PROMESA Y PUREZA EN LA POLITICA DE CENTROIZQUIERDA

12 junio, 2017

En la promesa, en la fidelidad a la palabra empeñada, es donde se forja el vínculo con el otro y se reconoce su valor.

¿Qué habría ocurrido si el Papa Pío XI no hubiera condenado a Acción Francesa y censurado las publicaciones de su mentor intelectual, Charles Maurras? ¿Qué habría sucedido si Jacques Maritain no hubiera abandonado el movimiento ni hubiera roto con sus antiguos camaradas y amigos?

Probablemente el filósofo francés y su obra, considerada una de las más excelsas que haya producido un teórico católico del siglo pasado, formarían parte del integrismo nacionalista, político y religioso de nuestros días. Tal vez sus ideas no habrían hallado cabida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y quizá nunca habría germinado un partido político progresista de inspiración humanista como la Democracia Cristiana. Pero la historia —que no la especulación sobre lo que pudo haber sido y no fue— es la que conocemos y es la que podemos confirmar.

Aquella historia, que para unos pocos hombres centenarios todavía sigue siendo memoria viva, es el relato de la ruptura irreversible del catolicismo militante con la pureza peligrosa de Acción Francesa, por entonces uno de los embriones más promisorios del fascismo en cierne.

El huevo de la serpiente

El movimiento de ultraderecha nacido a fines del siglo XIX como expresión de los fuertes sentimientos patrióticos que despertó el Caso Dreyfus, episodio de xenofobia antisemita que convirtió en chivo expiatorio a un capitán del ejército francés acusado de colaborar con los alemanes, propugnaba una ideología que combinaba las tres formas conocidas del integrismo. Postulaba un nacionalismo integral, cuya pretensión última era la unificación de todos los nacionalismos preexistentes, la restauración del régimen político monárquico, y un fundamentalismo religioso que exaltaba la superioridad moral del catolicismo para cohesionar a la sociedad francesa.

El integrismo es una obsesión por la voluntad de pureza. Es un gen recesivo que permanece latente en las formaciones políticas y en la psicología de algunos de sus dirigentes, y que, en coyunturas históricas favorables, cobra vigor y fuerza expansiva. Su afán es la búsqueda de una identidad única, libre de contaminación, inalterada e incorruptible ante el paso del tiempo. Su ideal es la comunidad primigenia, la perfección del vínculo social que hace posible la paz, la unidad y la armonía. Aunque reducida a pequeño grupo, lo importante de esta comunidad es su homogeneidad. Por eso, la angustia del integrismo proviene del miedo a la mezcla, a la disgregación y, en consecuencia, al compromiso, pues todo compromiso comporta hacer concesiones, y toda concesión entraña una pérdida de identidad. El solo diálogo racional, objetivo y democrático constituye una amenaza contra la integración de la colectividad porque pone de manifiesto eventuales tensiones y conflictos que podrían dañar la concordia interna. El otro es visto como lo extraño, cuando no como algo hostil que desafía a su ortodoxia. En el otro, lo mestizo, lo contaminado y degradado, radican siempre las culpas políticas. De la promiscuidad con lo otro arrancan las desviaciones que inducen a cometer errores, los que deben ser corregidos para salvar la pureza original de la organización. El integrismo es una distopía que, como el huevo de la serpiente, deja ver la personalidad autoritaria que habita en él.

El arte supremo del compromiso

La política de compromiso, en cambio, es una reacción hacia la voluntad de pureza intrínseca al integrismo. Maritain, que había sido militante activo de Acción Francesa, tenía cuarenta y cinco años de edad cuando en 1927 escribió Primacía De Lo Espiritual, donde refutó el integrismo de Maurras oponiéndole la tesis máxima del pluralismo democrático que, en lo sustantivo, consiste en reconocer el horizonte del otro. Es, sin embargo, en Humanismo Integral, publicado en 1936, cuando su política del compromiso logra mayor consistencia elevándose como fuente de inspiración para la acción colectiva tolerante y comprensiva que dio origen al proyecto histórico concreto de una democracia personalista y comunitaria.

¿Pero qué significa el compromiso? Parafraseando a Paul Ricoeur, podría decirse que el compromiso brota de la capacidad de promesa que, a su vez, presupone decir, obrar, narrar e imputar. Consiste en comprometer la palabra y en limitar así el riesgo de traición y la incertidumbre sobre el mañana. Pues, en la promesa, en la fidelidad a la palabra empeñada, es donde se forja el vínculo con el otro y se reconoce su valor. Por eso, el genuino reconocimiento del otro surge cuando hay reciprocidad, mutualidad, «proporcionar a cambio». Cuando no la hay tienen lugar los desprecios, las humillaciones y las exclusiones.

Esta modalidad superior de generosidad se cimenta en la amistad política. Es un compromiso que trasciende al puro intercambio mercantil. Más todavía, es un compromiso que interrumpe la competencia salvaje del mercado alejándonos de la incertidumbre generada por la lucha de todos contra todos. A esta especie pertenecen los pactos electorales, de gobernabilidad y de coalición, especialmente aquellos que se proponen construir mayoría.

El desafío de la centroizquierda

Cuanto tarde la centroizquierda en recuperar los valores del compromiso político, que son los que permiten la colaboración democrática, será el tiempo que demore en constituirse una alternativa real de transformación para el país.

Tal afirmación entraña varias cosas. Primero, supone la existencia de una centroizquierda, de una cultura política reconocible por las señas de identidad que comparten fuerzas políticas concretas. Segundo, implica que los valores del compromiso político que animaron la acción de la centroizquierda se desdibujaron o se perdieron, y que deben y pueden ser restablecidos. Tercero, infiere que la ausencia —o degradación— de dichos valores ha provocado el consecuente deterioro de hábitos de colaboración esenciales para la formación de la política democrática. Cuarto, entiende que la presencia de prácticas e ideales de cooperación entre las fuerzas políticas de centroizquierda, es condición necesaria para la aparición y viabilidad de una opción de cambio progresista. Quinto, indica que una alternativa de avanzada para ser fiel a su misión debe conducir a formas superiores de organización de las relaciones sociales que, a lo menos, deben estar impregnadas por los principios de la paz, la protección de los más débiles y la realización de la igualdad. Y sexto, sugiere que la administración del tiempo es una convención sobre metas y plazos adecuados a la etapa de desarrollo de la sociedad chilena.

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MAGNICIDIO DE FREI

21 enero, 2014
Eduardo Frei Montalva, Presidente de Chile de 1964 a 1970

Eduardo Frei Montalva, Presidente de Chile de 1964 a 1970

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Mañana se conmemora otro aniversario de la muerte de Eduardo Frei Montalva. Se cumplen 32 años de un recuerdo amargo, lacerante, vergonzante, y que no cesa de palpitar en las sienes de nuestra memoria colectiva. Un recuerdo que, al principio, cuando escaseaba la certeza de las pruebas, se confundía con las sombras del escepticismo, pero que, después, en la misma medida que se fueron ordenando las piezas de la tragedia, se tornó grave, elocuente, definitivo. Es esta evocación dolorosa, que también es la imagen del país frente al espejo de su historia, la que nuevamente nos golpea y estremece.

Porque Frei fue asesinado de manera fría, silenciosa, metódica y, literalmente, dosificada. Gota a gota, día a día, procedimiento tras procedimiento. Los letales factor de transferencia y mostaza sulfúrica le fueron arrebatando la vida en la Clínica Santa María, el escenario del crimen. El centro médico fue convertido en un brazo más de la red de inteligencia, espionaje, infiltración y mentira del régimen de terror que oscureció a Chile por más de dieciséis años, dejando por los suelos el juramento hipocrático según el cual ha de ser categóricamente rechazada la pretensión de administrar venenos a un paciente.

Pero también la operación de Estado contra el ex Presidente se valió —como suele ocurrir en los magnicidios— de la traición cómplice de cercanos colaboradores suyos; hombres de familia, en apariencia altruistas, y dignos de sus vocaciones de servicio, por tanto libres de toda sospecha. Hoy, en contraste con la vileza de aquellos hombres, las críticas que recibió Frei de sus más enconados adversarios políticos, lo mismo de izquierda como de derecha, palidecen casi apagándose en una tregua que confirma el valor de lo civilizado.

Frei fue uno de los líderes más lúcidos del siglo veinte. Un hombre que amaba a Chile, su tierra y su gente, de cuyo futuro hablaba como quien vislumbra la copia feliz del Edén. Un católico justo convencido de la justicia social, lo que le valió ser tratado de blandengue, indeciso y oportunista por el franquismo cuando su proyecto social tomaba distancia del ordoliberalismo de Ludwig Erhard, pero conquistaba en cambio el corazón de su inspirador: Jacques Maritain.

Diario de Concepción


La Trayectoria Histórica De Frei

23 enero, 2009

 

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Hace un par de meses salió a librerías una nueva publicación del ultraconservador Manuel Farías. Se llama la Muerte del Camaleón, y pretende ser la historia de la Democracia Cristiana chilena y de su descomposición. No es por morboso interés en los ensayos sensacionalistas que llegué a la Muerte del Camaleón, sino porque me topé con una columna escrita en el Diario Financiero por Fernando Moreno Valencia, otro neoconservador e integrista católico, pródigo en alabanzas hacia Farías.

 

Moreno Valencia nunca se ha resignado al crepúsculo del marxismo y, por consiguiente, a la absoluta pérdida de actualidad de su anti-marxismo. De ahí que persevere en sus especulaciones teóricas, como si a cada instante constatara la presencia de aquellos viejos fantasmas en los episodios más triviales y cotidianos de la vida política. Es su fatal obsesión; como en Farías lo es la creencia en una conspiración mundial contra los judíos. Y nadie debiera llamarse a asombro si de pronto se viera saltando desde un postulado general y abstracto, hacia un caso particular y concreto. En la epistemología de Moreno esos abismos suelen franquearse sin dificultades ni mediaciones. Y es que sólo una distorsión semejante puede explicar la apología que Moreno Valencia hace de Víctor Farías y de su libro. Lo llama —contrariando el espíritu de Hannah Arendt— decidor de la verdad, y cree ver en su relato un análisis y explicación impecablemente científicos.

 

Pero en las 260 páginas de su libro, para mal de la teoría del conocimiento, Farías omite, falsifica y saca los datos de su contexto histórico. Aunque Farías confiesa que su propósito es demostrar el origen fascista de la Democracia Cristiana, lo que en verdad revela es su deseo de desacreditar la figura moral e intelectual de Eduardo Frei Montalva, el camaleón de su relato.

 

Le basta el nombre falange para hallar un símil entre la Falange Nacional y la Falange Española. Repara en los signos militaristas de la Falange Nacional, pero oculta que hacia 1930 todas las juventudes políticas exaltaban las virtudes de la organización vertical y disciplinada, sin que ello las convirtiera en los auténticos movimientos fascistas que fueron aquellos como el del Seguro Obrero, que Farías sin embargo prefiere ignorar.  Para demostrar que Frei poseía una mentalidad extremadamente racista y de fuerte e inhumano desprecio, Farías refiere a unas notas donde se narran las aventuras de jóvenes que lanzan plátanos y agua a unos negros. Francamente, más parece una proyección de las fobias del autor hacia aquellos negros, que la comprobación de su afirmación general.

 

Farías critica a Frei por lo que escribe sobre Acción Francesa. Considera que Frei emula a la organización católica gala. Más aún, observa que es entonces cuando Frei introduce la primera y brutal discrepancia con el pensamiento y la doctrina moral de Jacques Maritain. Pero, cuando uno lee los artículos de Frei, no ve sino la lúcida descripción hecha por un cronista riguroso. Frei procura hacer un análisis comprensivo de los fenómenos, y esto le impone desentrañar y explicar lo bueno y lo malo de los actores involucrados. Farías sólo presta atención a las virtudes que Frei destaca de Acción Francesa. Tampoco Farías dice que Acción Francesa tuvo que imponer su perfil católico por sobre las tendencias fascistas que pugnaban en su interior. O, ¿de dónde cree Farías que salieron Georges Valois y su Faisceau, sino de Acción Francesa? Y en cuanto a esa primera y brutal discrepancia que le atribuye a Frei, ¿por qué Farías calla que Maritain militó en Acción Francesa? ¿Y por qué Frei habría de entrar en discrepancias con el filósofo católico?

 

Farías reprocha a Frei por lo que dice de Hitler a principios de los años ‘30. Frei habría escrito: «No es tiempo todavía de juzgar ni las condiciones del hombre ni la eficacia de su doctrina, o si ha causado grave perjuicio a su pueblo». También lo desaprueba por lo que opina de Mussolini y Franco. Con su invectiva, Farías se fuga de las circunstancias históricas ignorando el convulso contexto en el cual se desarrollan los acontecimientos, y juzgando la opinión de Frei desde la segura mirada al pasado que le brinda el siglo XXI.

 

Otra vez Farías se detiene en la crítica literaria que Frei hace de El Kahal, la novela del argentino Hugo Wast que narra los hábitos y costumbres de los judíos. Y otra vez es recomendable leer la columna de Frei y sacar propias conclusiones, pues a través de las que sugiere Farías todo acaba confundido. Tanto así, que para demostrar el virtual antisemitismo de Frei, Farías pone como prueba los arrestos anti-judíos que podrían hallarse en la novela de Wast. Y, al igual que con el artículo sobre Hitler, Farías juzga a Frei por lo que ha ocurrido con la obra de Wast entre 1937 y 1945, o sea, mucho tiempo después que Frei ha escrito su crítica. Y nuevamente el autor de La Muerte Del Camaleón pierde el contexto y el razonamiento lógico.

 

Farías se vería en serios aprietos si se le aplicaran sus métodos de validación a las creencias que él profesa. ¿Qué diría, por ejemplo, de las diferencias inter-religiosas de hoy? ¿Qué diría del Papa, que aprobó La Pasión, la más cruda representación del calvario de Jesús? ¿Qué diría de los conflictos que asolan la Franja de Gaza? De seguro que cuanto respondiera lo pondría en contradicción consigo.

 

No es éste el lugar para profundizar un debate que exige investigación y análisis. Habrá tiempo y trabajo para ello. Me pregunto, sin embargo, cuál debería ser el criterio para juzgar la trayectoria de Eduardo Frei Montalva. ¿Cuál el referente moral que le reconozca la autoridad y coherencia que hoy le mezquinan Moreno y Farías? Yo creo que la luz que ilumina y eleva el testimonio intelectual de Eduardo Frei, es precisamente la voz del filósofo que a lo largo de la edad madura inspiró su conducta política. La palabra de Jacques Maritain, el testigo del siglo que, en su última carta, le confiesa: «Estoy persuadido, como usted, que su experiencia no ha sido un fracaso. Dios lo conduce todo y doy gracias de vuestra decisión de continuar la lucha por las ideas a que ha consagrado su vida».