las fricciones de los últimos meses.

En su entrevista, Walker procura reinterpretar el voto político aprobado y, lo que no puede parecer menos que simpático, intenta hacer una traducción de las palabras pronunciadas por la presidenta del partido. Algo así como Goic en versión Walker. Pero la  Junta desechó romper con la centroizquierda y rechazó aventurarse en el camino propio, como Walker y otros de su sector han insistido durante este período. Y si una palabra se le ha oído clara a Carolina Goic es que más que hablar de matices desea hablar de cambios. De este modo, el discurso ex post facto de Burgos y la exégesis de Walker, se convierten en los modelos más representativos de cómo dar un giro retórico y seguir diciendo lo que ya fue superado por las circunstancias.

Desde luego, no son puras palabras. Hay también conductas. Se ha anunciado la instalación de una especie de guarnición, integrada por expresidentes de la colectividad. Estos tendrían la tarea de reforzar a la directiva, lo cual puede ser entendido como sumarle fuerzas y dejarla gobernar o, en el extremo, como ir en auxilio de lo que, en apariencia, se ve débil y vulnerable y acabar ocupando su lugar. Hay que decir que aquella imagen de los expresidentes detrás de la nueva mesa, si acaso tuvo un valor iconográfico por reflejar el consenso del 2 de abril, no es en modo alguno determinante de la solución que, finalmente, concordó la máxima instancia de deliberación DC.

La figura de los expresidentes no existe en la institucionalidad partidaria y, por su carácter honorífico, sus opiniones no pueden ser vinculantes con lo que resuelve la directiva. Tampoco el comité programático que se pretende sea dirigido por el exministro de Hacienda Alejandro Foxley, existe en los estatutos, y sus propuestas estratégicas no podrían ir más allá de las que resulten del VI Congreso Nacional de la Democracia Cristiana.

Es el síndrome de Cronos. Fatal, sin embargo, pues el dios del tiempo terminó derrotado por sus hijos.

En un pasaje de su discurso ante la Junta DC, la Presidenta Bachelet apuntó a los próximos desafíos. «Tenemos aún un largo trecho por recorrer para hacer realidad el país que anhelamos —dijo—. Más largo que lo que abarca el actual Gobierno. Ahora es cuando Chile necesita una Nueva Mayoría sólida y una Democracia Cristiana fuerte y dinámica». Fue el momento cuando la audiencia rompió en aplausos mientras el diputado Andrade comentaba a algún escéptico —y aún más perplejo— que, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, había que escuchar la voz de las bases.

Goic y los matices

Discurso ex post del ministro Burgos

Entrevista de El Mercurio a Ignacio Walker

Discurso ex ante del vicepresidente de Brasil


SUCESIÓN DEL CARISMA

26 enero, 2016

chaman

No es cierto que la DC haya perdido votos por haberse aliado con la izquierda. Tampoco es cierto que los votos que pierde la DC vayan a la derecha. Y no es cierto que sin la DC la centroizquierda no tenga ninguna posibilidad de ser gobierno hasta el año 2038.

En la elección parlamentaria de 1993, en pacto con la izquierda, la Democracia Cristiana obtuvo más votos que los conseguidos cuatro años antes, mientras que en el mismo lapso de tiempo la derecha contrajo su votación. En la siguiente elección, la de diputados de 1997, la falange perdió cerca de 500 mil sufragios y la derecha alrededor de 250 mil. ¿A dónde fueron a parar estos votos? A la abstención desencantada.

En cuanto a los escenarios futuros, es indudable que tras el quiebre político que supuso el gobierno de Piñera, surgen nuevas fuerzas políticas y sociales que cambiarán, como en España, el horizonte de la centroizquierda. Hay que esperar qué nos depara el destino para dentro de nueve meses, cuando la ciudadanía vuelva a las urnas.

Como sea, las frases del preámbulo pertenecen a un relato especulativo, sin asiento en la realidad. Un relato que si en el pasado sirvió para reproducir el poder de quienes lo formulan, hoy carece de eficacia en la formación de la política.

La suya es una apología de la autoridad carismática, aquel conjunto de atributos excepcionales no asequibles a la gente común que, desde las sociedades primitivas hasta nuestros días, ha sido reservada a profetas, chamanes, brujos y visionarios, y que, como enseña Max Weber, no se rige por normas intelectualmente analizables, a diferencia de la racionalidad democrática, e incluso de la lógica inmanente al tradicionalismo monárquico. Simplemente es un hecho consumado e indeleble, como en la Alemania nazi, donde la palabra de Hitler llegó a ser ley, o como durante el siglo XX chileno, cuando se creyó que el discurso político poseía un centro originario, críptico e insondable, al que tenía acceso privilegiado sólo cierta clase de iluminados.

Se trata, sin embargo, de un relato que ha procurado resolver, aunque sin éxito, la sucesión del carisma, el mayor desafío para este tipo de liderazgo que sólo existe en su nacimiento y que, para perdurar, precisa convertirse en una convención asumida por todos. Es lo que se denomina la rutinización del carisma. Consiste en transmitir las facultades y poderes carismáticos, ahora separados de los atributos personales, a los nuevos herederos.

Para prolongar su permanencia, primero se intentó instalar una tradición, la escrita y difundida en el otoño de 1998 por los llamados autocomplacientes bajo el rótulo «Renovar la Concertación, la fuerza de nuestra ideas», de la que es reminiscencia marchita «Progresismo sin progreso: ¿El legado de la Nueva Mayoría para Chile?». En otro frustrado esfuerzo, llevado a cabo el 16 de octubre de 2004 en el Centro de Eventos San Carlos de Apoquindo, se buscó que el ex presidente Frei ungiera a los que debían hacerse cargo de administrar el legado. El propósito era lograr su reconocimiento a los puestos de autoridad y prestigio que garantizaban la seguridad y estabilidad del sector. También se apostó a que el criterio de elegibilidad de los sucesores fuera el carisma hereditario de grupos de parentesco. Con ello se pretendía provocar la transición hacia un carisma de cargo. Fue entonces cuando conoció la luz el proyecto incubado desde 2002 y publicitado por El Mercurio en octubre de 2005: «Los nuevos príncipes herederos de la DC».

Si estos mecanismos de sucesión fracasaron, fue porque en el proceso emergió otro carisma, de sí revolucionario —en el sentido weberiano de la expresión—, el representado por Adolfo Zaldívar.

La irrupción de Zaldívar fija un antes y un después, abre una crisis que aleja, probablemente para siempre, la posibilidad de suceder el carisma que predominó en la antigua Concertación. Ello habría de verse reforzado por una tendencia de más larga longitud de onda, como fue la expansión sin precedentes de las comunicaciones, cambio social que incorporó a las personas a una cultura reflexiva que les permitió participar en múltiples centros de información y deliberación. Pero lo que le dio el tiro de gracia a aquel imaginario de héroes y salvadores, de seguidores y secuaces, fue la moderna racionalidad económica de la corrupción, cuyo cálculo de rentabilidad penetró a tal punto la actividad política que logró seducir a sus otrora más limpios adversarios.

Max Weber Economía y Sociedad

José Ortega y Gasset El ocaso de las revoluciones

El problema de la DC es ella misma


DE LOS MATICES A LA CRISIS

16 diciembre, 2014

El friso de la vida

Cuando se habla de matizar o de introducir matices, lo que se está diciendo es graduar con sutileza, incluso con refinamiento, los contornos de una cosa. En ningún caso el matiz, un rasgo poco perceptible, busca alterar la naturaleza de algo. Y así lo dieron a entender los críticos de Bachelet cada vez que dijeron que el programa de Gobierno precisaba ser matizado. Los matices aparecían como adecuaciones de la teoría a la práctica, del programa a los proyectos legislativos, ejercicio propio del debate político y, por ello, legítimo en una democracia representativa.

Pero quienes ayer hablaron de matices han dejado de hacerlo. En su lugar, hoy hablan de crisis, de fijar un antes y un después en el programa y en la conducción del Gobierno. Desearían volver a discutirlo todo. Trazar un nuevo punto de partida en la deliberación política, uno que revise el carácter, el ritmo y la intensidad de las reformas. Quisieran construir desde la política convencional de los partidos, un proyecto de país sucedáneo del ratificado en las urnas en tres elecciones sucesivas -primarias, primera vuelta y balotaje- y en nueve meses de análisis, controversias y consensos. Tres pruebas reales que no resisten ser escamoteadas con ficciones políticas sobre lo que no fue y que pudo ser.

Lo suyo no es matizar, sino, más allá del veredicto popular, hacer una nueva evaluación, un nuevo diagnóstico y una nueva planificación que devuelva a la gestión de Gobierno el sentido patriótico, nacional y de chilenidad que habría perdido. Por eso, su fórmula de salida de la coyuntura, vista como un trance, no se satisface con un ajuste de gabinete, como con un cambio estructural de la función gubernamental.

Esta estrategia de ruptura se desmarca de nuestra imperfecta democracia constitucional, donde todavía se espera que quienes han sido derrotados hagan una oposición honesta y responsable, permitiendo que las mayorías gobiernen y lleven a cabo su programa. Mismo régimen político que les garantiza el derecho a convertirse en mayoría, a formar alianzas de gobierno y a concretar sus propuestas, pero que les inhibe la pretensión de torcer la voluntad del soberano y de convertir la facultad colegisladora en actos de cogobierno.

 


PODER DE VETO

22 julio, 2014
Dictadura o democracia, manifiesto de la Dermocracia Cristiana italiana de 1948.

Dictadura o democracia, manifiesto de la Dermocracia Cristiana italiana de 1948.

 

Cuando la Falange Nacional enfrentó un trance semejante, entonces fundó el Partido Demócrata Cristiano.

El problema del oficialismo no es la tentación de algunos de querer imponer criterios dentro de la Nueva Mayoría, sino precisamente lo contrario, es la falta de hegemonía política y programática, pese a que sus siete partidos con asiento en el Parlamento y la Presidenta Michelle Bachelet, conquistaron un respaldo electoral sin precedentes.

La pérdida de hegemonía

Es desde luego sintomático de la actual crisis de representación de nuestra democracia, que el salto de conciencia experimentado por el país el año 2011, y que logró imponer en la cultura política nacional el valor de la educación como un derecho superior a un puro bien de mercado, no tenga un liderazgo colectivo claro. Esto, habida cuenta que en los años noventa fue la Democracia Cristiana quien manejó el timón de la llamada política de los consensos, la misma que perfiló la estrategia de la ruptura con la dictadura y trazó el curso a seguir por los gobiernos de los presidentes Aylwin y Frei.

Por entonces la DC fue capaz de construir una hegemonía transversal a los partidos de la coalición y que, con el correr de los años, daría origen a una de las dos almas de la Concertación: la de los autocomplacientes. Así como durante la pasada década fue el eje DC-PS quien llevó a cabo el cierre de la transición democrática al darles sustentabilidad y cohesión a los gobiernos de los presidentes Lagos y Bachelet. La nueva hegemonía sellada en la ciudad de Concepción por los timoneles de los partidos democratacristiano y socialista, Soledad Alvear y Camilo Escalona, permitió concluir la administración de la presidenta Bachelet, ordenar la segunda postulación a La Moneda del ex presidente Frei y, al calor de las jornadas de movilización y protesta social del año 2011, elaborar la crisis terminal del conglomerado.

Pero la Nueva Mayoría no tiene un motor de partida, una fuerza propulsora que active las sinergias de todas sus colectividades. A falta de esta hegemonía, invariablemente acaba primando en ella un fatal equilibrio de vetos, de impedimentos y dificultades, que amenaza con neutralizar y dejar sin efecto su voluntad de cambios.

Pero no sólo no existe una fuerza principal, sino que no se puede ni se quiere una conducción nítida y estable. En reiteradas ocasiones se ha dicho que la Nueva Mayoría no es una coalición, sino un acuerdo, de ahí que el mejor reflejo de su transitoriedad estaría dado por su huidiza vocería. Se ha insistido asimismo que el programa de gobierno es común a todos, pero sólo hasta el momento en que hacen su aparición los matices y los instrumentos. Luego, como todo es susceptible de debate, el programa sólo puede ser común a todos en la medida que consigue sortear los reparos de todos. Por cierto, las observaciones más relevantes son las que se expresan en la Cámara de Diputados y en el Senado, como corresponde hacerlo en las democracias de las instituciones. Sin embargo, tampoco es en las instituciones representativas donde se enmiendan los más importantes puntos del programa, sino fuera de ellas, en las esferas privadas, y no con todos los partidos, sino sólo con algunos. A estas alturas del proceso ha quedado oscurecida la legitimidad de origen de dicho programa, es decir, aquel 62 por ciento de apoyo con que el soberano y constituyente refrendó a Bachelet en las urnas.

El repliegue de la Democracia Cristiana

No es pues por exceso de hegemonía, sino por carencia de ella, que escasean la lealtad, la disciplina y el respeto hacia los aliados en el seno de la Nueva Mayoría. Y, quiérase o no, el hecho crucial que marca la diferencia en el actual sistema de coaliciones es la paulatina pérdida de gravitación de la Democracia Cristiana como fuerza articuladora de la política democrática y republicana que tenemos. Hace un cuarto de siglo la DC dominaba la tercera parte del Congreso, lo cual le confería una autoridad indiscutida; hoy, apenas ocupa el 17 por ciento de los asientos parlamentarios y la condición privilegiada de ser primus inter pares, primera entre iguales.

Las causas de la pérdida de influencia y coherencia democratacristianas son estructurales y universales. Tanto en Europa como en América Latina están desapareciendo las clases medias y populares, especialmente los sectores campesinos, que dieron sustento social y electoral a los partidos democratacristianos. La vida rural, otrora fuertemente penetrada por la religiosidad y por la acción social de la Iglesia, ha sido transformada dramáticamente por los efectos combinados de la urbanización, la secularización y la modernización tecnológica, al punto que los campesinos de la Reforma Agraria, los muchachos de la Patria Joven y los profesionales de la Revolución en Libertad, hoy sólo son una memoria, y muchas veces una memoria sin registro histórico.

Atrás, muy atrás, han quedado la Guerra Fría, los fascismos, los totalitarismos y los regímenes de fuerza que en todo el mundo le dieron sentido, viabilidad y vigencia a los programas democratacristianos de emancipación. Y sobre aquel fondo ya brumoso y desdibujado, la iglesia Católica, leal aliada de las luchas de liberación del movimiento popular, hoy pierde fieles y adhesión política, y se queda sin margen para desplegar lo que vendría a ser el uso de un recurso extremo: un nuevo combate moral y cultural.

Ningún democratacristiano sensato pensaría un segundo en alzar las banderas del integrismo católico contra Bachelet —como lo hizo al modo de una cruzada refundacional la derecha española contra Rodríguez Zapatero—, para defender de una amenaza inexistente la libertad de enseñanza o el derecho a la vida. Ningún democratacristiano convencido de las profundas injusticias sociales de larga data en el país, exaltaría cual modelo a imitar el centro político, consensual y pragmático de la CDU alemana, que podrá servir para conciliar a católicos y protestantes, pero difícilmente para superar las luchas de clases y de nacionalidades que se libran en Chile. Y ningún democratacristiano que haya visto caer el muro de Berlín y la I República italiana, buscaría perfilar su identidad política por oposición a los comunistas, después de haber llegado a gobernar con los comunistas.

Los democratacristianos saben que el poder de veto nunca ha sido una opción política fructífera ni de largo aliento. Saben que en una tradición de profundas raíces doctrinarias e ideológicas, como la legada por Frei, Leighton, Tomic y Palma, el imperativo moral de la acción política es comprometerse y abrir caminos de diálogo y de colaboración. Y saben que cuando la Falange Nacional se vio enfrentada a un trance semejante, entonces fundó el Partido Demócrata Cristiano.

http://www.labatalla.cl/poder-de-veto-cuando-nadie-quiere-poner-de-su-parte/

http://www.diarioconcepcion.cl/2014/07/22/#2/z

Andrade acusa a la DC  http://impresa.elmercurio.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-07-24&dtB=24-07-2014

Subpactos son una condición para el eje DC-PS

PS: la DC no cumple los acuerdos

Supresión de subpactos favorece alianza DC-RN

El temor de la DC para oponerse a los subpactos

Comisión aprobó acuerdo Gobierno-DC

Los matices del programa de reforma educacional


LA PARADOJA DEMOCRATACRISTIANA

10 junio, 2014
Medalla Marcha de la Patria Joven, mayo-junio de 1964.

Medalla Marcha de la Patria Joven, mayo-junio de 1964.

El próximo domingo miles de democratacristianos concurrirán a sus sedes comunales para renovar la totalidad de la junta nacional del partido. Después de su congreso ésta es la máxima instancia de decisión de la colectividad. En los más de 500 representantes que la conforman, entre delegados y presidentes regionales, comunales, de frentes y departamentos, recaen las principales decisiones políticas de la tienda.

La Junta decide desde cuestiones estratégicas, como la postura DC ante las reformas impulsadas por Michelle Bachelet, hasta la política de alianzas, como su permanencia en la Nueva Mayoría o su virtual giro hacia un pacto de centroderecha con Renovación Nacional y Fuerza Pública.

Es un momento de definiciones. Y no sólo porque en agosto la actual conducción cumplirá cuatro años al mando del PDC — cerrando con ello el paréntesis transicional abierto por Sebastián Piñera—, sino porque precisamente ahora es cuando se produce la mayor fricción entre el partido de la «revolución en libertad» y el gobierno para el «Chile de todos», hecho que sacude fuertemente la memoria militante. El 4 de septiembre se conmemoran cincuenta años del triunfo de Eduardo Frei Montalva y del primer gobierno democratacristiano de América, cuyas elocuentes credenciales de centroizquierda la mesa de Walker ha procurado borrar sin éxito de la identidad falangista.

¿Aparente paradoja? Más bien la muy evidente contradicción entre el etos progresista del movimiento político y una dirigencia que ha actuado a contrapelo suyo y sin ofrecer debate ni explicaciones. Porque fue esta directiva la que anunció que no habría comunistas en el gabinete, pero los hubo. Ella la que nombró acuerdo político a lo que todo el país vio como una coalición. Ella la que celebró con exultante optimismo el programa de gobierno que critica al unísono con la oposición. Y ella la que cerró filas en torno a las facultades presidenciales y que lamenta no estar suficientemente representada en el gabinete.

Si está por irrumpir un nuevo ciclo político, no será con la resistencia de la Democracia Cristiana, sino con su resuelta y activa participación. Pero esta definición pasa por la elección que tendrá lugar el fin de semana en todo el país.

http://www.diarioconcepcion.cl/2014/06/10/#2/z


LA ALIANZA CON LOS COMUNISTAS

20 abril, 2012

La alianza en cierne entre los partidos Por la Democracia, Radical, y Comunista, abre un nuevo escenario. La intervención de un actor ajeno a la Concertación, cual es Juntos Podemos, altera la actual composición de la coalición y obliga a un debate sobre su futuro inmediato. Por cierto, el paso que ahora buscan dar el PPD y el PR, aunque sorpresivo e inexorable («el pacto con el PC no se va a echar atrás pese al amedrentamiento de la DC», ha dicho el timonel radical), no es igual al que emprendieron hace cuatro años, cuando resolvieron competir unidos en la lista Concertación Progresista, instando a democratacristianos y socialistas a hacer lo propio en la Concertación Democrática.

El resultado de aquel ajuste político es bien conocido. La Concertación Democrática logró el 28 por ciento de los votos y eligió 677 concejales, la Concertación Progresista obtuvo el 17 por ciento y eligió 393 concejales, y el Juntos Podemos captó el 9 por ciento, y eligió 79 concejales. Si en esa ocasión se hubieran fusionado los votos de la Concertación Progresista con los de Juntos Podemos, ambas listas habrían capturado el 26 por ciento de los sufragios, y conseguido elegir, teóricamente, unos 665 concejales, casi la misma cantidad que la Concertación Democrática. Los equilibrios en los concejos municipales habrían sido otros, como distintos habrían sido los estilos de conducción de las alcaldías.

Entonces la fórmula de radicales y pepedés buscaba aumentar el rendimiento de los votos de toda la coalición; hoy aspira a incrementar los votos de un sector de ella, con el agravante que el nuevo arreglo es promovido con posterioridad a los procedimientos diseñados y aplicados de común acuerdo por los partidos. De hecho, ninguno de los candidatos comunistas ha debido enfrentar la prueba de las primarias, mecanismo que públicamente demandaron, por ejemplo, los militantes democratacristianos de Estación Central, donde el cupo fue cedido al PC. Lo más probable es que de haber operado la preexistencia del subpacto PPD-PR-PC, las primarias habrían tomado otro cariz. Por de pronto, la Democracia Cristiana habría advertido la reaparición del peligro que corrió en 2008, cuando cayó cinco puntos respecto de 2004 ─equivalentes a toda la votación del Partido Comunista─, y cuando absorbió toda la pérdida de concejales de la coalición: más de 60 cargos. Al revés del PPD, que vio crecer su número de concejales, y que esta vez volvería a ser el principal beneficiado por el sistema proporcional que rige las municipales.

Por eso, las nuevas reglas que se intentan introducir no pueden ser vistas como algo que, por un supuesto implícito, se cae de maduro, ni como derivación lógica de la autonomía de las colectividades. Cuando se trabaja en coalición todos ceden parte de su libertad de acción en provecho de una acción común, garantía de lo cual es precisamente la confianza explícita de que todos actuarán en consecuencia.

Guillermo Teillier se mueve en su campo de autonomía cuando afirma que «nunca el acuerdo para elegir alcaldes ha estado supeditado a la conducta nuestra en el tema de concejales, porque no podíamos aceptar una cosa así, sería absurdo y atarse las manos.» Y también está en lo suyo el diputado comunista Lautaro Carmona cuando sostiene que «no tenemos una raya que excluya, sino que incluya; si otras fuerzas no tienen voluntad de hacerlo, no será nuestra responsabilidad.» Pero es demasiado claro que este predicamento no vale para quienes han actuado en el seno de la Concertación. Luego, la pregunta de fondo es si quienes se reconocen dentro de la coalición seguirán actuando como coalición.

La alianza con los comunistas

El pacto no amplía la Concertación, sino que es con dos partidos de ella
Partido Comunista por unanimidad ratifica pacto
”Todo el mundo entiende, compañeros, que lo que ha hecho la DC el viernes es proclamar a Bachelet”
PPD: lista con el PC es una consecuencia natural
PC: nosotros queremos un gobierno distinto a los de la Concertación
Los sepultureros de la Concertación
Andrade: pagaremos los costos
PC aumentaría 40% sus concejales
Se debe pactar con el PC en todas las elecciones
PDC Y PS ratifican compromiso estratégico
Teillier: no nos echen la culpa
Jorge Arrate renuncia
Pacto no se echará atrás
PPD y PR deciden renunciar a la marca Concertación
Aquí hay otra política de alianzas: el Frente Amplio de Izquierda
Girardi: el pacto con el PC es comparable al acuerdo que hizo la DC con RN
Condición para la formación del nuevo Frente Amplio de Izquierda es incluir al MAS y al MAIZ
¿Una paradoja aparente? Pertenecer a la Concertación y militar en el Frente Amplio de Izquierda
Aislamiento y tentación de centroderecha
La acusación de sectarismo anticomunista
”En la elección de alcaldes se miden las fuerzas; en la de concejales, los partidos”
Consejo DC: Un frente amplio de izquierda divide a la oposición
DC deja la vocería de la Concertación¿Cómo se puede ser vocero de una coalición donde dos de sus miembros están en otra?

La Concertación de cuatro partidos ya no existe