LA FATAL PROFECÍA DEL CAMINO PROPIO

27 octubre, 2016

camino

« ¿Qué ocurrió realmente con el camino propio inaugurado por el PRI? El PRI se incorporó al gobierno de Sebastián Piñera y, luego, al pacto de la derecha donde, como era de esperar, sus partidos fuertes, Renovación Nacional y la UDI, lo consumieron hasta convertirlo en una presencia virtual.»

La fatal profecía del camino propio

En la década pasada el Partido Regionalista de los Independientes, PRI, era —al igual que Chile Primero y el Ecologista— una fuerza política en formación a la que se le auguraba un promisorio porvenir. El PRI fue el instrumento que un sector de la Democracia Cristiana liderado por Adolfo Zaldívar empleó para emprender la marcha hacia el camino propio.

La sola fundación del PRI constituyó un fuerte golpe para la DC, y así se reveló en las elecciones municipales de 2008. Aquel año la falange perdió alrededor de 400 mil votos que nunca más volvieron a sus arcas electorales. Entonces el PRI capturó unos 225 mil sufragios correspondientes al 3,7 por ciento de los emitidos, pero cuatro años después, duplicó esta votación y consiguió elegir 135 concejales. Todo un sueño. Superó a los partidos Comunista y Radical. Sin embargo, el domingo pasado se convirtió en la colectividad más castigada por la ciudadanía al perder unos 300 mil electores, bajar al 2,4 por ciento y elegir no más de 42 concejales.

¿Qué ocurrió realmente con el camino propio inaugurado por el PRI? El PRI se incorporó al gobierno de Sebastián Piñera y, luego, al pacto de la derecha donde, como era de esperar, sus partidos fuertes, Renovación Nacional y la UDI, lo consumieron hasta convertirlo en una presencia virtual.

Este es el camino que, tras una persistente, prolongada y descarnada crítica al Gobierno y al programa, ofrece al partido el grupo «Progresismo con Progreso»: abandonar la Nueva Mayoría y competir en noviembre de 2017 con un candidato, una lista parlamentaria, y una lista de consejeros y de gobernadores regionales. Esto significa ir solos, aguantar solos y perecer solos por la identidad partidaria, siempre entendida como el freno perentorio a las transformaciones del modelo y del régimen político heredados de la dictadura.

Curiosamente, los progresistas con progreso no ignoran el fatal desenlace de su oferta política y estratégica. Algunos fueron exitosos organizadores de las Nuevas Generaciones que vendrían a corregir el modelo y a refundar el partido. Otros alzaron las banderas de una cruzada destinada a erradicar a los díscolos sin miramientos. ¡Váyanse, váyanse, váyanse! Es el eco que aún retumba en los pasillos de Alameda 1460 cada vez que se apela a sanciones disciplinarias para restablecer la unidad y el orden de la colectividad.

Un mérito tiene la reedición del PRI que postula el PP, y es que muestra sin ambages ni medias tintas a dónde quiere conducir al partido. Esto obliga a todos los sectores y sensibilidades internas a fijar sus posiciones con claridad y, a la Democracia Cristiana, a plebiscitar las dos vías que tiene ante sí.

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INCERTIDUMBRE ELECTORAL

17 noviembre, 2015

incertidumbre

 

Una sola razón explica las tensiones de los partidos políticos de cara a las elecciones de 2016: a diferencia de las municipales anteriores, la del próximo año estará libre del sistema binominal que durante un cuarto de siglo determinó la formación, funcionamiento y estabilidad de las coaliciones políticas, así como la predictibilidad de las urnas, cuya regularidad ni siquiera pudo ser alterada por las profundas mudanzas habidas en la cultura política y en la conciencia del elector.

Desembarazada de este factótum, la incertidumbre de hoy ha quedado embebida en el temor al derrumbe y al ocaso, en una medida que no tiene precedente ni en la peor hora de la derecha, como fue la sufrida en 2012, ni en la mayor crisis de la Concertación, como fue la de 2008. Podría incluso afirmarse que las inseguridades del presente se hallan fuera del juego de las coaliciones, como fuera del mismo operaron durante veinticinco años sus garantías de continuidad. De ahí que la principal amenaza a los partidos actualmente coaligados no provenga de ellos, sino de formaciones políticas emergentes capaces de sustraer al elector de su secular abstención, que es el dato realmente anómalo del comportamiento electoral y que explica la estabilidad mostrada hasta ahora por las coaliciones y la fuga hacia el desencanto de ciudadanos con identidades y proyectos de vida no representados.

Ser parte de una coalición tiene ventajas electorales, pero constituye un grillete para quienes alzan las banderas de la pureza política, y así lo testimonia la trayectoria de la Falange Nacional.

¿Cómo vencer la incertidumbre? De entrada, templando la obsesión por los gobiernos de mayoría y disipando los miedos asociados a sus insuficiencias —inestabilidad e ingobernabilidad—; aceptando que de hecho los gobiernos han venido actuando como si fueran de minoría. Luego, abandonando el modelo anacrónico de negociación que impone exigencias irrealizables a los partidos pequeños sin valorar el aporte de éstos al equilibrio de las coaliciones, como lo confirman CIU y el PNV en España. Por último, dejando de ver entidades monolíticas en los partidos y asumiendo que, lejos del faccionalismo, lo que hay es una pluralidad que reclama ser reconocida.