DEMOCRACIA CRISTIANA, TRES RUPTURAS Y UN LAMENTO

7 enero, 2018

La recuperación de la DC como eje indiscutido de la política nacional, fue conducida entonces por personeros que contaban con una legitimidad y autoridad interna y externa que no dejaba lugar a fisuras.

«Renuncia masiva de figuras y militantes de la Democracia Cristiana» es el rótulo de la noticia difundida esta semana en la prensa escrita, la televisión, las radios y los medios digitales de comunicación. Alude al rompimiento con la colectividad de miembros de Progresismo con Progreso encabezados por la ex ministra Mariana Aylwin en una coyuntura que el senador Jorge Pizarro ha calificado como la crisis más profunda que ha tenido la DC desde su fundación.

En sus sesenta años de existencia, desde su creación en julio de 1957, la Democracia Cristiana ha enfrentado tres divisiones: la primera, en 1969, cuando se formó el MAPU; la segunda, en 1971, cuando nació la Izquierda Cristiana; y, la tercera, en 2007, cuando fue expulsado el senador Adolfo Zaldívar y se reorganizó el PRI.

Con la crisis de 1969, abandonó el partido un importante grupo de parlamentarios y dirigentes liderado por el senador Rafael Agustín Gumucio, fundador de la Falange Nacional y primer presidente del PDC. Lo acompañaron en su decisión el senador Alberto Jerez y el diputado Julio Silva Solar, y guías emergentes que, por sus cualidades políticas y o ascendiente intelectual, trascendieron a su tiempo, así los casos de Carlos Montes, José Miguel Insulza, Óscar Guillermo Garretón, Jaime Estévez, Vicente Sota, Enrique Correa Ríos, Rodrigo Ambrosio, Jacques Chonchol y Tomás Moulian.

Pocos meses después, con la ruptura de 1971 que dio origen a la Izquierda Cristiana, se alejaron de la DC los diputados Luis Maira, Pedro Felipe Ramírez, Osvaldo Gianinni, Fernando Buzeta, Pedro Videla, Jaime Concha, Alberto Jaramillo y Pedro Urra. Les siguieron dirigentes como Bosco Parra, Juan Enrique Miquel, Eugenio Díaz y el presidente de la Juventud Demócrata Cristiana, Luis Badilla.

¿Cuáles fueron los efectos de ambas fracturas? El quiebre del 69 contribuyó a la derrota de Radomiro Tomic en la elección presidencial de 1970 y a una fuerte caída electoral del partido en las elecciones municipales de 1971. Luego, con el cisma de la Izquierda Cristiana, la colectividad debió emprender un radical cambio de sus diseños orgánicos y estratégicos, ahora orientados principalmente a vigorizar su implantación social y territorial.

La recuperación de la DC como eje indiscutido de la política nacional, fue conducida entonces por personeros que contaban con una legitimidad y autoridad interna y externa que no dejaba lugar a fisuras. Cobra relieve el temple de Bernardo Leighton, Narciso Irureta, Renán Fuentealba, Belisario Velasco, entre los adultos, y de Ricardo Hormazábal, Gutenberg Martínez, Soledad Alvear, Adolfo Zaldívar, Juan Carlos Latorre, Mario Fernández, Guillermo Yunge, Miguel Salazar y Luis Lagos, entre los jóvenes.

Con el inicio del actual milenio se incubó un tercer conflicto que habría de concluir en el alejamiento del senador Zaldívar y de los diputados Jaime Mulet, Pedro Araya, Carlos Olivares, Alejandra Sepúlveda y Eduardo Díaz. Su consecuencia directa fue el declive electoral del partido, que pasó del 20 por ciento de adhesión en la municipal de 2004, al 14 por ciento en la de 2008. Posteriormente, el rompimiento habría de coadyuvar al fracaso de la candidatura presidencial de Eduardo Frei en 2009.

Vista sobre el fondo de esta secuencia, ¿qué gravitación tiene la renuncia de los miembros de Progresismo con Progreso y su proclamado propósito de constituirse en partido?

De entrada, en la nómina de los 31 renunciados no hay ninguno que ejerza cargos de representación popular ni de gobierno. Seguidamente, tampoco sus prosélitos tienen una influencia significativa en los órganos de decisión de la colectividad, por lo que difícilmente su ausencia afectará el funcionamiento de la institucionalidad interna. En cuanto a su número, hay que poner la cifra en contexto. Si ha habido un éxodo masivo de militantes democratacristianos este ha sido el de 80 mil afiliados que no confirmaron su pertenencia al partido, pues de los 113 mil inscritos que obran en los registros del Servel, sólo alrededor de 30 mil se han refichado, y de estos, poco más de 20 mil participan en los procesos de consulta de la organización.

La crisis abierta por Progresismo con Progreso, desde luego tributaria de esta desafección, ha tenido también repercusiones políticas, visibles en el peor desempeño electoral del partido de toda su historia. Su estrategia de ruptura con la centroizquierda y el gobierno, su reedición del camino propio, su permanente propensión al conflicto y a la crispación de los ánimos, sus provocadoras apariciones mediáticas, han dañado la cohesión, la fraternidad y el respeto entre quienes se obligan a un trato de camaradas. Lo cual es de lamentar, pero aún más crucial es que entraña un desafío mayor de universalidad y aggiornamento que debería iniciarse en la próxima Junta Nacional y  proyectarse a los próximos años.

 

 

Anuncios

CON LA TEMERIDAD DE ICARO

3 diciembre, 2017

 

Icarus

Mientras el rendimiento electoral de su candidata presidencial es relativamente uniforme a lo largo y ancho del país, la votación de la Democracia Cristiana es bastante heterogénea.

Si hubo candidatos y dirigentes democratacristianos que contribuyeron a un mal resultado electoral de su carta presidencial, por lógica, debería haber candidatos y dirigentes que aportaron para, en su reverso, conseguir un buen resultado.

Dilucidar cuán objetiva es esta imputación requiere, sin embargo, irse a los datos. Y la estadística más pertinente consiste en comparar el porcentaje de votación obtenido por la senadora Carolina Goic en cada distrito, con el porcentaje de sufragios  correspondiente a la suma de las votaciones de candidatos a diputado democratacristianos en cada distrito, lo cual es igual a decir la votación distrital de la DC.

¿Qué resultado arroja este parangón?

Como se observa en la siguiente tabla, mientras el rendimiento electoral de la candidata es relativamente uniforme a lo largo y ancho del país, la votación de la DC es bastante heterogénea; varía entre el 2,66 por ciento, en el distrito 4, y el 30,39 por ciento, en el distrito 27. Y aunque hay cierta correlación entre la adhesión que capta el partido y la que exhibe la candidata, aquella es más bien moderada. Por ejemplo, en el distrito 4 Goic marcó su peor puntaje, pero aún peor fue el de la colectividad. Y en el distrito 28, que es su circunscripción parlamentaria, la senadora alcanzó su más alta cumbre, anotando sobre el 11 por ciento, pero, si bien allí la DC superó esta cifra, no pudo elegir diputados.

Votos DC y Votos Goic

Ahora, si se compara la adhesión que conquistó la candidata y la que captaron individualmente los parlamentarios electos, se descubre que existe una mayor reciprocidad entre ambos, como se puede comprobar en la siguiente tabla.

Votos Goic y Diputados

El porcentaje promedio de votación de los diputados electos es tres puntos superior a la proporción de sufragios de la senadora. Esto torna evidente la brecha abierta entre la movilización electoral del partido y la propia del comando de la candidata: la correlación entre el rendimiento del partido y el rendimiento del diputado electo es más alta que la registrada entre el partido y la candidata presidencial.

Y lo más importante, como puede verse en las dos tablas de abajo: prácticamente no existen diferencias entre la votación promedio de la senadora en los distritos donde la DC eligió diputados (6,3%) y su votación promedio (6,0) en aquellos donde no consiguió elegir. Pero hay una distancia abismal entre el apoyo que la DC concita en los distritos donde consiguió una banca parlamentaria (15,4%) y el respaldo que logra en los lugares en que no pudo hacerlo (7,2%).

La principal variable que explica este desigual resultado es haber competido sola dentro de un régimen electoral proporcional que premia a los partidos y pactos mayoritarios. De ahí que los más grandes perjudicados por la vía escogida, hayan sido la DC y la Nueva Mayoría. Como en el mito de Ícaro quien, desoyendo las advertencias, voló hacia el sol en alas pegadas con cera y acabó precipitándose al mar luego que el intenso calor las derritiera.


CAMBIO DE EXPECTATIVAS

30 noviembre, 2017

Ahora tenemos una idea más cercana a la realidad respecto de qué podría ocurrir con los adherentes de las candidaturas presidenciales del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Por cierto, esta idea no tiene nada que ver con el país presa del binominalismo, e incapaz de arribar a consensos, que algunos pintan.

El mayor impacto de las elecciones del 19 de noviembre, fue el vuelco que produjeron en las expectativas de las personas. Se ha hablado hasta la saciedad de la brecha abierta entre lo que se creía que serían los votos obtenidos por Beatriz Sánchez, y los que, finalmente, consiguió. Ahora la gente ―no los candidatos, ni tampoco los comandos, sino los electores―, más que una intuición sobre su posible influencia, sabe positivamente que su voto es gravitante: el 20 por ciento de los sufragios es real como real es la representación equivalente en el Congreso.

De lo que no se ha hablado lo suficiente es del cambio radical en las convicciones de las personas respecto de quién será el próximo presidente de Chile. En cosa de días la certeza de que sería Piñera cayó del 66 al 49 por ciento, según la última encuesta Cadem que, para Fiestas Patrias, ubicaba al expresidente en el 73 por ciento de las certidumbres, lo que generaba euforias en la oposición y desalientos en el oficialismo. En el sondeo de Criteria, entre octubre y noviembre, Piñera se precipita del 68 al 50 por ciento.

No deja de sorprender que el 17 de noviembre, dos días antes de los comicios, quienes creían que sería Guillier el futuro presidente apenas constituían el 16 por ciento. Después de la elección ya habían ascendido al 41 por ciento, proporción que podría ser mayor, como lo revela Criteria, donde Guillier salta del 19 al 48 por ciento, pues la velocidad de captura de confianza de Guillier es más rápida que la velocidad de pérdida que exhibe Piñera.

Tampoco se ha hablado mucho, salvo especulaciones contra-intuitivas y acientíficas que se levantaron para sustentar la estrategia de ruptura de la centroizquierda, de cómo se redistribuirán las preferencias de la primera en la segunda vuelta.

Ahora tenemos una idea más cercana a la realidad respecto de qué podría ocurrir con los adherentes de las candidaturas presidenciales del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Por cierto, esta idea no tiene nada que ver con el país presa del binominalismo, e incapaz de arribar a consensos, que algunos pintan. Nada que ver con un pueblo que repudia a la centroizquierda y que, en una suerte de autoinmolación, acaba por abandonarse a la abstención electoral. Y nada que ver con electores frenteamplistas que no están dispuestos a votar por Guillier, ni con programas que para tener éxito en las urnas deban ser integrales y poco menos que comprometer los ideales históricos de cada vertiente política.

Según Cadem, 7 de cada 10 adherentes de Beatriz Sánchez y de Marco Enríquez-Ominami, se orientarán a Guillier, y uno a Piñera. En la medición de Criteria, los favorables a Guillier suben a 8 y se mantiene uno por Piñera, tendencia que es refrendada por declaraciones de dirigentes del Frente Amplio, y por las propias de Enríquez-Ominami y Alejandro Navarro, en respaldo del candidato de la centroizquierda.

Desde el punto de vista de las actitudes de los electores, los resultados del referendo de Revolución  Democrática no pueden ser más elocuentes. De los 4.800 militantes y adherentes que concurrieron a la consulta, el 80 por ciento votó por las tesis de apoyo a Guillier: unos porque consideraban que «la derecha en el gobierno implica un retroceso y riesgo para Chile», y otros porque estimaban que su programa podría incorporar temas emblemáticos de la agenda social, como la reforma del sistema de AFPs.

En la tesis que se impuso, RD no formula un llamado a Sebastián Piñera para que recoja las demandas del mundo social, y no es a Chile Vamos a quien exhorta para que convoque a los simpatizantes del Frente Amplio. Su interpelación es a la Nueva Mayoría y a su candidato, y la hace desde el domicilio de la izquierda, algo que torna incomprensible la dilación que han sufrido sus definiciones estratégicas.

En cuanto al curso que tomará la votación de Carolina Goic, tanto Cadem como Criteria indican que 3 de cada 5 electores votaría por Guillier y uno lo haría por Piñera, lo cual es consistente con las acciones de Progresismo con Progreso ―especie de organismo huésped del partido― en la Democracia Cristiana, cuyos dirigentes han expresado su abierto rechazo a la línea oficial. Pero también dicho cisma es coherente con el tipo de votante que ha reproducido: los electores de Goic, víctimas de la polarización inducida en la colectividad, son quienes más ocultan sus preferencias presidenciales.

El cambio de las expectativas electorales perfila los contornos políticos del Frente Amplio y fortalece el rol articulador de la Democracia Cristiana en la centroizquierda.

El Mostrador

Difícil entender cuál es la conducta que se sugiere al electorado

 


CONTRA LA RETÓRICA DEL MIEDO

26 noviembre, 2017

 

filosofos

La raíz del fracaso no está en el partido, sino en una anti-estrategia que se niega a emprender la retirada, y cuya retórica del miedo debe ser enfrentada con un discurso ecuánime, prudente y racional

Hasta nuestros días se recuerda el discurso de Diódoto, un tribuno ateniense del siglo V a.C., como una de las piezas oratorias más célebres de la historia, no sólo porque en ella se combinan en una síntesis superior, la credibilidad de su autor, su conocimiento de los sentimientos de la audiencia, y la lógica implacable de sus argumentos, sino porque constituye un ejemplo sumo en contra de la retórica del miedo.

La retórica del miedo es un discurso caracterizado por una estructura binaria donde se polariza la realidad en términos de opuestos, y divide a las personas entre buenos y malos, amigos y enemigos, los que poseen identidad y los que han perdido la suya.

Y es precisamente esta retórica del miedo lo que distingue el discurso de Gutenberg Martínez, acaso el principal artífice de la fallida estrategia del camino propio que condujo a la Democracia Cristiana a su actual trance crítico. En La Tercera hemos podido leer lo que pretende ser un balance de la derrota; si es dable llamar balance a algo que ignora, omite, se desentiende de los hechos, de que aquí se fijó un antes y un después, y de que las cosas no pueden seguir siendo vistas como si no hubiera ocurrido la elección del domingo. Su relato no es un alto, una reflexión actualizada de los datos de la realidad, sino la continuación sin pausa de la misma retórica que ha venido incubando por años la presente crisis.

El pilar fundamental de todo su razonamiento consiste en afirmar que fue la Junta Nacional de la Democracia Cristiana la que eligió su fatal destino. Por lo tanto, todo el partido, que sabía a qué se exponía, es imputable de las responsabilidades y, desde luego, de las penas derivadas de ellas.

Así también disertaba Cleón, rico representante de los comerciantes atenienses, y rival de Diódoto en las deliberaciones de la asamblea política. Ante una revuelta de los mitilenios que, finalmente, fue sofocada, propuso matar a los hombres de la ciudad, capturar a las mujeres y niños y venderlos como esclavos, no sin antes advertir que aquellos parlamentarios que se opusieran a su idea lo hacían instados por el soborno. Diódoto lo enfrenta apelando a la prudencia y la justicia. Desacredita su tesis intimidatoria, cuya finalidad es clausurar el debate, y convence exitosamente al foro de castigar sólo a los instigadores de la rebelión de Mitilene.

¿Es responsable el partido por haber votado a favor del camino propio consistente en competir en primera vuelta con una lista parlamentaria aparte? ¿Sabía la colectividad que estaba votando por el deplorable desenlace del 19 de noviembre?

Hay que atenerse al sentido literal de las palabras, y para ello no se requieren citas textuales que, por lo demás, se pueden encontrar en todos los registros disponibles de prensa.

Al partido se le llevó a votar así con retóricas binarias del tipo comunistas/anticomunistas, fracaso de la Nueva Mayoría y del gobierno/éxito del camino propio, identidad democratacristiana/izquierdización, guillieristas/antiguillieristas, funcionarios públicos/camaradas…

Se le dijo que la llegada de la DC era mejor en primera vuelta que en primarias. Se le dijo que por ese camino pasaría a la segunda vuelta, lo cual significaba superar a Guillier y a Sánchez, esto es, conseguir alrededor de un millón y medio de votos y, por este «mayor perfilamiento», aumentar su representación parlamentaria, lo que se traduciría en elegir, no 14, ni 17 —como dice Martínez—, sino más de 25 diputados. Ahí están para corroborarlo los análisis electorales de los expertos que dieron base a este pronóstico.

Pero, como se trata de una retórica ininterrumpida, que no reconoce el desplome del 19N, el lenguaje sigue siendo también equívoco, como ya lo venía siendo. Si antes el domicilio de la DC era la centroizquierda, y ésta en concreto acabó en la alianza formada con la IC y el MAS, ahora el lugar de la colectividad es un centro reformista que rehúsa la polarización, otra ficción de los desengañados. Si antes las instituciones del partido servían para cubrir sus vacíos de conducción, incluyendo el propio dejado por Martínez en 1999, hoy aquellas normas e instancias de decisión son sometidas a un examen que las desautoriza y, de este modo, obstruye las vías de solución a sus tensiones y conflictos. No otro que legitimar la libertad de acción es el sentido de despojar de fuero al órgano que resolvió la línea política de la colectividad en segunda vuelta.

La raíz del fracaso no está en el partido, como sostiene Martínez, sino en una anti-estrategia que se niega a emprender la retirada, y cuya retórica del miedo debe ser enfrentada con un discurso ecuánime, prudente y racional, como es la contribución hecha por Diódoto a la política: «Es necesario que el buen ciudadano aparezca como mejor consejero que los demás; no atemorizando a los oponentes, sino en condiciones de igualdad».

 

La retórica de Gutenberg Martínez

El pronóstico de 25 diputados

El pronóstico de 33 diputados


NUESTRA INFERIORIDAD POLITICA

20 noviembre, 2017

¿Dónde está la ganancia? Está alojada en ejercicios dialécticos sin referentes en la realidad. Habita en elucubraciones demagógicas que hicieron del sistema d’Hondt un acto de magia por el cual no sólo se simuló verosímil, sino una promesa cierta, pasar a la segunda vuelta.

Acaso nada resulte más revelador de los recientes comicios, que la imagen fría, fragmentada y desenfadada de un país que se adentra en el desarrollo. Toda una cotidianidad empapada de tecnologías, comunicaciones, rutinas domésticas, responsabilidad cívica y banalidades, nos muestra un orden político de contrastes y desajustes, a menudo incomprensible y desconcertante, pero cuya fisonomía no dista mucho de la que enfrenta el ciudadano común de las sociedades avanzadas. Aquí y allá afloran virtudes universales, como las instituciones garantistas y la promoción de los derechos fundamentales, en contraste con vicios globalizados, como la corrupción y el racismo xenófobo. Aquí y allá los conflictos y sus justificaciones comienzan a parecerse.

Por su grado de desarrollo, la nuestra es una nación irreconocible a la luz de la descripción que hiciera de ella en 1911 Francisco Antonio Encina en su clásico libro “Nuestra inferioridad económica”. Con este título el autor aludía a un estado de anemia, de raquitismo, de debilitamiento económico antiguo y persistente que sin embargo hoy es difícil de corroborar. Pero si el historiador pudiera asomarse al presente y observar nuestra inferioridad política, quizá confirmaría su firme convicción de que ni economistas, ni abogados ni intelectuales han conseguido desentrañar la verdadera naturaleza de nuestros problemas.

Porque la forma en que el país vive su tránsito al desarrollo, exhibe un rasgo peculiar, cual es la escasez de una clase política con visión comprensiva del pasado y del porvenir, y con un sentido práctico y altruista de la acción política. La ausencia de una masa crítica que tome en sus manos y se haga cargo del gran cambio que día a día transforma los modos de vida y la mentalidad de los chilenos. Y no es que hayamos carecido de ella, pues esta elite ejemplar ha florecido en las artes, en las ciencias, en el deporte y en la esfera de la fe. Los partidos políticos fueron por muchos años —hasta que los desplazó el mercado emancipado de los “think tanks”— ricos semilleros de hombres y mujeres formados en convicciones morales, intelectuales y metodológicas, tributarias de la tolerancia, la unidad y la gobernabilidad.

El concierto democratacristiano socialista

Gracias a este fecundo surtidor de liderazgos, que se esparcían en todas las direcciones y jerarquías de poder e influencia, el camino al desarrollo pudo ser escoltado por amplios compromisos políticos y sociales. La fuerza motriz de esta voluntad activa y mayoritaria procedió de colectividades y movimientos de centroizquierda, en cuya vanguardia flameaban las banderas de los partidos Demócrata Cristiano y Socialista, solares de abnegadas e históricas figuras como Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende, y más tarde, de los presidentes de centroizquierda de la democracia.

Por su papel rector y aglutinador, en ambas colectividades radican las causas que explican la actual inferioridad de la política progresista y democrática, y es también en ambas donde se acusa el mayor castigo electoral propinado por la ciudadanía.

Hay razones de larga data, y otras más recientes, que explican el paulatino deterioro del compromiso democratacristiano socialista. Las rupturas de la DC en 2007 y del PS en 2009, fueron golpes que impactaron gravemente y, en ocasiones, de manera irreversible, la institucionalidad y la legitimidad de las orgánicas partidarias. Dichas condiciones de vulnerabilidad, estimularon el viejo anhelo de reconstituir una tercera vía, que pasaba por desgajar a la DC de la Concertación y configurar en consecuencia una alianza hegemónica con Renovación Nacional. Fue un sueño fallido, pero únicamente por el desengaño de la población con el gobierno de Piñera y la amplia popularidad de Bachelet, que pospusieron el proyecto sin por ello cerrarse las fisuras abiertas entre los antiguos partidos. Sobrevino entonces un permanente asedio de miembros de la falange contra el proceso de reformas de la presidenta socialista, pese a que la colectividad participó en las primarias, pactó una lista parlamentaria común, y honró con su palabra, y con sus representantes en el gabinete, cumplir el programa de gobierno prometido al país. Como contrapartida, desde el socialismo no hubo ningún actor dotado de ascendiente y poder que frenara el fuego cruzado de provocaciones y hostilidades disparadas al margen de los canales instituidos y de las vocerías autorizadas.

El desprecio por las primarias

Con el otoño cayeron las últimas hojas del divorcio DC-PS. El suelo político se sembró de un lenguaje oblicuo, preñado de expresiones torcidas, eufemismos y rodeos, que anunciaban el advenimiento de la posverdad, donde nada parecía ser lo que aparentaba. Domicilio en la centroizquierda, coalición 2.0, cruzada moral, lucha de todos contra todos, triunfo de la derecha en primera vuelta, “dream teen”, y, claro, el chivo expiatorio de los comunistas, fueron consignas que, sin mediar autopsia, revelaban que su densidad era menor que la hojarasca excoriada por la erosión de la coyuntura. Vacuas evasivas esgrimidas para ocultar los errores de una vía política sin destino. El tiempo habría de demostrar que la fecha de término del pacto DC-PS, se había sellado al inicio de la nueva administración, y no en el momento en que los socialistas proclamaron a su candidato. Viviremos para confirmar que los pretextos empleados para desechar las primarias, a saber, el de un expresidente abandonado y humillado, y el de un partido aislado y arrinconado, no resistirán el examen historiográfico.

La renuncia a las primarias fue el presente griego que fragmentó la unidad del oficialismo y lesionó la fuerza espiritual de sus partidos, líderes y seguidores. Fue un acto de renuncia a la herencia y a la vocación de futuro de la coalición más poderosa y arraigada del Chile contemporáneo. Y el drama es que jamás se vislumbró un gesto de cordura, de responsabilidad y de altruismo en sus conductores. Pesó más la arrogancia y el balance de culpas.

La estrategia perdida

¿Valió la pena? Sumidos en la embriaguez de su voluntarismo, algunos vistieron sus falsos triunfalismos con el ilógico argumento de que se puede ganar perdiendo.

Desde el principio de la transición hasta nuestros días, cada año 50 mil ciudadanos dejaron de confiar en la Democracia Cristiana. Sólo entre 2004 y 2008 le quitaron su apoyo 400 mil chilenos que nunca más regresaron a ella. La última vez 580 mil electores votaron por candidatos democratacristianos. Hoy la han respaldado poco más de 380 mil, el 5 por ciento de quienes concurrieron a las urnas.

¿Dónde está la ganancia? Está alojada en ejercicios dialécticos sin referentes en la realidad. Habita en elucubraciones demagógicas que hicieron del sistema d’Hondt un acto de magia por el cual no sólo se simuló verosímil, sino una promesa cierta, pasar a la segunda vuelta. La profecía quedó hecha trizas al golpear contra el quinto lugar alcanzado, por debajo de la derecha ultranacionalista, lo que a todas luces comporta una ironía para una opción que se propuso recuperar el centro.

El del domingo es el peor desempeño del Partido Demócrata Cristiano en toda su historia, y es, asimismo, un exhorto para quienes desdeñando el valor de la estrategia lo han conducido a este derrotero. Es un precio demasiado alto para la dignidad de un partido que fue artífice de las grandes transformaciones de Chile. La flecha roja pudo sentar en las bancas del Congreso a una treintena de diputados de haber usado las ventajas que como partido mayoritario, en una coalición mayoritaria, le granjeaba el régimen proporcional. Pero, en su deliberada soledad, ha quedado reducida a 5 representantes en el Senado y a 14 en la Cámara de Diputados. Este domingo capturó 616 mil sufragios para diputados, correspondientes al 10 por ciento de los votos válidamente emitidos, pero hace cuatro años sus candidaturas a la Cámara Baja sumaron 967 mil votos, casi el 16 por ciento del total de las preferencias, lo que se ha traducido en una merma de 350 mil adhesiones. Luego, nunca más nadie podrá decir que su alianza con la izquierda es la que la perjudica.

El mensaje de la ciudadanía debe ser escuchado. El país seguirá prosperando más allá de la marcha de sus gobiernos, pero el sentido del progreso, que es uno de justicia, de solidaridad, de derechos y de respeto por las personas, es la impronta que distingue el quehacer de la centroizquierda, y ésta necesita del aggiornamento y la conciliación de las prácticas e ideales de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista para superar nuestra inferioridad política. Porque, en las sabias palabras de Encina, “el solo restablecimiento del equilibrio entre nuestro desarrollo intelectual y nuestra capacidad económica, repercutiría favorablemente sobre nuestra evolución moral, hoy perturbada por hondos trastornos”.

 

DC

El Mostrador

 


EL AMANECER DE LOS DERECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES: LA REFORMA AGRARIA

28 julio, 2017

El viernes 28 de julio se conmemora medio siglo desde que el Presidente Eduardo Frei Montalva promulgó la Ley de Reforma Agraria, marcando con este hito el amanecer de los derechos económicos y sociales en Chile.

El 4 de septiembre de 1964 fue un día de grandes esperanzas. El día que ocurrió el triunfo de Eduardo Frei Montalva, el joven líder de un también joven movimiento político, la Democracia Cristiana. Más de un millón cuatrocientos mil votos, la más contundente mayoría ciudadana que se recuerde en la historia de la restringida democracia chilena, se habían movilizado para testimoniar su adhesión a una fresca y persuasiva promesa de cambios.

Nacía la Revolución en Libertad, una vía política que por su implantación y mística provocaba desconcierto y animadversión en los ambientes de izquierda y de derecha tradicionales. Ambos sentían que el nuevo movimiento político amenazaba sus intereses y arrebataba sus banderas.

¿Qué era la Revolución en Libertad?

Primero, se trataba de una vía política, no insurreccional, no armada, no violenta y, por lo tanto, pacífica. Segundo, era un camino que se proponía impulsar cambios profundos, los que debían realizarse dentro del estado de derecho y de la legalidad democrática. Tercero, se presentaba como una senda pluralista, tolerante y respetuosa de la diversidad. Frei, en el momento de asumir, la describirá como un camino «de profundas transformaciones y rápidos avances en el orden social y económico, dentro de un régimen que respeta la libertad y la dignidad de la persona humana».

Derechos económicos y sociales universales

El gobierno de Frei habrá de ser el primero en reclamar la jerarquía constitucional de los derechos económicos y sociales. La Constitución italiana, que había entrado en vigor el 1º de enero de 1948, era lo más cercano a la experiencia chilena, y acaso lo más inspirador, tanto por haber sido promulgada por el democratacristiano Alcide De Gasperi, como porque, al igual que en Chile, ahí, por el alto valor acordado al trabajo, habían logrado una fuerte implantación social democristianos, socialistas y comunistas. En su artículo 1° la Carta Magna latina declaraba que «Italia es una república democrática fundada en el trabajo».

La Constitución chilena había quedado desfasada en relación a los grandes avances habidos con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial en materia de derechos fundamentales, de modo que las garantías contenidas en el capítulo III de su texto no conseguían satisfacer las demandas de protección que hacia 1964 ponía en evidencia el movimiento popular. De ahí que la reforma institucional de Frei buscara otorgarle al trabajo, y a los derechos vinculados al trabajo, el mayor reconocimiento jurídico.

En el mensaje al Congreso de noviembre de 1964, Frei expresa su voluntad de «afirmar constitucionalmente el reconocimiento de los fundamentales derechos sociales de las clases trabajadoras chilenas, consagrados en la mayor parte de las constituciones modernas y en instrumentos internacionales a que Chile ha concurrido». Plantea explícitamente el propósito de «estimular la función social del derecho de propiedad y proporcionar al Estado los instrumentos indispensables para realizar, con autorización legislativa, las grandes reformas que son necesarias para hacer accesible la propiedad a la mayoría de los chilenos.»

¿Por qué estos derechos y garantías no habían conseguido permear a la sociedad chilena?

Primero, por la existencia de un orden social fundado en la hacienda señorial que limitaba o negaba su ejercicio. Segundo, porque no estaban establecidos como disposiciones legales escritas y vigentes. Esto explica la necesidad de remover tales obstáculos estructurales a través de un cambio político profundo, y de convertir los derechos —universales desde hacía ya quince años— en derechos positivos a través de una audaz reforma de las instituciones.

«El Gobierno que presido —declaraba Frei en 1964—, plenamente consciente de este hecho, está planteando al país reformas sustanciales que permitan la más rápida transformación de las actuales estructuras sociales, económicas y administrativas, que, en la práctica han impedido hasta ahora el libre acceso del pueblo a la propiedad y uso de los bienes, el ejercicio real de la libertad de asociación en todas sus formas, sean ellas sociales, económicas o gremiales y el derecho a una educación que la capacite para el total desempeño de su condición de ciudadano de un país libre y democrático».

Garantizar a las familias no sólo el acceso a la tierra, sino a los bienes comunes que les permitieran llevar una vida digna, pero también ensanchar la democracia deliberativa sin menguar la democracia de las instituciones, y hacerlo a través de la progresiva participación de las personas y comunidades en las decisiones políticas.

El programa original tenía tres ejes fundamentales. Primero, satisfacer la secular demanda campesina de redistribuir la propiedad rural mediante la Reforma Agraria. ¡La tierra para el que la trabaja! Decía la consigna. Segundo, aumentar la participación del Estado en la explotación de nuestra principal riqueza, la viga maestra de la economía, a través de la llamada Chilenización del Cobre. Y tercero, impulsar y fortalecer la organización y participación de las personas y comunidades —“el gobierno del pueblo comienza con Frei”— por medio de la política pública de Promoción Popular.

Dignidad y seguridad

La Reforma Agraria fue, sin duda, el cambio social más postergado, y por eso, el más esperado y anhelado por el mundo campesino. Con la Reforma Agraria llegaba a su fin un modo de dominación reñido con la dignidad humana, el régimen constitucional y la democracia. La reforma tenía un afán de justicia, cual era integrar al campesinado a la vida social, económica y política del país. Pero, además, tenía la finalidad de garantizar el derecho a la alimentación a todos los chilenos, sentido que hoy vendría a ser expresado en el concepto de soberanía alimentaria. Así lo confirmaba el Presidente Frei cuando en el momento de promulgar la ley expresaba que ésta «tiene como primer objeto el hombre y su familia y su dignidad esencial como persona y como sujeto de la vida de Chile. Y el segundo, alimentar a nuestro país».

El desafío programático de la Democracia Cristiana era pues generar una activa y rápida incorporación del campesinado a la propiedad de la tierra y al poder político. Se esperaba que antes del año 1973 más de cien mil familias campesinas se convirtieran en nuevos propietarios agrícolas y que, reforzando este proceso de empoderamiento, se organizaran en sindicatos facultados para demandar y defender sus derechos. Y también para enriquecer la vida en comunidad.

En 1967 se promulgó la Ley de Sindicalización Campesina que, entre otras disposiciones, autorizaba las huelgas. También en 1967 se aprobó la Ley de Reforma Agraria. Antes de lo cual fue preciso enmendar la Constitución en la parte relativa al derecho de propiedad, con el propósito de ampliar la facultad expropiatoria del Estado, y permitir al Gobierno redistribuir tierras y emprender planes de vivienda y de desarrollo urbano. Lo que, en modo alguno, comportaba una arbitrariedad o un abuso de poder.

El principio jurídico de la reforma mantuvo subordinados los derechos patrimoniales a los derechos fundamentales de la persona. La doctrina garantizaba el respeto a la propiedad privada, pero con arreglo al valor superior del bien común. El gobierno entendía que ambos fines eran perfectamente armonizables: «Basta que el dueño tenga conciencia de la vinculación entre el interés social y el recto ejercicio de sus derechos sobre las cosas, y destierre el falso concepto de poseerlas con el solo fin de satisfacer sólo sus propias necesidades». Y agregaba que la enmienda «… asegura al dueño su derecho a servirse de los bienes, en su provecho; pero, a la vez, faculta al Estado para que asegure la función social de la propiedad».

Durante el siglo xx chileno no existe una época más intensa en luchas de reconocimiento que aquella que se inaugura en 1964. Aquel es un momento crucial en la historia del movimiento popular por instalar en la conciencia política nacional los valores intrínsecamente imbricados de la paz, la igualdad y la protección del más débil. Si, como escribe Walter Benjamin, «cada instante puede convertirse en el juicio final de la historia», 1964 fue uno de aquellos momentos breves y luminosos en que el presente se deja asaltar por la parte inédita del pasado que pugna por hacer valer sus derechos.

Frei encarnaba esas esperanzas. Su intuición política lo había hecho comprender que el reconocimiento de derechos es una relación social, un sustrato espiritual conformado por vínculos afectivos, instituciones jurídicas y cultura común. Había entendido que sin un cambio institucional no era posible el reconocimiento jurídico de tales derechos. Y sobre todo, había llegado a la convicción de que un cambio constitucional podía tener la capacidad de transformar las capacidades humanas disponiéndolas para la conquista de nuevas libertades y derechos.

El Mostrador

Diario Concepción

 

 


EL CASO RINCÓN

27 julio, 2017

Nos parece normal, tolerable, incluso digno de alabanza, que un tribunal moral —como en el que parece erigirse la Comisión de Ética de la Democracia Cristiana—, publique en dos tercios de página de El Mercurio la opinión que le merece la conducta del militante Ricardo Rincón.

EL CASO RINCÓN pdf

Camino al Calvario, Pieter Brueghel, 1564, National Gallery de Ottawa, Canadá.

Camino al Calvario es una pintura del holandés Pieter Brueghel que relata la pasión de Jesucristo situada en el Flandes de 1564 durante la ocupación del imperio español. En 2011, bajo la dirección del polaco Lech Majewski, la obra fue llevada al cine con el título El Molino y la Cruz, donde se hace explícita y comprensible la irracional represión de la Inquisición contra la reforma protestante: los hombres eran azotados y crucificados, y las mujeres enterradas vivas.

Todavía podemos estremecernos ante el horror, porque creemos estar lejos de aquellos tiempos de violencia contra el hereje. Pero en esa época, como lo revela el film, la barbarie estaba naturalizada por la dominación imperial, como hoy se naturaliza el desdén hacia el derecho y las instituciones en la vida partidaria de la Democracia Cristiana, por el contexto de crisis que ésta atraviesa.

Nos parece normal, tolerable, incluso digno de alabanza, que un tribunal moral —como en el que parece erigirse la Comisión de Ética de la Democracia Cristiana—, publique en dos tercios de página de El Mercurio la opinión que le merece la conducta del militante Ricardo Rincón. Nos parece normal que desde el comando de la candidata presidencial se filtre un ultimátum según el cual si la Junta Nacional no lo excluye de la nómina de postulantes al Congreso, como sería el deseo de la candidata, ésta podría declinar su propia opción. Y nos parece también normal que el responsable de contenidos del comando nos advierta que Rincón será un lastre para las campañas presidencial y parlamentaria.

Pero no es normal. La Comisión de Ética es una entidad de consulta, no vinculante, no imperativa, y que, por consiguiente, jamás podría entrar en conflicto de competencias con las entidades formales encargadas de administrar justicia en la Democracia Cristiana, simplemente, porque no está a su nivel y rango. El órgano institucional que tiene por funcióm pronunciarse sobre el comportamiento de los militantes y de garantizar justicia es, según los Estatutos y la Ley de Partidos Políticos, el Tribunal Supremo. Y éste, guste a quien guste y pese a quien pese, dictó explícitamente sentencia sobre el caso. En consecuencia, su fallo debe ser acatado por todas las instancias del partido, desde el órgano colegiado, que es su Junta Nacional, hasta el órgano ejecutivo, que es su mesa directiva. No hacerlo significaría la transgresión de un derecho que es justiciable ante los tribunales nacionales e internacionales.

En contraste con la absolución del Tribunal Supremo, lo que ha hecho la Comisión de Ética al publicar la opinión que se formó sobre el militante, es un agravio humillante que entraña desprecio por la dignidad de la persona. Un ente que incurre en tales desbordes y que, además, delibera política y discrecionalmente sobre la contingencia partidaria, no debiera existir en una colectividad institucionalizada como la que aspira a ser la Democracia Cristiana. Pero, a mayor abundamiento, ¿quién juzga la ética de la Comisión de Ética? A estas alturas de nuestra evolución republicana y democrática, lo que se precisa no es una comisión de ética, sino un partido ético.

Tampoco es normal que con el expediente de que la máxima intancia de decisión de la colectividad está facultada para sancionar la nómina de candidatos, se quiera anular la decisión de la Junta Regional de O´Higgins, cuya jerarquía y competencia está claramente establecida en los Estatutos, y cuyo valor moral no puede ser tenido como inferior al que emana de las deliberaciones de la Junta Nacional. Por eso, quien en el órgano colegiado quiera vetar el nombre del diputado Rincón, tendrá que dar razones, y éstas no podrán ser las que se le imputaron en las instancias de justicia del partido y, menos aún, las que condicionan la continuidad de la candidatura presidencial a la declinación de la re-postulación del diputado.

Por último, no es normal que un comando de campaña, del cual se espera sea representación de toda la militancia, exija a través de uno de sus voceros marginar al parlamentario. Si se admite hoy este tipo de agresiones contra un diputado del partido, amparados sólo en la autoridad política que otorga la vocería circunstancial de un comando, entonces mañana el más sencillo y desempoderado de los militantes podría ser víctima del abuso y la arbitrariedad. Pero quizá en aquel momento entenderemos el sentido de la fatal escalada que tan sabiamente describiera en su sermón el pastor alemán Martin Niemöller:

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté, porque yo no era judío.

Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar».

Cuando hicieron eso a Rincón, guardé silencio, porque yo no era diputado ni pertenecía a su círculo…

Rincón ante la Junta Nacional

Rincón: la Junta Nacional que resolvió eso está totalmente viciada.

Opinión de la Comisión de Etica del PDC

Rincón sería un lastre

Rincón no está inhabilitado jurídicamente

Rechazo a postulación de Rincón

El siglo que vamos dejando atrás