CAMBIO DE EXPECTATIVAS

30 noviembre, 2017

Ahora tenemos una idea más cercana a la realidad respecto de qué podría ocurrir con los adherentes de las candidaturas presidenciales del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Por cierto, esta idea no tiene nada que ver con el país presa del binominalismo, e incapaz de arribar a consensos, que algunos pintan.

El mayor impacto de las elecciones del 19 de noviembre, fue el vuelco que produjeron en las expectativas de las personas. Se ha hablado hasta la saciedad de la brecha abierta entre lo que se creía que serían los votos obtenidos por Beatriz Sánchez, y los que, finalmente, consiguió. Ahora la gente ―no los candidatos, ni tampoco los comandos, sino los electores―, más que una intuición sobre su posible influencia, sabe positivamente que su voto es gravitante: el 20 por ciento de los sufragios es real como real es la representación equivalente en el Congreso.

De lo que no se ha hablado lo suficiente es del cambio radical en las convicciones de las personas respecto de quién será el próximo presidente de Chile. En cosa de días la certeza de que sería Piñera cayó del 66 al 49 por ciento, según la última encuesta Cadem que, para Fiestas Patrias, ubicaba al expresidente en el 73 por ciento de las certidumbres, lo que generaba euforias en la oposición y desalientos en el oficialismo. En el sondeo de Criteria, entre octubre y noviembre, Piñera se precipita del 68 al 50 por ciento.

No deja de sorprender que el 17 de noviembre, dos días antes de los comicios, quienes creían que sería Guillier el futuro presidente apenas constituían el 16 por ciento. Después de la elección ya habían ascendido al 41 por ciento, proporción que podría ser mayor, como lo revela Criteria, donde Guillier salta del 19 al 48 por ciento, pues la velocidad de captura de confianza de Guillier es más rápida que la velocidad de pérdida que exhibe Piñera.

Tampoco se ha hablado mucho, salvo especulaciones contra-intuitivas y acientíficas que se levantaron para sustentar la estrategia de ruptura de la centroizquierda, de cómo se redistribuirán las preferencias de la primera en la segunda vuelta.

Ahora tenemos una idea más cercana a la realidad respecto de qué podría ocurrir con los adherentes de las candidaturas presidenciales del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Por cierto, esta idea no tiene nada que ver con el país presa del binominalismo, e incapaz de arribar a consensos, que algunos pintan. Nada que ver con un pueblo que repudia a la centroizquierda y que, en una suerte de autoinmolación, acaba por abandonarse a la abstención electoral. Y nada que ver con electores frenteamplistas que no están dispuestos a votar por Guillier, ni con programas que para tener éxito en las urnas deban ser integrales y poco menos que comprometer los ideales históricos de cada vertiente política.

Según Cadem, 7 de cada 10 adherentes de Beatriz Sánchez y de Marco Enríquez-Ominami, se orientarán a Guillier, y uno a Piñera. En la medición de Criteria, los favorables a Guillier suben a 8 y se mantiene uno por Piñera, tendencia que es refrendada por declaraciones de dirigentes del Frente Amplio, y por las propias de Enríquez-Ominami y Alejandro Navarro, en respaldo del candidato de la centroizquierda.

Desde el punto de vista de las actitudes de los electores, los resultados del referendo de Revolución  Democrática no pueden ser más elocuentes. De los 4.800 militantes y adherentes que concurrieron a la consulta, el 80 por ciento votó por las tesis de apoyo a Guillier: unos porque consideraban que «la derecha en el gobierno implica un retroceso y riesgo para Chile», y otros porque estimaban que su programa podría incorporar temas emblemáticos de la agenda social, como la reforma del sistema de AFPs.

En la tesis que se impuso, RD no formula un llamado a Sebastián Piñera para que recoja las demandas del mundo social, y no es a Chile Vamos a quien exhorta para que convoque a los simpatizantes del Frente Amplio. Su interpelación es a la Nueva Mayoría y a su candidato, y la hace desde el domicilio de la izquierda, algo que torna incomprensible la dilación que han sufrido sus definiciones estratégicas.

En cuanto al curso que tomará la votación de Carolina Goic, tanto Cadem como Criteria indican que 3 de cada 5 electores votaría por Guillier y uno lo haría por Piñera, lo cual es consistente con las acciones de Progresismo con Progreso ―especie de organismo huésped del partido― en la Democracia Cristiana, cuyos dirigentes han expresado su abierto rechazo a la línea oficial. Pero también dicho cisma es coherente con el tipo de votante que ha reproducido: los electores de Goic, víctimas de la polarización inducida en la colectividad, son quienes más ocultan sus preferencias presidenciales.

El cambio de las expectativas electorales perfila los contornos políticos del Frente Amplio y fortalece el rol articulador de la Democracia Cristiana en la centroizquierda.

El Mostrador

Difícil entender cuál es la conducta que se sugiere al electorado

 

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LA GRAN COALICIÓN

12 julio, 2017

 

La alianza entre el Frente Amplio y la Nueva Mayoría no se realizará jamás a través de la crítica a sus trayectorias, prácticas, concepciones de mundo y contiendas electorales, sino en el encuentro en torno a las aspiraciones y expectativas que forman parte de la muy extendida cultura política de los derechos y libertades.

 

¿Por qué surgen las alianzas entre coaliciones de partidos políticos con distinto signo ideológico? ¿Qué explica la Grosse Koalition, aquella excepcional federación de la conservadora liga CDU/CSU y el Partido Social Demócrata que dan gobierno a Alemania? ¿Qué induce a conservadores y centroizquierdistas a compartir el gobierno de Austria? ¿Es un caso único del norte de Europa?

Más al sur, en España, el centroderechista Partido Popular y el Partido Socialista, aprueban en el Congreso el bono social contra la pobreza energética ―iniciativa largamente resistida por la derecha―, el decreto ley sobre cláusulas suelo que perjudican a los consumidores, y las facilidades de acceso de los jóvenes a programas contra el desempleo.

Y en Francia, el mismo Emmanuel Macron, monedita de oro en nuestra insular geografía (alguna vez también la fue Sarkozy), recluta sin escrúpulos a líderes de los principales partidos de izquierda y de derecha, mientras seduce a las multitudes con la ilusión de un nuevo centro del centro.

¿Por qué está ocurriendo esto que visto desde la conciencia del siglo XX resultaría una insólita contaminación de ideas y creencias?

Se puede arriesgar una respuesta estructuralista, una de larga longitud de onda, que, por su complejidad, escaparía a los estrechos límites que ofrece una columna de opinión. También se puede aventurar una respuesta coyuntural derivada, sin embargo, de tales cambios evolutivos, y que apunta a dos motivos. Primero, al ineludible desafío institucional de formar gobiernos de mayoría parlamentaria. Segundo, al reto democrático de conservar la legitimidad de las formas de vida libres e igualitarias fundadas en el respeto a las personas y a sus derechos, a través de la garantía de estabilidad y gobernabilidad, especialmente en aquellos países sacudidos por vertiginosas mudanzas de la moral, la técnica, la política y la economía.

Pero, más allá de estos propósitos de bien común, ¿qué lleva a los partidos políticos a estacionar sus querellas históricas e ideológicas y disponerse a la colaboración? Es un principio de identidad. A través del compromiso, consiguen proyectar e imprimir en la memoria colectiva la defensa de sus prácticas y tradiciones. De este modo los partidos perfilan su propio quehacer en la elaboración de la política pública. Y es sabido que no hay compromiso político democrático más eficaz que el que se hace desde el Estado, desde el gobierno de la sociedad, desde sus instituciones y sus organizaciones vivas.

Es indudable que la viabilidad de una alianza entre las dos coaliciones constituidas por el Frente Amplio y la Nueva Mayoría, no se mostrará jamás en la crítica recíproca a sus trayectorias, prácticas, concepciones de mundo y contiendas electorales. Ello sólo pondría de relieve purezas que acentuarían la diferenciación y la lucha por la fidelización de los méritos en disputa, abriendo así una brecha que sólo confundiría, sin persuadir, a los miles de seguidores de ambas formaciones.

Distraídos en esta brega, pasarían desapercibidas aspiraciones y expectativas que forman parte de una muy extendida cultura política de los derechos y libertades, y que los programas electorales y las políticas públicas no han sabido o no han podido traducir. No es por nada que, según la encuesta Bicentenario, el 56 por ciento de los chilenos considere que lo mejor para el país es que haya igualdad social y una distribución de los ingresos más equitativa, y que más de dos tercios crea que los derechos a la salud, a la protección del medio ambiente, y a la igualdad ante la ley no están garantizados.

La construcción de compromisos entre las dos coaliciones no es obra de una mesa de reunión. Es un proceso que comporta, sin abandonar la competencia electoral, un debate de ideas de cara a la ciudadanía que cruce la primera y la segunda vuelta presidencial, y que, eventualmente, culmine en el acto de investidura del próximo gobierno.