NUESTRA INFERIORIDAD POLITICA

20 noviembre, 2017

¿Dónde está la ganancia? Está alojada en ejercicios dialécticos sin referentes en la realidad. Habita en elucubraciones demagógicas que hicieron del sistema d’Hondt un acto de magia por el cual no sólo se simuló verosímil, sino una promesa cierta, pasar a la segunda vuelta.

Acaso nada resulte más revelador de los recientes comicios, que la imagen fría, fragmentada y desenfadada de un país que se adentra en el desarrollo. Toda una cotidianidad empapada de tecnologías, comunicaciones, rutinas domésticas, responsabilidad cívica y banalidades, nos muestra un orden político de contrastes y desajustes, a menudo incomprensible y desconcertante, pero cuya fisonomía no dista mucho de la que enfrenta el ciudadano común de las sociedades avanzadas. Aquí y allá afloran virtudes universales, como las instituciones garantistas y la promoción de los derechos fundamentales, en contraste con vicios globalizados, como la corrupción y el racismo xenófobo. Aquí y allá los conflictos y sus justificaciones comienzan a parecerse.

Por su grado de desarrollo, la nuestra es una nación irreconocible a la luz de la descripción que hiciera de ella en 1911 Francisco Antonio Encina en su clásico libro “Nuestra inferioridad económica”. Con este título el autor aludía a un estado de anemia, de raquitismo, de debilitamiento económico antiguo y persistente que sin embargo hoy es difícil de corroborar. Pero si el historiador pudiera asomarse al presente y observar nuestra inferioridad política, quizá confirmaría su firme convicción de que ni economistas, ni abogados ni intelectuales han conseguido desentrañar la verdadera naturaleza de nuestros problemas.

Porque la forma en que el país vive su tránsito al desarrollo, exhibe un rasgo peculiar, cual es la escasez de una clase política con visión comprensiva del pasado y del porvenir, y con un sentido práctico y altruista de la acción política. La ausencia de una masa crítica que tome en sus manos y se haga cargo del gran cambio que día a día transforma los modos de vida y la mentalidad de los chilenos. Y no es que hayamos carecido de ella, pues esta elite ejemplar ha florecido en las artes, en las ciencias, en el deporte y en la esfera de la fe. Los partidos políticos fueron por muchos años —hasta que los desplazó el mercado emancipado de los “think tanks”— ricos semilleros de hombres y mujeres formados en convicciones morales, intelectuales y metodológicas, tributarias de la tolerancia, la unidad y la gobernabilidad.

El concierto democratacristiano socialista

Gracias a este fecundo surtidor de liderazgos, que se esparcían en todas las direcciones y jerarquías de poder e influencia, el camino al desarrollo pudo ser escoltado por amplios compromisos políticos y sociales. La fuerza motriz de esta voluntad activa y mayoritaria procedió de colectividades y movimientos de centroizquierda, en cuya vanguardia flameaban las banderas de los partidos Demócrata Cristiano y Socialista, solares de abnegadas e históricas figuras como Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende, y más tarde, de los presidentes de centroizquierda de la democracia.

Por su papel rector y aglutinador, en ambas colectividades radican las causas que explican la actual inferioridad de la política progresista y democrática, y es también en ambas donde se acusa el mayor castigo electoral propinado por la ciudadanía.

Hay razones de larga data, y otras más recientes, que explican el paulatino deterioro del compromiso democratacristiano socialista. Las rupturas de la DC en 2007 y del PS en 2009, fueron golpes que impactaron gravemente y, en ocasiones, de manera irreversible, la institucionalidad y la legitimidad de las orgánicas partidarias. Dichas condiciones de vulnerabilidad, estimularon el viejo anhelo de reconstituir una tercera vía, que pasaba por desgajar a la DC de la Concertación y configurar en consecuencia una alianza hegemónica con Renovación Nacional. Fue un sueño fallido, pero únicamente por el desengaño de la población con el gobierno de Piñera y la amplia popularidad de Bachelet, que pospusieron el proyecto sin por ello cerrarse las fisuras abiertas entre los antiguos partidos. Sobrevino entonces un permanente asedio de miembros de la falange contra el proceso de reformas de la presidenta socialista, pese a que la colectividad participó en las primarias, pactó una lista parlamentaria común, y honró con su palabra, y con sus representantes en el gabinete, cumplir el programa de gobierno prometido al país. Como contrapartida, desde el socialismo no hubo ningún actor dotado de ascendiente y poder que frenara el fuego cruzado de provocaciones y hostilidades disparadas al margen de los canales instituidos y de las vocerías autorizadas.

El desprecio por las primarias

Con el otoño cayeron las últimas hojas del divorcio DC-PS. El suelo político se sembró de un lenguaje oblicuo, preñado de expresiones torcidas, eufemismos y rodeos, que anunciaban el advenimiento de la posverdad, donde nada parecía ser lo que aparentaba. Domicilio en la centroizquierda, coalición 2.0, cruzada moral, lucha de todos contra todos, triunfo de la derecha en primera vuelta, “dream teen”, y, claro, el chivo expiatorio de los comunistas, fueron consignas que, sin mediar autopsia, revelaban que su densidad era menor que la hojarasca excoriada por la erosión de la coyuntura. Vacuas evasivas esgrimidas para ocultar los errores de una vía política sin destino. El tiempo habría de demostrar que la fecha de término del pacto DC-PS, se había sellado al inicio de la nueva administración, y no en el momento en que los socialistas proclamaron a su candidato. Viviremos para confirmar que los pretextos empleados para desechar las primarias, a saber, el de un expresidente abandonado y humillado, y el de un partido aislado y arrinconado, no resistirán el examen historiográfico.

La renuncia a las primarias fue el presente griego que fragmentó la unidad del oficialismo y lesionó la fuerza espiritual de sus partidos, líderes y seguidores. Fue un acto de renuncia a la herencia y a la vocación de futuro de la coalición más poderosa y arraigada del Chile contemporáneo. Y el drama es que jamás se vislumbró un gesto de cordura, de responsabilidad y de altruismo en sus conductores. Pesó más la arrogancia y el balance de culpas.

La estrategia perdida

¿Valió la pena? Sumidos en la embriaguez de su voluntarismo, algunos vistieron sus falsos triunfalismos con el ilógico argumento de que se puede ganar perdiendo.

Desde el principio de la transición hasta nuestros días, cada año 50 mil ciudadanos dejaron de confiar en la Democracia Cristiana. Sólo entre 2004 y 2008 le quitaron su apoyo 400 mil chilenos que nunca más regresaron a ella. La última vez 580 mil electores votaron por candidatos democratacristianos. Hoy la han respaldado poco más de 380 mil, el 5 por ciento de quienes concurrieron a las urnas.

¿Dónde está la ganancia? Está alojada en ejercicios dialécticos sin referentes en la realidad. Habita en elucubraciones demagógicas que hicieron del sistema d’Hondt un acto de magia por el cual no sólo se simuló verosímil, sino una promesa cierta, pasar a la segunda vuelta. La profecía quedó hecha trizas al golpear contra el quinto lugar alcanzado, por debajo de la derecha ultranacionalista, lo que a todas luces comporta una ironía para una opción que se propuso recuperar el centro.

El del domingo es el peor desempeño del Partido Demócrata Cristiano en toda su historia, y es, asimismo, un exhorto para quienes desdeñando el valor de la estrategia lo han conducido a este derrotero. Es un precio demasiado alto para la dignidad de un partido que fue artífice de las grandes transformaciones de Chile. La flecha roja pudo sentar en las bancas del Congreso a una treintena de diputados de haber usado las ventajas que como partido mayoritario, en una coalición mayoritaria, le granjeaba el régimen proporcional. Pero, en su deliberada soledad, ha quedado reducida a 5 representantes en el Senado y a 14 en la Cámara de Diputados. Este domingo capturó 616 mil sufragios para diputados, correspondientes al 10 por ciento de los votos válidamente emitidos, pero hace cuatro años sus candidaturas a la Cámara Baja sumaron 967 mil votos, casi el 16 por ciento del total de las preferencias, lo que se ha traducido en una merma de 350 mil adhesiones. Luego, nunca más nadie podrá decir que su alianza con la izquierda es la que la perjudica.

El mensaje de la ciudadanía debe ser escuchado. El país seguirá prosperando más allá de la marcha de sus gobiernos, pero el sentido del progreso, que es uno de justicia, de solidaridad, de derechos y de respeto por las personas, es la impronta que distingue el quehacer de la centroizquierda, y ésta necesita del aggiornamento y la conciliación de las prácticas e ideales de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista para superar nuestra inferioridad política. Porque, en las sabias palabras de Encina, “el solo restablecimiento del equilibrio entre nuestro desarrollo intelectual y nuestra capacidad económica, repercutiría favorablemente sobre nuestra evolución moral, hoy perturbada por hondos trastornos”.

 

DC

El Mostrador

 

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LA GRAN COALICIÓN

12 julio, 2017

 

La alianza entre el Frente Amplio y la Nueva Mayoría no se realizará jamás a través de la crítica a sus trayectorias, prácticas, concepciones de mundo y contiendas electorales, sino en el encuentro en torno a las aspiraciones y expectativas que forman parte de la muy extendida cultura política de los derechos y libertades.

 

¿Por qué surgen las alianzas entre coaliciones de partidos políticos con distinto signo ideológico? ¿Qué explica la Grosse Koalition, aquella excepcional federación de la conservadora liga CDU/CSU y el Partido Social Demócrata que dan gobierno a Alemania? ¿Qué induce a conservadores y centroizquierdistas a compartir el gobierno de Austria? ¿Es un caso único del norte de Europa?

Más al sur, en España, el centroderechista Partido Popular y el Partido Socialista, aprueban en el Congreso el bono social contra la pobreza energética ―iniciativa largamente resistida por la derecha―, el decreto ley sobre cláusulas suelo que perjudican a los consumidores, y las facilidades de acceso de los jóvenes a programas contra el desempleo.

Y en Francia, el mismo Emmanuel Macron, monedita de oro en nuestra insular geografía (alguna vez también la fue Sarkozy), recluta sin escrúpulos a líderes de los principales partidos de izquierda y de derecha, mientras seduce a las multitudes con la ilusión de un nuevo centro del centro.

¿Por qué está ocurriendo esto que visto desde la conciencia del siglo XX resultaría una insólita contaminación de ideas y creencias?

Se puede arriesgar una respuesta estructuralista, una de larga longitud de onda, que, por su complejidad, escaparía a los estrechos límites que ofrece una columna de opinión. También se puede aventurar una respuesta coyuntural derivada, sin embargo, de tales cambios evolutivos, y que apunta a dos motivos. Primero, al ineludible desafío institucional de formar gobiernos de mayoría parlamentaria. Segundo, al reto democrático de conservar la legitimidad de las formas de vida libres e igualitarias fundadas en el respeto a las personas y a sus derechos, a través de la garantía de estabilidad y gobernabilidad, especialmente en aquellos países sacudidos por vertiginosas mudanzas de la moral, la técnica, la política y la economía.

Pero, más allá de estos propósitos de bien común, ¿qué lleva a los partidos políticos a estacionar sus querellas históricas e ideológicas y disponerse a la colaboración? Es un principio de identidad. A través del compromiso, consiguen proyectar e imprimir en la memoria colectiva la defensa de sus prácticas y tradiciones. De este modo los partidos perfilan su propio quehacer en la elaboración de la política pública. Y es sabido que no hay compromiso político democrático más eficaz que el que se hace desde el Estado, desde el gobierno de la sociedad, desde sus instituciones y sus organizaciones vivas.

Es indudable que la viabilidad de una alianza entre las dos coaliciones constituidas por el Frente Amplio y la Nueva Mayoría, no se mostrará jamás en la crítica recíproca a sus trayectorias, prácticas, concepciones de mundo y contiendas electorales. Ello sólo pondría de relieve purezas que acentuarían la diferenciación y la lucha por la fidelización de los méritos en disputa, abriendo así una brecha que sólo confundiría, sin persuadir, a los miles de seguidores de ambas formaciones.

Distraídos en esta brega, pasarían desapercibidas aspiraciones y expectativas que forman parte de una muy extendida cultura política de los derechos y libertades, y que los programas electorales y las políticas públicas no han sabido o no han podido traducir. No es por nada que, según la encuesta Bicentenario, el 56 por ciento de los chilenos considere que lo mejor para el país es que haya igualdad social y una distribución de los ingresos más equitativa, y que más de dos tercios crea que los derechos a la salud, a la protección del medio ambiente, y a la igualdad ante la ley no están garantizados.

La construcción de compromisos entre las dos coaliciones no es obra de una mesa de reunión. Es un proceso que comporta, sin abandonar la competencia electoral, un debate de ideas de cara a la ciudadanía que cruce la primera y la segunda vuelta presidencial, y que, eventualmente, culmine en el acto de investidura del próximo gobierno.