INTRASCENDENCIA DE LAS COMISIONES

6 abril, 2018

No somos menos demócratas ni menos republicanos porque nos restamos de instancias extra-institucionales.

A un gobierno de minoría, como es el de Sebastián Piñera, le interesa avanzar en su programa, y esto lo consigue removiendo obstáculos y hallando vías expeditas para llevar la carga a buen puerto. Uno de estos caminos consiste en conquistar el apoyo de, al menos, una parte de la oposición para sus iniciativas legislativas.

¿Cuál ha sido el vehículo elegido por el gobierno para ensayar este sendero? Convocar a la formación de comisiones, que no son comisiones pre-legislativas, sino grupos de trabajo, es decir, conjuntos de invitados cuyas opiniones carecen de efectos vinculantes con los proyectos del Ejecutivo, y que ni siquiera tienen valor indicativo para ninguna política pública. El gobierno ha elegido a sus miembros a dedo, esto es, a su entero arbitrio, sin consultar a las bancadas parlamentarias y, menos aún, a los partidos políticos de oposición con mayoría en el Congreso.

Al gobierno le ha parecido inteligente actuar selectivamente, eligiendo incluso a quienes no se representan más que a sí mismos, sin cargo de elección popular y sin ascendiente político. En la operación tampoco han importado las consecuencias disruptivas que ha tenido la incursión de esta grúa selectiva en el universo del Frente Amplio, de la Nueva Mayoría y de otras formaciones opositoras. Nadie puede dudar que semejante táctica, clásica y elemental, estimula la discordia y el conflicto en el campo opositor, pero es un hecho que también profundiza la brecha abierta por el desmontaje que está haciendo la derecha de las reformas heredadas de los gobiernos de centroizquierda, y empuja a quienes podrían contribuir a la estabilidad y la gobernabilidad a radicalizar sus posturas.

¿Cuál es el balance que se puede hacer de la maniobra? Pues, el más pragmático imaginable: los senadores y diputados que, por su liderazgo, concitan la más amplia y legítima adhesión de militantes y ciudadanos, no han respondido al llamado. Y se han restado porque una acción tal tiene puros costos de imagen personal y corporativa. Por ejemplo, revela la facilidad de los díscolos para actuar por libre y, asimismo, su incapacidad para concordar cara a cara con sus pares de bancada y, desde luego, con las bancadas que pactaron la conducción de las mesas de la Cámara y del Senado.

La negativa de los parlamentarios a participar en las instancias creadas por Piñera —y sólo hablamos de los congresistas, no de alcaldes ni de figuras públicas que nada tienen que hacer en el hemiciclo legislativo—, ¿cuestiona o desacredita el diálogo democrático, como se ha sugerido en una especie de condena hacia quienes han rechazado la invitación? La democracia es un valor más elevado y más sólido que negarse a la voluntad unilateral de un jefe de Estado, sobre todo cuando se trata de la relación entre distintos poderes. No somos menos demócratas ni menos republicanos porque nos restamos de instancias extra-institucionales. Por el contrario, la defensa misma de la democracia y el fortalecimiento de sus instituciones puede exigir que no participemos de dichas tertulias.

Una cosa queda clara tras esta seguidilla de embestidas: a un mes de su investidura, el gobierno de Piñera no consigue instalarse.

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