PACTO PARLAMENTARIO AHORA

15 junio, 2017

Un pacto parlamentario que aglutine a su amplio arco de fuerzas, no sólo es viable, sino que puede conquistar un alto quórum legislativo, para lo cual debe fundarse en un compromiso político y programático que permita sustentar la candidatura que pase a segunda vuelta y al futuro gobierno que surja de las urnas.

Nadie puede poner en duda nuestra vocación unitaria para mancomunar a la Democracia Cristiana y a la Nueva Mayoría. Lo probamos cuando impulsamos una mesa integrada encabezada por la senadora Carolina Goic y formada, entre otros, por la diputada Yasna Provoste, primera mayoría del Consejo Nacional. Su misión era aglutinar al partido y elevar su moral interna tras la renuncia del senador Jorge Pizarro. Luego, pese a la caída electoral sufrida en las municipales de octubre, le renovamos nuestra confianza y bregamos por su continuidad. Fue por eso que apoyamos sus mejores opciones en las elecciones territoriales de diciembre y de renovación de directiva de enero.

Su explícito compromiso de reconocer domicilio en la centroizquierda y de concurrir a unas primarias de la Nueva Mayoría, nos llevó a confluir en el consenso que convirtió a Goic en la carta presidencial democratacristiana. No otro fue el espíritu que emanó de la junta nacional de marzo, el mismo que nos animó en el cónclave de abril, cuando reiteramos la necesidad de postular un candidato presidencial y una lista parlamentaria de la centroizquierda como condiciones para un gobierno reformador, mayoritario y estable. Es claro que no fuimos escuchados. Y en una votación secreta, libre y legítima cuyos resultados acatamos, el partido fue puesto en la senda del camino propio que, creemos, difícilmente haya sido el querido en su fuero interno por los delegados.

Los efectos previsibles de esta elección han creado la coyuntura ideal para aquellos que han buscado separar a la falange de la Nueva Mayoría y del gobierno y situarla en la derecha. Pero también es la oportunidad propicia para quienes quisieran deshacerse de la Democracia Cristiana y perfilar una socialdemocracia más nítida y cohesionada. Ambas tendencias podrán propugnar y acaso conseguir una mayor pureza de sus respectivas identidades, pero eso será a costa de abandonar la política del compromiso que, para asegurar reformas y gobierno de mayorías, siempre supone diálogo, renuncia y gradualidad.

En su mensaje al Congreso, la Presidenta Bachelet recordó la trayectoria histórica de este compromiso y exhortó a sus líderes a mirar el mañana para aquilatar el sentido de misión que la convoca. Lo mismo ha hecho el senador Alejandro Guillier al animar a los partidos que lo apoyan a concordar una lista común. Esta disposición nos insta a corregir el rumbo y a reducir sus riesgos. Tal desafío exige asumir que un pacto parlamentario y dos candidatos presidenciales, no siendo el óptimo de ninguna coalición, es un hecho dado sobre el cual debemos actuar para salvar el destino de la centroizquierda.

La Democracia Cristiana ha expresado en sus máximas instancias de deliberación la voluntad de continuar unida a sus antiguos aliados. Todos los sondeos de opinión revelan, asimismo, que la centroizquierda es mayoritaria, y que un pacto parlamentario que aglutine a su amplio arco de fuerzas, no sólo es viable, sino que puede conquistar un alto quórum legislativo, para lo cual debe fundarse en un compromiso político y programático que permita sustentar la candidatura que pase a segunda vuelta y al futuro gobierno que surja de las urnas.

Diputados firman acuerdo
Lista única
Nueva Mayoría por lista única
Lista de centroizquierda

LA FATAL PROFECÍA DEL CAMINO PROPIO

27 octubre, 2016

camino

« ¿Qué ocurrió realmente con el camino propio inaugurado por el PRI? El PRI se incorporó al gobierno de Sebastián Piñera y, luego, al pacto de la derecha donde, como era de esperar, sus partidos fuertes, Renovación Nacional y la UDI, lo consumieron hasta convertirlo en una presencia virtual.»

La fatal profecía del camino propio

En la década pasada el Partido Regionalista de los Independientes, PRI, era —al igual que Chile Primero y el Ecologista— una fuerza política en formación a la que se le auguraba un promisorio porvenir. El PRI fue el instrumento que un sector de la Democracia Cristiana liderado por Adolfo Zaldívar empleó para emprender la marcha hacia el camino propio.

La sola fundación del PRI constituyó un fuerte golpe para la DC, y así se reveló en las elecciones municipales de 2008. Aquel año la falange perdió alrededor de 400 mil votos que nunca más volvieron a sus arcas electorales. Entonces el PRI capturó unos 225 mil sufragios correspondientes al 3,7 por ciento de los emitidos, pero cuatro años después, duplicó esta votación y consiguió elegir 135 concejales. Todo un sueño. Superó a los partidos Comunista y Radical. Sin embargo, el domingo pasado se convirtió en la colectividad más castigada por la ciudadanía al perder unos 300 mil electores, bajar al 2,4 por ciento y elegir no más de 42 concejales.

¿Qué ocurrió realmente con el camino propio inaugurado por el PRI? El PRI se incorporó al gobierno de Sebastián Piñera y, luego, al pacto de la derecha donde, como era de esperar, sus partidos fuertes, Renovación Nacional y la UDI, lo consumieron hasta convertirlo en una presencia virtual.

Este es el camino que, tras una persistente, prolongada y descarnada crítica al Gobierno y al programa, ofrece al partido el grupo «Progresismo con Progreso»: abandonar la Nueva Mayoría y competir en noviembre de 2017 con un candidato, una lista parlamentaria, y una lista de consejeros y de gobernadores regionales. Esto significa ir solos, aguantar solos y perecer solos por la identidad partidaria, siempre entendida como el freno perentorio a las transformaciones del modelo y del régimen político heredados de la dictadura.

Curiosamente, los progresistas con progreso no ignoran el fatal desenlace de su oferta política y estratégica. Algunos fueron exitosos organizadores de las Nuevas Generaciones que vendrían a corregir el modelo y a refundar el partido. Otros alzaron las banderas de una cruzada destinada a erradicar a los díscolos sin miramientos. ¡Váyanse, váyanse, váyanse! Es el eco que aún retumba en los pasillos de Alameda 1460 cada vez que se apela a sanciones disciplinarias para restablecer la unidad y el orden de la colectividad.

Un mérito tiene la reedición del PRI que postula el PP, y es que muestra sin ambages ni medias tintas a dónde quiere conducir al partido. Esto obliga a todos los sectores y sensibilidades internas a fijar sus posiciones con claridad y, a la Democracia Cristiana, a plebiscitar las dos vías que tiene ante sí.


EL SECRETO DE PEÑA

22 agosto, 2016

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El problema de Peña es su disonancia cognitiva. Es la íntima tensión, por incompatibles, entre sus creencias y su comportamiento.

Para resolver esta contradicción, Peña opta por aquella alternativa que le provoca menor distorsión a su ego: elige el actual estatus social y cultural que detenta, y los intereses asociados a él, y sacrifica las creencias de que es tributario —el pensamiento crítico y totalizante de los años sesenta— imputándoselas a Bachelet y, luego, condenándolas. Como en el vudú, clava alfileres en un muñeco de trapo con la expectativa de conjurar su propio pasado.

Por eso, Peña puede pasar con facilidad de la pasión apologética por Bachelet al desamor lacerante.

Peña escribía de ella, el 17 de julio de 2005, siendo aún no más que vicerrector académico de la UDP, a propósito, como ahora, de la Encuesta CEP, y cuando Verónica Michelle Bachelet aún no llegaba a La Moneda:

«El secreto de Verónica es, a fin de cuentas, ser como usted o como yo, y no esmerarse en ocultarlo con frases bíblicas y citas de segunda mano o con ideas ingeniosas que entretienen, pero no identifican a nadie. Y la política ―una maldición para la “public choice” y todos los economistas botados a cientistas políticos― todavía necesita apelar a esa dimensión de nuestra vida que reclama reconocimiento, ésa en la que usted y yo buscamos consuelo y algún motivo para creer que, en medio de tantos sinsabores, a veces espera un final feliz».

«Ay desamor, desamor / negro desamor / feroz desamor», cantará Serrat de pie, sólido frente al vértigo.

El secreto de Verónica

La caída de Bachelet

 

 


EL SUCESOR DE BURGOS

9 junio, 2016

 

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Mario Fernández, quien sucede a Jorge Burgos en el Ministerio del Interior, es un democratacristiano conservador. Pertenece al antiguo tronco aylwinista de la colectividad, cuya rama más vigorosa es, hoy por hoy, la representada por Soledad Alvear y Gutenberg Martínez.

Fernández, en un contrapunto con Jorge Correa Sutil —que al igual que él integraba en 2008 el Tribunal Constitucional—, votó en contra de la Píldora del Día Después a propósito del recurso de inaplicabilidad del Decreto Supremo N° 48. Tras dejar su cargo de embajador en Austria, asumió la representación diplomática de Chile en Uruguay en reemplazo del comunista Eduardo Contreras.

Por su estilo y trayectoria, y por los apoyos transversales que concita en la Democracia Cristiana, probablemente culminará su desempeño como jefe de la cartera cuando concluya el gobierno, lo que recordará a Pérez Yoma, del mismo sector interno del partido, en el primer mandato de Bachelet. En todo caso, su ingreso al comité político marca la retirada de los príncipes. El año 2002 Fernández apoyó a Jorge Pizarro, que entonces disputaba con Ignacio Walker y Adolfo Zaldívar la conducción partidaria.

Habrá, en consecuencia, un giro en las formas de relacionarse con la Presidenta. Un estilo menos mediático y estridente, y más cuidadoso de las investiduras de cada cual. Habrá, asimismo, una relación más fluida con los aliados, especialmente, con los comunistas, y no porque Fernández sea más proclive que Burgos al entendimiento con ellos, sino porque el nuevo titular cree en la racionalidad de la política y en el valor pragmático de las coaliciones. Así lo demostró cuando estuvo al frente del Ministerio Secretaría General de la Presidencia.

¿Qué se espera de Fernández? Que movilice los recursos y atributos a su haber para ordenar al Gobierno y a la Nueva Mayoría. Sobre todo, que llame al orden a quienes dependen directamente de él. Que dialogue y procese las diferencias reales e importantes, sin gastar ni hacer gastar a otros, energías en conflictos de bajo perfil. Que no incurra en el error de asumir la representación vicaria de determinados intereses grupales, los que, a no dudarlo, querrán ponerle sus propias banderas a la nueva embarcación, sino que mantenga una comunicación directa e ininterrumpida con la directiva de su partido, la Democracia Cristiana y, naturalmente, con las mesas legítimas de los demás partidos.

En fin, que al menos guarde en el armario, hasta mejor hora, las retroexcavadoras, los matices, los realismos y las renuncias, y ponga a todo el mundo a trabajar para salir airosos del veredicto de las urnas.

Fernández, el más bacheletista de todos


SINDROME DE CRONOS

11 abril, 2016

 

Cronos corta las alas a Cupido

Cronos corta las alas a Cupido

Síndrome de Cronos

Miedo a perder el poder es lo que se conoce como Síndrome de Cronos. En la mitología griega Cronos destronó a su padre, Urano, y, después, presa del temor a ser desplazado por sus hijos, como lo anunciaba la profecía, fue devorando a cada uno de ellos.

No bien hubieron concluido los rituales con que la Junta Nacional de la Democracia Cristiana inició una nueva etapa en el partido, se pusieron en actividad múltiples mecanismos de control destinados a rodear y a limitar la facultad de movimiento de la nueva mesa.

Quizá una de las piezas más elocuentes de esta reacción esperada, sea el discurso del ministro Jorge Burgos a la Junta. Ese que nunca fue pronunciado y que, no obstante, fue publicitado una semana después. Nada impedía que el ministro lo leyera ante la asamblea. Aún más, por la defensa que hacía el jefe de gabinete de su agenda propia, de la política de los matices y de sus contrapuntos con los comunistas, no sólo existía amplio espacio y oportunidad para formularlo, sino que, a no dudarlo, el ministro habría contribuido al debate… y, naturalmente, a acaparar las críticas de sus camaradas.

¿Por qué no lo hizo? Porque tras un desenlace que cambió el balance y las proyecciones estratégicas de la colectividad, ya la audiencia no era receptiva a esas ideas.

¿Por qué decidió hacerlo fuera del contexto ofrecido por la máxima instancia de resolución democratacristiana? ¿Qué sentido tiene difundir ahora un planteamiento que no influirá en la decisión que adoptó el partido? ¿Por qué arriesgar así la máxima posición jerárquica que detenta el partido en el Gobierno?

Porque, al igual que la entrevista al senador Ignacio Walker en El Mercurio, el texto busca redibujar la cancha que rayó la Junta Nacional DC, un paso que es visto como la derrota terminal de las tesis que han alimentado las fricciones de los últimos meses.

En su entrevista, Walker procura reinterpretar el voto político aprobado y, lo que no puede parecer menos que simpático, intenta hacer una traducción de las palabras pronunciadas por la presidenta del partido. Algo así como Goic en versión Walker. Pero la  Junta desechó romper con la centroizquierda y rechazó aventurarse en el camino propio, como Walker y otros de su sector han insistido durante este período. Y si una palabra se le ha oído clara a Carolina Goic es que más que hablar de matices desea hablar de cambios. De este modo, el discurso ex post facto de Burgos y la exégesis de Walker, se convierten en los modelos más representativos de cómo dar un giro retórico y seguir diciendo lo que ya fue superado por las circunstancias.

Desde luego, no son puras palabras. Hay también conductas. Se ha anunciado la instalación de una especie de guarnición, integrada por expresidentes de la colectividad. Estos tendrían la tarea de reforzar a la directiva, lo cual puede ser entendido como sumarle fuerzas y dejarla gobernar o, en el extremo, como ir en auxilio de lo que, en apariencia, se ve débil y vulnerable y acabar ocupando su lugar. Hay que decir que aquella imagen de los expresidentes detrás de la nueva mesa, si acaso tuvo un valor iconográfico por reflejar el consenso del 2 de abril, no es en modo alguno determinante de la solución que, finalmente, concordó la máxima instancia de deliberación DC.

La figura de los expresidentes no existe en la institucionalidad partidaria y, por su carácter honorífico, sus opiniones no pueden ser vinculantes con lo que resuelve la directiva. Tampoco el comité programático que se pretende sea dirigido por el exministro de Hacienda Alejandro Foxley, existe en los estatutos, y sus propuestas estratégicas no podrían ir más allá de las que resulten del VI Congreso Nacional de la Democracia Cristiana.

Es el síndrome de Cronos. Fatal, sin embargo, pues el dios del tiempo terminó derrotado por sus hijos.

En un pasaje de su discurso ante la Junta DC, la Presidenta Bachelet apuntó a los próximos desafíos. «Tenemos aún un largo trecho por recorrer para hacer realidad el país que anhelamos —dijo—. Más largo que lo que abarca el actual Gobierno. Ahora es cuando Chile necesita una Nueva Mayoría sólida y una Democracia Cristiana fuerte y dinámica». Fue el momento cuando la audiencia rompió en aplausos mientras el diputado Andrade comentaba a algún escéptico —y aún más perplejo— que, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, había que escuchar la voz de las bases.

Goic y los matices

Discurso ex post del ministro Burgos

Entrevista de El Mercurio a Ignacio Walker

Discurso ex ante del vicepresidente de Brasil


SUCESIÓN DEL CARISMA

26 enero, 2016

chaman

No es cierto que la DC haya perdido votos por haberse aliado con la izquierda. Tampoco es cierto que los votos que pierde la DC vayan a la derecha. Y no es cierto que sin la DC la centroizquierda no tenga ninguna posibilidad de ser gobierno hasta el año 2038.

En la elección parlamentaria de 1993, en pacto con la izquierda, la Democracia Cristiana obtuvo más votos que los conseguidos cuatro años antes, mientras que en el mismo lapso de tiempo la derecha contrajo su votación. En la siguiente elección, la de diputados de 1997, la falange perdió cerca de 500 mil sufragios y la derecha alrededor de 250 mil. ¿A dónde fueron a parar estos votos? A la abstención desencantada.

En cuanto a los escenarios futuros, es indudable que tras el quiebre político que supuso el gobierno de Piñera, surgen nuevas fuerzas políticas y sociales que cambiarán, como en España, el horizonte de la centroizquierda. Hay que esperar qué nos depara el destino para dentro de nueve meses, cuando la ciudadanía vuelva a las urnas.

Como sea, las frases del preámbulo pertenecen a un relato especulativo, sin asiento en la realidad. Un relato que si en el pasado sirvió para reproducir el poder de quienes lo formulan, hoy carece de eficacia en la formación de la política.

La suya es una apología de la autoridad carismática, aquel conjunto de atributos excepcionales no asequibles a la gente común que, desde las sociedades primitivas hasta nuestros días, ha sido reservada a profetas, chamanes, brujos y visionarios, y que, como enseña Max Weber, no se rige por normas intelectualmente analizables, a diferencia de la racionalidad democrática, e incluso de la lógica inmanente al tradicionalismo monárquico. Simplemente es un hecho consumado e indeleble, como en la Alemania nazi, donde la palabra de Hitler llegó a ser ley, o como durante el siglo XX chileno, cuando se creyó que el discurso político poseía un centro originario, críptico e insondable, al que tenía acceso privilegiado sólo cierta clase de iluminados.

Se trata, sin embargo, de un relato que ha procurado resolver, aunque sin éxito, la sucesión del carisma, el mayor desafío para este tipo de liderazgo que sólo existe en su nacimiento y que, para perdurar, precisa convertirse en una convención asumida por todos. Es lo que se denomina la rutinización del carisma. Consiste en transmitir las facultades y poderes carismáticos, ahora separados de los atributos personales, a los nuevos herederos.

Para prolongar su permanencia, primero se intentó instalar una tradición, la escrita y difundida en el otoño de 1998 por los llamados autocomplacientes bajo el rótulo «Renovar la Concertación, la fuerza de nuestra ideas», de la que es reminiscencia marchita «Progresismo sin progreso: ¿El legado de la Nueva Mayoría para Chile?». En otro frustrado esfuerzo, llevado a cabo el 16 de octubre de 2004 en el Centro de Eventos San Carlos de Apoquindo, se buscó que el ex presidente Frei ungiera a los que debían hacerse cargo de administrar el legado. El propósito era lograr su reconocimiento a los puestos de autoridad y prestigio que garantizaban la seguridad y estabilidad del sector. También se apostó a que el criterio de elegibilidad de los sucesores fuera el carisma hereditario de grupos de parentesco. Con ello se pretendía provocar la transición hacia un carisma de cargo. Fue entonces cuando conoció la luz el proyecto incubado desde 2002 y publicitado por El Mercurio en octubre de 2005: «Los nuevos príncipes herederos de la DC».

Si estos mecanismos de sucesión fracasaron, fue porque en el proceso emergió otro carisma, de sí revolucionario —en el sentido weberiano de la expresión—, el representado por Adolfo Zaldívar.

La irrupción de Zaldívar fija un antes y un después, abre una crisis que aleja, probablemente para siempre, la posibilidad de suceder el carisma que predominó en la antigua Concertación. Ello habría de verse reforzado por una tendencia de más larga longitud de onda, como fue la expansión sin precedentes de las comunicaciones, cambio social que incorporó a las personas a una cultura reflexiva que les permitió participar en múltiples centros de información y deliberación. Pero lo que le dio el tiro de gracia a aquel imaginario de héroes y salvadores, de seguidores y secuaces, fue la moderna racionalidad económica de la corrupción, cuyo cálculo de rentabilidad penetró a tal punto la actividad política que logró seducir a sus otrora más limpios adversarios.

Max Weber Economía y Sociedad

José Ortega y Gasset El ocaso de las revoluciones

El problema de la DC es ella misma


REINVESTIDURA

20 octubre, 2015

Investidura

La investidura es un valor subjetivo que precisa ser positivamente apreciado a través de símbolos, como la banda presidencial, el báculo pastoral, la toga o el birrete. Pero sobre todo, a través de la actitud, el gesto, la conducta visible, que viste o reviste quien detenta una posición de poder.

La investidura presidencial no es algo que se tome y se consume en la ceremonia de traspaso de mando, aunque dicho ritual es una señal pública necesaria para testificar que el cargo ha cambiado de posesión. La investidura más bien es el protocolo del ejercicio del poder que da cuenta permanente de la potestad que asiste a quien lo posee. El carácter que cada día se expone al escrutinio público, y que cada día puede ser empañado, oscurecido y eclipsado, o esclarecido y realzado.

Dañan esta investidura —que en nuestro país concentra la Jefatura del Estado, la Presidencia de la República y la máxima jerarquía del Ejecutivo— las acciones que, orillando las facultades presidenciales, buscan cambiar el curso del gobierno, las operaciones que tienen como propósito presionar a la autoridad para que resigne sus funciones, y el desborde de los otros poderes públicos hacia su esfera de competencia. Ninguno de estos embates contra la investidura, pretendidamente justificados por los estados de ánimo y de salud de la Presidenta, por las caídas de su popularidad y por los desconciertos de su coalición política, ha pasado inadvertido para la opinión pública que, sensibilizada por el daño ocasionado y escéptica de las motivaciones esgrimidas, ha empezado a prestar legitimidad a los actos reparatorios de la dignidad del cargo.

El reordenamiento del gobierno, el contacto con la ciudadanía, las exhortaciones fidelizatorias a la coalición, y la potencia, como el ascendiente, de los mandatos observados últimamente en el desempeño de la Presidenta, constituyen actos de reinvestidura orientados a restablecer la plena posesión del cargo. Al posesionarse nuevamente, la Presidenta reasume en toda su magnitud y magnanimidad la tradición democrática y republicana que, encarnada en la más alta magistratura, y más allá de las circunstancias históricas, nos identifica y nos proyecta como el nosotros que los chilenos anhelamos ser.

La selfie de Bachelet

El Mostrador