EL FIN DE LAS COALICIONES

11 mayo, 2017

No ocurrirá el fin de las coaliciones, ni se realizará la promesa del paraíso.

Entre las razones que ofrecen los émulos de la soledad política, está la de mantenerse limpios de toda contaminación que pudiera alterar la pureza originaria de una formación política. Esto, suponiendo que aquella ortodoxia se haya mantenido incorruptible a través del tiempo. Y suponiendo, claro, que, pulcra como se conserva, se halle alojada en un arcano custodiado por escribas o sacerdotes que, por estar dotados de facultades vedadas al hombre común, serían los únicos autorizados para revelar el sentido inescrutable de semejante identidad. Resabios de esta creencia decimonónica, hija del iluminismo y del progreso infinito, siguen latentes y, aunque decadentes, continúan bregando contra la racionalidad democrática de nuestros días.

Se trata de una forma de resistencia contracultural de las elites a la irrupción de la diversidad, del pluralismo, de la empatía, de la tolerancia, de la universalidad y de los derechos fundamentales. Es el retorno de la pureza peligrosa de la que nos hablaba Bernard-Henri Lévy. Una que podría ser religiosa, nacional o política, pero que siempre obedece al recuerdo obsesivo de una antigua e improbable integridad que se rebela contra toda ecúmene, toda apertura, todo pacto que corrompa la idea de un origen puro, inocente, inicial.

Por eso, que ahora se augure el fin de las coaliciones políticas —como con mayor elocuencia lo hizo Francis Fukuyama con la historia—, no pasa de ser otra reafirmación identitaria, y otro argumento justificatorio para arropar de legitimidad el camino propio, el seductor vértigo del abismo, procurando alejarlo de la fatal, pero común percepción, de estar en presencia de una muerte asistida.

El fin de las coaliciones es una falsa creencia. Las coaliciones en Chile nunca han sido permanentes, como sí han encarnado continuidades político-culturales, y siempre han estado amenazadas por otras alternativas, y lo seguirán estando. Basta mirar nuestra historia reciente y también la europea.

En 1989, la Concertación enfrentó unida a la derecha, que entonces levantó a Büchi y Errázuriz. En 1993, Frei compitió contra una derecha que postulaba a Alessandri y Piñera, pero por la izquierda ya se perfilaban los precursores del actual Frente Amplio: Max Neef, Pizarro y Reitze. En 1999 Lagos representó a la Concertación y Lavín a la Alianza por Chile, no obstante, aparecieron las candidaturas de Marín, Hirsch, Larraín y Arturo Frei.

El año 2005, con Bachelet, la Concertación desafió a una derecha dividida entre Piñera y Lavín, y, además, a Juntos Podemos. En 2009, este escenario se invirtió de modo que la derecha unida tras Piñera retó a una centroizquierda fragmentada entre Frei, Enríquez-Ominami y Arrate. Por último, en 2013 la Nueva Mayoría confrontó a una derecha separada por Mathei, Parisi e Israel, y a otras opciones como Enríquez-Ominami, Claude, Sfeir, Miranda y Jocelyn-Holt. Este y no otro ha sido el curso de las cosas.

No ocurrirá el fin de las coaliciones, ni se realizará la promesa del paraíso. Del mismo modo que no dejará ser más que ilusión el retorno a una pureza perdida y a una edad de oro lejana en el tiempo. Como todo, la intensidad del éxtasis pasará y nos mostrará lo que humanamente somos y seguiremos siendo.

No estamos dentro de la Nueva Mayoría

Frente Amplio emerge con fuerza

El fin del ciclo de las coaliciones permanentes

 

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POR QUÉ NO LA DERECHA

24 febrero, 2017
Belisario Velasco y Rodolfo Fortunatti
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Retroceso republicano es imponer desde el mercado una competencia forzada, ficticia e inalcanzable para los medios de que disponen los más vulnerables. Porque eso es condenarlos al desamparo.

BAJO EL título Manifiesto por la República y el buen gobierno personeros de la derecha han difundido la nueva hoja de ruta del sector.

Nos convocan a enriquecer lo que llaman el acervo común republicano, incluso cuando éste hubiere sido impuesto de una manera dolorosa y conflictiva, en todo caso consentida por los cómplices pasivos. Omiten que durante 17 años de régimen civil militar la antigua república democrática fue desmontada y, en su lugar, fue instituido otro pacto cuyos resabios perduran hasta hoy.

Luego, no podemos comprometernos con esta tradición.

Y si coincidimos con ellos en que “la democracia no es compatible con la imposición autoritaria”, es porque creemos que una nueva Constitución Política debe restablecer el consenso perdido. Ello se consigue mediante una genuina disposición al acuerdo, y no a través de íconos beligerantes como el que encarna El Desalojo y su reedición 2.0, diez años después.

Sin duda, tenemos otra visión de la persona. La derecha nos dice: primero el crecimiento económico y después los derechos. Nosotros afirmamos: en el centro la persona y sus derechos; el crecimiento y la distribución deben estar al servicio de su plena realización y ejercicio. Lo cual no significa complacencia con la actual tasa de crecimiento. No obstante, por honestidad republicana, debería reconocerse que la desaceleración económica se inició en 2012 y no bajo el actual gobierno.

Los autores del Manifiesto proponen que el Estado se retire de la educación, la salud y la previsión, pues creen que las empresas privadas y el mercado proveen satisfactoriamente estos servicios. No negamos que han sido exitosos con los ciudadanos que tienen para pagar prestaciones de calidad, pero nosotros aspiramos a que todos, no solo algunos, accedan a las garantías de salud, educación y previsión. Ello requiere un Estado con facultades, no un remedo de subsidiariedad donde el gasto público represente el 24 por ciento del PIB y los derechos económicos y sociales carezcan de jerarquía constitucional.

No pretendemos que las instituciones públicas proporcionen la seguridad y protección que brinda la familia a los niños y ancianos, pero convengamos que ellas son los principales auxilios de los hogares cuando, por sus precariedades y abandonos, no pueden cubrir estas necesidades. Tampoco vemos en el municipio al agente activo de la educación pública, porque nunca será igual la calidad que reciban los niños de Lo Barnechea a la de Curanilahue. Y no nos parece ecuánime esa focalización que, a ojos de la derecha, vale para subsidiar la pobreza pero no para distinguir a las universidades públicas de las privadas, o a las tradicionales de las emergentes.

Es cierto que en una economía libre de mercado la gratuidad es regresiva. No lo es en una economía social de mercado donde la educación es un derecho que se universaliza y contribuye al desarrollo. Retroceso republicano es imponer desde el mercado una competencia forzada, ficticia e inalcanzable para los medios de que disponen los más vulnerables. Porque eso es condenarlos al desamparo.

Es a causa de estas distancias insalvables que la DC, un partido comunitario con domicilio en la centroizquierda, no está disponible para pactar con la derecha. Y es por esta decidida defensa de los valores de la libertad, la justicia y la solidaridad, que un liderazgo como el de Carolina Goic, está prendiendo en los corazones de la gente y tendrá un gran éxito en la primaria del 2 de julio que deberá aprobar la Junta Nacional del P.D.C.


EL AJUSTE DE LOS PARTIDOS

25 mayo, 2016

"Il trono vuoto" regia di Roberto Andò

Ni Pepe Auth ni René Saffirio abandonarán al gobierno. Tampoco dejarán la Nueva Mayoría. Ambos son antiguos militantes de centroizquierda. Sus biografías dan cuenta de largas trayectorias y testimonios de lucha. Y, por eso… ¡cuidado! No se les puede atacar envileciendo sus cualidades políticas o las motivaciones que los han llevado a renunciar a sus respectivos partidos, el PPD y la DC.

Auth y Saffirio son la sintomatología de una cultura política fuertemente sacudida por los propios cambios de mentalidad de los chilenos. Es la crisis cíclica del sistema de partidos, que parte por la desconcentración del poder, continúa por la descomposición de los lazos de adhesión, y concluye en una nueva reconcentración del poder.

El actual momento, de fuerte desagregación de identidades colectivas, les permite a Auth y Saffirio permanecer activos como independientes o, más bien, como desafiliados de partidos políticos. Ya otros han probado con éxito dicha fórmula sin provocar con ello trastorno alguno en los equilibrios de poder.

La actual fase de desafección sin costos electorales le permite también a Revolución Democrática —lo mismo que a Izquierda Autónoma, Evopoli o Amplitud— forzar el surgimiento de nuevos pactos electorales. Hasta qué punto «nuevos» en presencia de una conciencia política que aún no acabamos de discernir, es una duda que ni siquiera sus precursores se encuentran en posición de despejar. Y es porque la respuesta no está en las caprichosas encuestas, sino en algo más estructural, como es el tiempo de maduración que necesita una fuerza política para consolidarse. La travesía del desierto es como el camino de Lawrence de Arabia a Áqaba: precisa mucha fe y disciplina.

Pero ni los independientes, ni las nuevas elites dirigentes, tienen el botón de reinicio del sistema. La llave, pese a las fuertes convulsiones morales y políticas que las agitan, sigue instalada en las grandes colectividades. Nadie ve a los viejos partidos reverenciosos y en retirada cediéndoles el virtual vacío de poder a sus ávidos adversarios. Aunque parecen inmutables, están viviendo procesos de readaptación orgánica y de regeneración moral y política. Ello abre espacio a nuevos liderazgos, intereses y aprendizajes, con el benigno agregado que emergen en estructuras y tradiciones probadas por la experiencia.

La procesión va por dentro y, necesariamente, producirá una reconcentración del poder. Será así porque no hay otro modo de restablecer la cohesión corporativa, la unidad de propósitos y la acción común. Probablemente Renovación Nacional recuperará el liderazgo en la derecha, pero no lo hará sin la UDI. Quizá en la Nueva Mayoría se producirán deserciones hacia su izquierda y hacia su derecha, pero los partidos históricos, los de mayor densidad política e ideológica, conseguirán frenar las tendencias disolutorias y, no obstante perder apoyo electoral, lograrán sortear la tormenta. Y así como no se derrumbó el modelo, no se desplomará el sistema político.


QUE SIGNIFICA LA POPULARIDAD DE BACHELET

8 diciembre, 2014
Presidenta Michelle Bachelet

Presidenta Michelle Bachelet

Los holandeses llegaron a la convicción de que enfrentarse a los ríos no servía de nada, pues por muy elevados que construyeran los diques de contención, una vez desbordados sus cauces siempre hallarían un sitio por donde salir. Por eso, la alternativa de manejo de los afluentes que terminó por imponerse consiste en suprimir los diques y devolver los terrenos inundables a los ríos.

Algo semejante al comportamiento de los cursos fluviales, sucede con las demandas sociales trabadas por el sistema político: siempre encuentran un cauce por donde expresarse. A veces de modo gradual y controlado; otras veces arrastrando consigo las barreras políticas e institucionales que parecían más firmes. ¿Cuál es la salida que están explorando hoy en Chile las grandes expectativas de reforma social? ¿Hacia dónde está mirando la opinión pública que empieza a ver frustradas sus aspiraciones?

Los más entusiastas críticos de las reformas piensan que el descontento de la opinión los está beneficiando. Creen que la pérdida de popularidad de la Presidenta, es un llamado a terminar con la denominada fiebre de reformas. Dicen que se debe a que Michelle Bachelet no sólo se ha alejado de la gente, sino que se ha puesto en contra de la gente. Hay quienes desde el empresariado le imputan haber abandonado… ¡el sentido de las protestas de 2011! Y los más audaces la exhortan a ajustar el programa de gobierno a la realidad.

Si estos frenos al proceso fueran el cauce que están buscando las expectativas de cambio de la población, entonces lo lógico sería que se reflejaran en una fuerza, en un movimiento o en un liderazgo político. Pero lo que se observa es que la derecha no se robustece con el descontento y, por el contrario, su postura intransigente es castigada por la opinión. Tampoco el descontento se traduce en fortalecimiento de la oposición. Y, frente a la presencia del ex Presidente Piñera, la centroderecha no ha visto aparecer liderazgos políticos alternativos. Pudo haberlo sido Andrés Velasco y Fuerza Pública, su colectividad, pero no bien acabamos de verlos subirse al escenario cuando asistimos al declive de su figuración. Por último, las voces democratacristianas más duras con la gestión de Bachelet, pese a su amplio despliegue comunicacional, no han conseguido cosechar los frutos de la desafección.

¿Quién entonces está encarnando la salida del actual bloqueo político? Visto en principio como un dato curioso —sólo porque su adhesión logró superar a la de Bachelet—, el liderazgo de Marco Enríquez-Ominami se instala, sin embargo, como una tendencia estructural de la opinión pública. Una preferencia que se consolida cada día que pasa, constituyéndose en una opción que, alimentada por las falencias de la Nueva Mayoría, no para de crecer y promete revelar su poderío donde es más fuerte: en los municipios.

¿Qué representa Enríquez-Ominami? De entrada, ni su discurso ni el Partido Progresista, su movimiento político, entrañan un freno a las reformas. Seguidamente, su ascendiente se extiende a un conjunto de fuerzas de centro-izquierda que, entre otras señas de identidad, abogan por una asamblea constituyente, defienden la educación como un derecho social y propugnan una reforma tributaria más audaz que la realizada. Y aunque el PRO carece de representación parlamentaria, su fuerte radica en un electorado independiente de las principales alianzas políticas. Con todo, su oferta política abre un horizonte de incertidumbre.

Cuantos más obstáculos se pongan en el cauce de las reformas, más viable será la correlación de fuerzas a favor de una alternativa de centro-izquierda desde fuera de la Nueva Mayoría. Cuanto más capital político deba sacrificar Bachelet en defensa de su programa, más vigoroso se tornará el liderazgo de Enríquez-Ominami.

Si no se desea una acumulación explosiva de la demanda social que acabe con la estabilidad, la paz y el progreso, será necesario devolver a las expectativas ciudadanas los terrenos que ésta ha conquistado a la democracia representativa.


LA RECUPERACION DEL CENTRO POLITICO

9 junio, 2013

Hace veinte años, Patricio Aylwin, un ícono de la Democracia Cristiana, era considerado por la opinión pública como un político de centroizquierda, situado incluso más a la izquierda que el Presidente Eduardo Frei Montalva, el impulsor de la Revolución en Libertad.

Si una idea distingue a la actual conducción de la Democracia Cristiana, desde su instalación en 2010 hasta la fecha, es su reiterado propósito de fortalecer el centro político. Recuperar el centro, se dice, consigna constituida en rectora de la actuación del partido frente al gobierno, a la oposición, a los aliados y a los movimientos sociales. La mesa del senador Ignacio Walker piensa que el centro político ha perdido gravitación en la escena nacional. Piensa, asimismo, que esta pérdida de influencia ha perjudicado a la Democracia Cristiana, fiel reverberación de dicho centro político, y que ha beneficiado principalmente a la izquierda pero también a la derecha. A falta de un centro poderoso, el país estaría experimentando una polarización que lo inclinaría necesariamente hacia la izquierda. Ante esto, el presidente de la colectividad ha advertido: «cualquier nueva mayoría que prescinda del centro está condenada al fracaso.»

¿Mayoría sin centro?

Lo cierto es que para fracasar —o para triunfar—, primero, esa nueva mayoría debe existir, debe estar constituida. Y una mayoría no se forma sin el centro. De igual modo que una mayoría no se configura sin la izquierda, pero tampoco sin la derecha, dependiendo, claro, del carácter que adopte dicha mayoría. ¿Pero realmente dónde está este centro? ¿Qué es este centro? ¿Cómo se manifiesta este centro? ¿Es la Democracia Cristiana quien encarna este centro?

El centro político existe. Negarlo sería lo mismo que discutir la existencia de izquierdas y derechas. El centro existe como identidad declarada, como adscripción a una representación que entraña historias, valores, creencias y proyectos. Cuando un ciudadano señala que se identifica con el centro, y no con la derecha y tampoco con la izquierda, lo que está resumiendo en esta respuesta es una actitud frente a la política. Técnicamente, el centro es un peldaño en una escala de actitudes. Pero una actitud que no se queda en eso, pues el centro también existe como voluntad política, como comportamiento activo a favor de aquello que mejor refleja tal actitud política, sea éste un liderazgo, un partido, un movimiento o una coalición. De ello se sigue que todo liderazgo, todo partido, todo movimiento, toda coalición, cualquiera sea su sello, tiene a su haber adhesiones de ciudadanos que se identifican con posturas de centro. Por consiguiente, si bien pueden existir identidades de centro, que desde luego varían a través del tiempo, no existen en la realidad representaciones y formaciones políticas químicamente puras de centro. Dicho de otro modo, si en los partidos de izquierda y de derecha es posible hallar posiciones de centro, con mayor razón es posible hallar orientaciones de izquierda y de derecha en los partidos que dicen representar al centro. Es esta diversidad política y social la que permite afirmar que la Democracia Cristiana no es el centro, sino la expresión de un arco de sensibilidades más amplio y plural.

Que veinte años no es nada

Hace veinte años, Patricio Aylwin, un ícono de la Democracia Cristiana, era considerado por la opinión pública como un político de centroizquierda, situado incluso más a la izquierda que el Presidente Eduardo Frei Montalva, el impulsor de la Revolución en Libertad. Y esta percepción era compartida mayoritariamente por las personas que adherían a los partidos Socialista y Comunista. ¿Era Aylwin representativo de toda la Democracia Cristiana?

Hace veinte años, el centro no tenía una actitud muy distinta de la que tiene hoy frente a cuestiones religiosas. Se declaraba católico no observante. Rara vez, o nunca, asistía a misa, y mostraba menos confianza en los obispos que la propia gente de izquierda. En temas valóricos, el centro era el más renuente a una ley de divorcio, pero creía que el aborto debía ser permitido en casos especiales.

Por entonces, en la jerarquía de prioridades del centro, primero estaba el crecimiento, después la igualdad, más atrás el orden público y, al final, la democracia y las libertades. Coincidiendo con la derecha, el centro confiaba más en el libre mercado que en la intervención del Estado en la economía. Y a diferencia de la izquierda, prefería el crecimiento antes que la justicia social. En esto no había distinción alguna entre las expectativas del centro y las de quienes se declaraban simpatizantes de la Democracia Cristiana. Por lo mismo, aquellos que se identificaban con la Democracia Cristiana tomaban distancia de los simpatizantes socialistas y comunistas, para quienes la igualdad y la justicia eran valores superiores al crecimiento económico. Asimismo, al contrario de  socialistas y comunistas, los adherentes democratacristianos eran más proclives al orden público que a la democracia y las libertades.

Hace veinte años, el centro no tenía muy claro qué hacer con las grandes empresas; se debatía entre quienes decían que estas corporaciones debían estar en manos del Estado y quienes creían que debían ser privadas. En lo político, el centro creía que los principales objetivos de la recién recuperada democracia política consistían en lograr la igualdad de oportunidades y la eliminación de la pobreza. Para el centro, el mejoramiento de las condiciones de vida de la población y el respeto de los derechos humanos, eran en aquel tiempo menos importantes que para la izquierda.

La función del centro

Pero hace veinte años, ese centro político era muy influyente. Llegó a representar el doble de quienes se identificaban con la derecha y el doble de aquellos que simpatizaban con la izquierda. Hoy la presencia de estas tres identidades es equivalente. Y no es que las expresiones de izquierda y de derecha se hayan fortalecido a costa del centro, como a menudo se oye decir, pues, con ligeras variaciones, éstas se han mantenido en las mismas proporciones de hace veinte años. Lo realmente observable es que las adhesiones de centro sólo han ido a parar a las filas de ciudadanos que no se identifican con nada. ¡Ciudadanos que, en su inmensa mayoría, pertenecen a sectores populares desesperanzados! El resultado de este proceso ha sido que, en la misma medida en que se ha verificado una fuerte presencia estadística del centro, se ha registrado una menor desafección política y, viceversa, cuando el centro ha perdido gravitación ha crecido el descontento con la actividad política.

La función del centro en la vida del país es visibilizar una síntesis superadora de las oposiciones políticas. Es representar siempre un camino de progreso frente a las antítesis y, obviamente, frente a sus propias y ya caducas opciones pasadas. Por eso, el mayor fracaso de los partidos que aspiran a encarnar el centro, es su incapacidad para interpretar las nuevas demandas colectivas, abandonando de paso la formación de la política a la anti-política. También en este comportamiento se juega el compromiso con la gobernabilidad.

Identificación Política


LA PERPLEJIDAD DE LA UDI

20 enero, 2012


En la elección de concejales de 2008, la única de nuestro régimen electoral que revela el verdadero respaldo popular de los partidos políticos, la UDI obtuvo el 15 por ciento de la adhesión ciudadana, unos 900 mil sufragios. Sin embargo, con este apoyo —inferior al de Renovación Nacional—, la UDI controla el 33 por ciento de la Cámara de Diputados. ¿Cómo se explica esta brecha entre la real implantación electoral de la UDI y el poder que detenta en el Parlamento?  ¿Cómo ha podido la UDI ganar más del doble de lo que le permite conseguir su capital político? A través del sistema binominal, que distorsiona groseramente la voluntad de los electores, y que el acuerdo entre la Democracia Cristiana y Renovación Nacional busca reformar.

La UDI resiste férreamente dicho acuerdo, pero oculta la verdadera motivación de su rechazo, que nos es otra que la defensa de estos privilegios electorales. ¿Qué razones da la UDI para oponerse? Sorprendida por la iniciativa, la UDI ha ido construyendo sobre la marcha sus reacciones a un pacto que compromete a su socio de coalición, que, además, es el partido del Presidente. Primero atacó la forma en que se gestó. Dijo que era un acuerdo hecho a espaldas de la Alianza y del gobierno, aunque también ella participó de las reservadas conversaciones con la DC. El ministro vocero del Ejecutivo, militante de la UDI, declaró que los acuerdos debían forjarse primero al interior de la coalición de partidos que acompañan al gobierno, saliendo de este modo al paso de las afirmaciones del ministro del Interior, militante de Renovación Nacional, quien había sostenido que el gobierno veía con buenos ojos el hecho de que los partidos políticos se hicieran eco de sus planteamientos.

Pero después la UDI entró al debate sobre los contenidos de la propuesta, claro que no para discutir el binominal, sino para desviar el foco de la atención hacia otra de las tantas facetas del acuerdo, como es la discusión sobre el régimen presidencial. Con todo, la UDI viendo con resignación el demérito de las pláticas palaciegas que le han permitido dilatar las decisiones, se ha resuelto a deliberar dentro del nuevo marco fijado por la Democracia Cristiana y Renovación Nacional.

¿Cuál es el valor del acuerdo DC-RN? Más allá de las naturales contrariedades que suscitan la prudencia y el sigilo con que debe ejecutarse toda táctica que se pretenda exitosa, lo cierto es que el acuerdo apunta hacia un cambio estructural muy fuerte, como bien lo ha entendido el senador Novoa. Para la oposición —matices más, matices menos—, representa la plasmación de los más importantes consensos políticos postergados durante la transición. Luego, «no podemos criticar a RN por hacer lo que le pedimos: que se rompiera el veto de la UDI» —ha sostenido el senador Escalona. Para el Gobierno, puede llegar a ser la herramienta que le permita sortear la pérdida de credibilidad y de representación que lo agobia, en un país cada vez más sensible a la necesidad de introducir cambios al régimen político y al modelo de desarrollo.

Pero aquí lo esencial es que la reforma política ha cruzado las fronteras de las coaliciones para instalarse en el campo de la derecha. Ello ha provocado la perplejidad de un partido que, como la UDI, sigue sin entender el porqué de su aislamiento. Un partido que aturdido por las circunstancias empieza a deslizarse peligrosamente hacia una crisis de conducción y de posicionamiento en el emergente escenario nacional.

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La UDI siempre estuvo al tanto de las conversaciones
Secretos y cálculos
Acuerdo DC-RN
Acuerdo permite que alianzas políticas sean más flexibles y no se petrifiquen
No hay ninguna posibilidad de que la DC gire hacia la derecha
El acuerdo DC-RN es coyuntural y nada más
La postura del PC frente al acuerdo DC-RN
PS respalda el acuerdo DC-RN
UDI advierte a RN
UDI duda de continuidad de la Alianza

La Popularidad de Piñera

3 febrero, 2011

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Cuando se produjo el rescate de los 33 mineros, no pocos dijeron que el Presidente Piñera había copado la agenda pública, y que era momento de guardar silencio. Algunos, impactados por la alta popularidad que le granjeó el episodio, incluso pronosticaron que la derecha gobernaría como mínimo dos períodos consecutivos, y que sólo había que resignarse a semejante designio. Pero cuando las protestas de Magallanes llevaron el ascendiente del mandatario a su punto más bajo, entonces las especulaciones apuntaron a una caída estrepitosa de su aprobación. ¿Cómo se explican estas conclusiones tan disímiles? ¿Realmente ha declinado la popularidad de Piñera? ¿Se justifica el paso de la euforia al pesimismo, lo mismo que del descontento a la complacencia?
 
El gobierno sostiene que a principios de enero, antes del auge del movimiento magallánico, la aprobación a Piñera rondaba el 52%. El gobierno ha querido decir con esto que la pérdida de popularidad del Presidente es un fenómeno circunstancial. El caso es que la medición de Adimark para todo el mes, incluyendo los días en que Piñera obtiene esa alta aprobación, arrojó una adhesión promedio del 41%. Con igual parámetro, el gobierno podría decir que en octubre la opinión favorable al Presidente bordeaba el 63%, pero este dato no daría cuenta del comportamiento de la opinión a lo largo de estos once meses, periodo que incluye la alta aprobación originada por el rescate de los mineros, así como la muy baja provocada por la protesta austral.
 
¿Qué ha ocurrido realmente con la popularidad de Piñera desde marzo a enero? La encuesta Adimark revela que la aprobación a Piñera se ha mantenido relativamente estable. Enseña que el Presidente se sostiene en una adhesión promedio superior al 51%. Demuestra, asimismo, que si algo ha ocurrido, esto ha sido la irrupción de un creciente número de ciudadanos que desaprueba su gestión, lo cual significa que mes a mes aumenta la opinión de rechazo a la forma en que Piñera está conduciendo su gobierno, tendencia que se afianza con fuerza a partir del segundo semestre de 2010.
 

Sin embargo, aunque este creciente descontento no logra socavar la base de apoyo de Piñera, representa el fin de la perplejidad inicial en que quedaron sumidos los electores de Eduardo Frei. Este proceso es acompañado por una mayor sensibilidad y fidelidad ciudadanas a las invocaciones de la oposición, y entraña la demanda de una acción más resuelta, más coherente y más articulada de sus principales protagonistas.

 
Esto resulta de observar los hitos más importantes del período. Aquellos que impactaron a la opinión pública al extremo de ocasionar variaciones atípicas en ella, a saber, las registradas en las mediciones de Adimark correspondientes a los meses de marzo, octubre y diciembre de 2010, y enero de 2011.
 
En marzo, el Presidente obtiene un 52% de aprobación y su más baja desaprobación: el 18%. En la opinión pública siguen latentes las secuelas del terremoto y todas las esperanzas de solidaridad y de reconstrucción de las zonas devastadas están puestas en la nueva administración, mientras la Concertación emprende la dejación de los cargos gubernamentales.
 
En octubre, queda consignado el exitoso y mediático rescate de los 33 mineros atrapados en la mina San José, evento que es enteramente capitalizado por el gobierno en perjuicio de una oposición prácticamente ausente. En esta ocasión Piñera conquista el 63% de la adhesión, cuando el rechazo a su gestión no supera el 26%.
 
En diciembre, se presenta un brusco descenso de las opiniones favorables al mandatario. Esto, a pocas semanas de haber marcado su más alta cota de aceptación. Aquí la aprobación a la gestión de Piñera se precipita al 47%, mientras que la desaprobación se dispara al 43%. El acontecimiento que incide más fuertemente en este resultado es el incendio de la cárcel de San Miguel donde perdieron la vida 81 internos, tragedia frente a la cual el gobierno se mostró vacilante y sin capacidad de conducción política ni manejo de la crisis.
 
Finalmente, en enero Piñera cae a su más bajo nivel de aceptación, el 41%, y también alcanza su más alto nivel de rechazo, cercano al 46%. Ello es consecuencia ―aunque moderada por la firma del protocolo de educación― de la movilización social que tiene lugar en Magallanes, cuyo mayor acierto político consistió en poner de manifiesto la descoordinación y el virtual aislamiento del gobierno en el conflicto por el precio del gas.
 
En suma, la desaprobación a Piñera no necesariamente afecta su liderazgo en la opinión pública y, por lo tanto, tampoco tiene los efectos desestabilizadores que temen los institucionalistas, pero, como se ha visto, la desaprobación sí comporta y sugiere una mayor uniformidad y racionalidad de la acción opositora.

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(*) La encuesta Adimark correspondiente al mes de febrero —difundida el 2 de marzo— registra una aprobación al Presidente del 42 por ciento, un punto más que en enero. Con ello, el promedio de popularidad del mandatario durante su primer año de gobierno desciende al 50,41 por ciento, pero la línea de tendencia que marca el rechazo a su gestión, continúa en ascenso, al elevarse la desaprobación de febrero al 49 por ciento.
   
  Como era de prever, los costos políticos del caso subsidios, no sólo dañaron la imagen del Presidente, sino también la de su ministro del Interior, principal autoridad a cargo de resolver la crisis. En contraste, la figura de la ministra de Vivienda Magdalena Matte ha salido fortalecida, lo mismo que el desempeño de la Oposición, cuyos líderes lograron mostrar mayor claridad y coherencia en sus acciones. El crecimiento de la desaprobación a la forma en que el Presidente está conduciendo su gobierno, sólo viene a confirmar este acertado posicionamiento político.