LA GRAN COALICIÓN

12 julio, 2017

 

La alianza entre el Frente Amplio y la Nueva Mayoría no se realizará jamás a través de la crítica a sus trayectorias, prácticas, concepciones de mundo y contiendas electorales, sino en el encuentro en torno a las aspiraciones y expectativas que forman parte de la muy extendida cultura política de los derechos y libertades.

 

¿Por qué surgen las alianzas entre coaliciones de partidos políticos con distinto signo ideológico? ¿Qué explica la Grosse Koalition, aquella excepcional federación de la conservadora liga CDU/CSU y el Partido Social Demócrata que dan gobierno a Alemania? ¿Qué induce a conservadores y centroizquierdistas a compartir el gobierno de Austria? ¿Es un caso único del norte de Europa?

Más al sur, en España, el centroderechista Partido Popular y el Partido Socialista, aprueban en el Congreso el bono social contra la pobreza energética ―iniciativa largamente resistida por la derecha―, el decreto ley sobre cláusulas suelo que perjudican a los consumidores, y las facilidades de acceso de los jóvenes a programas contra el desempleo.

Y en Francia, el mismo Emmanuel Macron, monedita de oro en nuestra insular geografía (alguna vez también la fue Sarkozy), recluta sin escrúpulos a líderes de los principales partidos de izquierda y de derecha, mientras seduce a las multitudes con la ilusión de un nuevo centro del centro.

¿Por qué está ocurriendo esto que visto desde la conciencia del siglo XX resultaría una insólita contaminación de ideas y creencias?

Se puede arriesgar una respuesta estructuralista, una de larga longitud de onda, que, por su complejidad, escaparía a los estrechos límites que ofrece una columna de opinión. También se puede aventurar una respuesta coyuntural derivada, sin embargo, de tales cambios evolutivos, y que apunta a dos motivos. Primero, al ineludible desafío institucional de formar gobiernos de mayoría parlamentaria. Segundo, al reto democrático de conservar la legitimidad de las formas de vida libres e igualitarias fundadas en el respeto a las personas y a sus derechos, a través de la garantía de estabilidad y gobernabilidad, especialmente en aquellos países sacudidos por vertiginosas mudanzas de la moral, la técnica, la política y la economía.

Pero, más allá de estos propósitos de bien común, ¿qué lleva a los partidos políticos a estacionar sus querellas históricas e ideológicas y disponerse a la colaboración? Es un principio de identidad. A través del compromiso, consiguen proyectar e imprimir en la memoria colectiva la defensa de sus prácticas y tradiciones. De este modo los partidos perfilan su propio quehacer en la elaboración de la política pública. Y es sabido que no hay compromiso político democrático más eficaz que el que se hace desde el Estado, desde el gobierno de la sociedad, desde sus instituciones y sus organizaciones vivas.

Es indudable que la viabilidad de una alianza entre las dos coaliciones constituidas por el Frente Amplio y la Nueva Mayoría, no se mostrará jamás en la crítica recíproca a sus trayectorias, prácticas, concepciones de mundo y contiendas electorales. Ello sólo pondría de relieve purezas que acentuarían la diferenciación y la lucha por la fidelización de los méritos en disputa, abriendo así una brecha que sólo confundiría, sin persuadir, a los miles de seguidores de ambas formaciones.

Distraídos en esta brega, pasarían desapercibidas aspiraciones y expectativas que forman parte de una muy extendida cultura política de los derechos y libertades, y que los programas electorales y las políticas públicas no han sabido o no han podido traducir. No es por nada que, según la encuesta Bicentenario, el 56 por ciento de los chilenos considere que lo mejor para el país es que haya igualdad social y una distribución de los ingresos más equitativa, y que más de dos tercios crea que los derechos a la salud, a la protección del medio ambiente, y a la igualdad ante la ley no están garantizados.

La construcción de compromisos entre las dos coaliciones no es obra de una mesa de reunión. Es un proceso que comporta, sin abandonar la competencia electoral, un debate de ideas de cara a la ciudadanía que cruce la primera y la segunda vuelta presidencial, y que, eventualmente, culmine en el acto de investidura del próximo gobierno.

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LA RADICALIZACION DEL CAMINO PROPIO

13 junio, 2017

La radicalización del camino propio se revela así como el diseño de largo plazo —no refrendado por ninguna instancia superior— que, de paso, dinamita los pocos atajos que van quedando para arribar a un acuerdo de colaboración con la centroizquierda.

La Junta Nacional DC del 29 de abril no votó por el camino propio ni por abandonar la centroizquierda. Lo que hizo el 63 por ciento de su asamblea —que no la unanimidad anhelada— fue respaldar la voluntad de la senadora Carolina Goic de ir a primera vuelta. Nada más y nada menos. Sin embargo, el giro dado por la colectividad el pasado fin de semana tras el alejamiento de Pablo Badenier como jefe de campaña, se propone consolidar la ruta irreversible hacia ese puerto. El golpe de timón dado este domingo responde a la necesidad de pureza identitaria que se le quiere imprimir a la campaña. Y el perfil de los tres nuevos coordinadores que vienen a sucederlo así lo confirma.

Jorge Burgos representa la política de ruptura con el gobierno de Bachelet, con la Nueva Mayoría, especialmente con los comunistas, y, por cierto, con todos aquellos que acusaron alguna autoría en la apología de la retroexcavadora. Burgos personifica al laguismo democratacristiano. Es la evocación tardía de los primeros años de la transición democrática. El puente tendido hacia los liberales de la ex Concertación, hoy en franca retirada a sus cuarteles de invierno.

Juan Carlos Latorre, como presidente de la Organización Demócrata Cristiana de América, es el nexo con los partidos de derecha que actualmente confluyen en el cosmopolita centro reformista, eje del sistema de coaliciones que se pretende reproducir en Chile. Latorre, que en 2009 fue el más renuente de los timoneles de la Concertación a un entendimiento de Frei con Enriquez-Ominami de cara a la segunda vuelta, abriga la convicción, por lo demás ampliamente difundida, de que la coalición de centroizquierda es una trampa para la falange y un daño a su identidad.

Por último, Eduardo Saffirio pertenece a la tradición conservadora neoconfesionalista que —junto a Soledad Alvear, Carlos Massad, Sergio Micco, Patricio Zapata, entre otros— se ha opuesto al proyecto de interrupción voluntaria del embarazo en tres causales. Saffirio es de los que hubieran deseado que los parlamentarios y militantes del partido rechazaran este punto programático de la Nueva Mayoría y subordinaran su voto a lo que la iglesia Católica entiende por conciencia recta, informada y responsable. Por su fundamentalismo doctrinario, Saffirio será pues el cedazo que frenará en su origen los signos de mezcla, mestizaje y contaminación progresistas que pudieren exhibir los contenidos programáticos.

La radicalización del camino propio se revela así como el diseño de largo plazo —no refrendado por ninguna instancia superior— que, de paso, dinamita los pocos atajos que van quedando para arribar a un acuerdo de colaboración con la centroizquierda.

Las tensiones que sobrevendrán provocarán en la militancia una fragmentación mucho más severa que esa que, a instancias de una política de hechos consumados, está padeciendo la mesa directiva nacional, paradójicamente elegida como opción unitaria para unir al partido.

El Mostrador


EL FIN DE LAS COALICIONES

11 mayo, 2017

No ocurrirá el fin de las coaliciones, ni se realizará la promesa del paraíso.

Entre las razones que ofrecen los émulos de la soledad política, está la de mantenerse limpios de toda contaminación que pudiera alterar la pureza originaria de una formación política. Esto, suponiendo que aquella ortodoxia se haya mantenido incorruptible a través del tiempo. Y suponiendo, claro, que, pulcra como se conserva, se halle alojada en un arcano custodiado por escribas o sacerdotes que, por estar dotados de facultades vedadas al hombre común, serían los únicos autorizados para revelar el sentido inescrutable de semejante identidad. Resabios de esta creencia decimonónica, hija del iluminismo y del progreso infinito, siguen latentes y, aunque decadentes, continúan bregando contra la racionalidad democrática de nuestros días.

Se trata de una forma de resistencia contracultural de las elites a la irrupción de la diversidad, del pluralismo, de la empatía, de la tolerancia, de la universalidad y de los derechos fundamentales. Es el retorno de la pureza peligrosa de la que nos hablaba Bernard-Henri Lévy. Una que podría ser religiosa, nacional o política, pero que siempre obedece al recuerdo obsesivo de una antigua e improbable integridad que se rebela contra toda ecúmene, toda apertura, todo pacto que corrompa la idea de un origen puro, inocente, inicial.

Por eso, que ahora se augure el fin de las coaliciones políticas —como con mayor elocuencia lo hizo Francis Fukuyama con la historia—, no pasa de ser otra reafirmación identitaria, y otro argumento justificatorio para arropar de legitimidad el camino propio, el seductor vértigo del abismo, procurando alejarlo de la fatal, pero común percepción, de estar en presencia de una muerte asistida.

El fin de las coaliciones es una falsa creencia. Las coaliciones en Chile nunca han sido permanentes, como sí han encarnado continuidades político-culturales, y siempre han estado amenazadas por otras alternativas, y lo seguirán estando. Basta mirar nuestra historia reciente y también la europea.

En 1989, la Concertación enfrentó unida a la derecha, que entonces levantó a Büchi y Errázuriz. En 1993, Frei compitió contra una derecha que postulaba a Alessandri y Piñera, pero por la izquierda ya se perfilaban los precursores del actual Frente Amplio: Max Neef, Pizarro y Reitze. En 1999 Lagos representó a la Concertación y Lavín a la Alianza por Chile, no obstante, aparecieron las candidaturas de Marín, Hirsch, Larraín y Arturo Frei.

El año 2005, con Bachelet, la Concertación desafió a una derecha dividida entre Piñera y Lavín, y, además, a Juntos Podemos. En 2009, este escenario se invirtió de modo que la derecha unida tras Piñera retó a una centroizquierda fragmentada entre Frei, Enríquez-Ominami y Arrate. Por último, en 2013 la Nueva Mayoría confrontó a una derecha separada por Mathei, Parisi e Israel, y a otras opciones como Enríquez-Ominami, Claude, Sfeir, Miranda y Jocelyn-Holt. Este y no otro ha sido el curso de las cosas.

No ocurrirá el fin de las coaliciones, ni se realizará la promesa del paraíso. Del mismo modo que no dejará ser más que ilusión el retorno a una pureza perdida y a una edad de oro lejana en el tiempo. Como todo, la intensidad del éxtasis pasará y nos mostrará lo que humanamente somos y seguiremos siendo.

No estamos dentro de la Nueva Mayoría

Frente Amplio emerge con fuerza

El fin del ciclo de las coaliciones permanentes

 


LA CONVICCION

30 abril, 2017

La actitud de los principales voceros de la tesis, mostraba el aplomo propio de quienes parecían saber que actuaban sobre seguro.

Si nos preguntáramos cuál fue el tono del discurso inaugural de la senadora Carolina Goic en la última junta nacional de la Democracia Cristiana, diríamos que fueron expresiones como «política del matonaje», «ultimátum», «amenazas» y «miedos», un relato diametralmente opuesto al de su proclamación en el conclave del 10 de marzo. Ahí había reiterado su convicción de mantener a la colectividad en la centroizquierda.

«Creo firmemente en la importancia que ha tenido la alianza de la centroizquierda para la gobernabilidad y desarrollo del país —declaró en febrero—. Creo que es importante mantenerla y eso significa sumar fuerzas y llegar a una primaria y tener un candidato único de la fuerza de centroizquierda.»

El de ahora era el lenguaje de la recriminación, de la ruptura y del distanciamiento, un giro que pocos atinaban a comprender y que la mayoría procuraba explicarse.

¿Qué había producido el cambio de convicción de Goic?

El laguismo democratacristiano había resentido el resultado de la elección del Partido Socialista, que auguraba un mal horizonte para las aspiraciones de Ricardo Lagos. La forma en que el Comité Central había granjeado su apoyo a Alejandro Guillier y precipitado el retiro del expresidente, constituía un duro golpe para el sector. El candidato del radicalismo había obtenido el 65 por ciento del pleno, una cifra cercana a las adhesiones que los partidarios de la primera vuelta tenían a su haber en la máxima instancia de deliberación de la Democracia Cristiana.

Por eso, a una semana del cónclave, la convicción de contar con el voto mayoritario de los delegados y la convicción de ir a primera vuelta, fueron todo uno. Luego vinieron el respaldo de Eduardo Frei a la nueva convicción de Goic y el apabullante despliegue comunicacional de los conocidos heraldos del camino propio en las cadenas de El Mercurio y Copesa, y en los principales canales de televisión. Así que cuando el vicepresidente Matías Walker concurrió a la cita reservada de los timoneles de la Nueva Mayoría y les notificó que la tienda iría a primera vuelta, actuaba con la misma certeza de controlar el 62 por ciento de la junta, lo que les espetó osadamente. En los hechos fue el 63 por ciento de los 603 delegados que efectivamente votaron.

Pero Walker no era el único que irradiaba la seguridad del triunfo. La actitud de los principales voceros de la tesis, mostraba el aplomo propio de quienes parecían saber que actuaban sobre seguro. Sus palabras danzaban en una pirotecnia de eufemismos, como la pretensión de que la asamblea estaba de acuerdo en cuestiones esenciales —que el espacio de la DC seguía siendo el de la centroizquierda, que había sido desechado el camino propio, o que se mantendría el apoyo al gobierno— cuando no lo estaba en ninguna.

No pocos arrestos de demagogia y populismo prendían como pólvora frente a una audiencia ampliamente colonizada por enfervorizados invitados fraternales, los primeros en subir al podio y los últimos en permitir la palabra a sus oponentes. Los que ayer habían alentado la candidatura de Lagos y defendido el mecanismo de primarias eran ahora los más exultantes promotores de la primera vuelta. Sin embargo, pese a sus notables giros dialécticos, nunca pudieron demostrar que el domicilio de la DC seguía siendo la centroizquierda en el momento que se consumaba el quiebre con la centroizquierda. Jamás pudieron dar razones de cómo se alcanzaría un acuerdo parlamentario con dos candidatos presidenciales, cuando los demás partidos habían respondido que no estaban disponibles para ello. Y si creían que Goic no tenía cómo vencer en primarias, no pudieron explicar cómo conseguiría hacerlo en noviembre. Fue el profundo vacío estratégico, empapado de voluntarismo mesiánico, que la junta dejó pendiente de ser llenado con racionalidad… y convicción, naturalmente.

Se abre una etapa de incertidumbre que cambiará la relación de la falange consigo misma, con sus antiguos aliados y con el gobierno, pero estos son los desafíos que vencedores y vencidos tendrán que saber administrar en los meses que vienen.

PR: cada candidato con su lista parlamentaria

Goic no transa; tiene la decisión tomada

La posición del PS

PPD: se cierra un ciclo

El suicidio

 


DOSIFICACION ESTRATEGICA

18 abril, 2017

 

¿Cuál ha sido la manera en que se ha ido imponiendo la primera vuelta en la sensibilidad democratacristiana?

Ha sido gota a gota y sin horizonte político y programático claro.

Primero, se dijo que la decisión la tomaría la Democracia Cristiana después de las elecciones municipales de octubre de 2016.

Después, se afirmó que se zanjaría en la junta nacional convocada para enero de este año.

En los meses de verano se sostuvo que sería en la junta de marzo.

En la junta de marzo que proclamó a la candidata presidencial se afirmó que sería en otra asamblea a realizarse a mediados de abril, después de expirar el plazo de inscripción de los partidos.

Luego se la fechó el 29 de abril, dos días antes del cierre de la inscripción para primarias.

El pasado domingo, anticipándose al pronunciamiento de la junta, la senadora Carolina Goic, que reúne además las investiduras de presidenta de la colectividad y candidata presidencial, declaró su convicción de ir a primera vuelta.

Visto este itinerario, ¿qué se querrá hacer en la junta del 29 de abril?

Se buscará respaldar la convicción de Goic.

Para aplacar las resistencias de quienes desean primarias y —como ha ocurrido hasta ahora— proyectar la imagen de unidad y cohesión internas, se agregará que dicho acuerdo sería eventualmente revisado más adelante si la candidatura no prendiera antes del 21 de agosto, fecha en que se cumplen los plazos para inscribir las postulaciones presidenciales y parlamentarias.

Lo más probable, sin embargo, es que hasta el 21 de agosto los partidos de la coalición sólo permanezcan atrapados en un compás de espera confiados en la falsa premisa de que Goic decline su candidatura y, a cambio, se configuren una o dos listas parlamentarias y un solo candidato de la Nueva Mayoría.

Pero esto nunca ocurrirá.

El aprendizaje colectivo que han dejado las recientes experiencias vividas por los partidos, debería llevar a sus actores a fijar expectativas claras, definidas y concluyentes en la Democracia Cristiana antes de su junta nacional.


GOIC Y LA CRISIS DC

16 abril, 2017

En agosto de 2015 ya era previsible el liderazgo de Carolina Goic. Era distinguible por el fuerte contraste que oponía su estilo al darwinismo político del que su propia colectividad, la Democracia Cristiana, había sido víctima. Una cultura de la selección natural donde los más fuertes acaban imponiéndose a los más débiles, y donde los poderes fácticos —económico y comunicacional— terminan subyugando al poder político y sustituyendo el diálogo racional, democrático y deliberante por una opinión mediática, líquida y efímera.

Entonces la figura de Goic irrumpía como una corriente de aire fresco en la densa atmósfera creada por las vetustas maquinarias orgánicas, los liderazgos gastados y los discursos sesentañistas. Así lo demostró en el seno de la falange durante los meses siguientes, al punto que su opción no halló obstáculos, sino, al revés, abundantes muestras de apoyo y colaboración que vinieron a consolidar su ascendiente en la colectividad.

Sin embargo, en los cuatro meses que han corrido desde que lanzó su candidatura, Goic no ha conseguido remontar el vuelo.

Decidida a cargar con el pesado lastre del camino propio, toda su agenda de campaña ha venido siendo colonizada por la confrontación con los aliados, la matización de las diferencias con la derecha, el anticomunismo atávico, y el progresivo condicionamiento de la permanencia DC en la coalición. Dos incidentes protagonizados en menos de cuarenta días —a propósito de Cuba y Venezuela— pudieron dibujar en el rostro empático de la candidata las muecas de una Guerra Fría perdida en el tiempo. Fue la paradoja que percibió la opinión pública: ¿cómo se puede estar en la centroizquierda y hacer del cisma el leitmotiv de una propuesta de campaña? ¿Qué sentido tiene perfilar una identidad que la derecha afina con mayor oficio? ¿Era esto lo que gustaba llamar coalición 2.0?

Goic es consciente de estar escribiendo la crónica de una muerte anunciada. Sabe que su voluntad de llegar sola a primera vuelta con una lista parlamentaria propia, conduce a la derrota de la centroizquierda y a la jibarización de la Democracia Cristiana. Y sabe que tras la crisis gobernará la derecha más involucionista, el duro martillo que golpea sobre el yunque a los más pobres. Es el atajo hacia una coalición de centro reformista para 2021.

La carta de alejamiento de Ricardo Hormazábal, uno de los líderes más prominentes de la transición democrática, no debería dejar lugar a dudas al respecto.

Sin mí no hay primarias, ha sugerido la candidata. Y tiene razón. Pero nadie es más grande que la Democracia Cristiana, solía decir Radomiro Tomic. Las horas que vienen darán testimonio de ello.

 

Goic y la crisis DC

Aldo Cornejo: Si la DC va a primera vuelta se acaba la Nueva Mayoría

Jorge Pizarro: Se formará coalición de centroizquierda sin la DC

 

 


UNA SIMBIOSIS BENEVOLENTE

14 abril, 2017

Se trata de una reciprocidad benevolente que opera en dos direcciones: el pacto parlamentario potencia al candidato presidencial y éste a cada uno de los postulantes al Congreso. Lo cual es consistente con la finalidad política de garantizar gobiernos de mayoría.

Si las primarias y la lista parlamentaria están desacopladas, es decir, si no tienen ninguna conexión entre sí, entonces el acuerdo sobre una y otra se construye en momentos distintos. El primero, antes del 3 de mayo; el segundo, antes del 21 de agosto.

Si la Nueva Mayoría quisiera participar en primarias presidenciales, el plazo para inscribir las candidaturas que competirán entre sí para dirimir al vencedor se cumple a las 12 de la noche del miércoles 3 de mayo.

Puede ser que la candidata de la Democracia Cristiana, Carolina Goic, resuelva en la junta nacional del 29 de abril no concurrir a primarias y, por lo tanto, no inscribir su candidatura. En tal caso, el cierre de los procesos no tendrá importancia para ella, ni para Alejandro Guillier, el otro candidato de la Nueva Mayoría, pues, si ninguno declinara su opción, ambos seguirían en carrera hasta la elección del 19 de noviembre. No habrá primarias y dejará de existir la Nueva Mayoría como alianza electoral y, probablemente, de gobierno. Simultáneamente, al otro lado del espectro político, la coalición de centroderecha se hallará formalizando tanto su participación en primarias como su oferta parlamentaria.

Ni Guillier ni Goic estarán apremiados a inscribir su lista parlamentaria sino hasta el 21 de agosto. Sin embargo, antes del 3 de mayo —incluso antes del 29 de abril— ambos tendrán que dar a conocer la estructura del pacto parlamentario que quieren ofrecerle al país. Esto, porque cada candidato, sea a presidente o a congresista, querrá sacarle el mayor provecho electoral al apoyo ciudadano que tiene a su haber. Y esto se consigue mediante la simbiosis que se produce entre la elección del candidato presidencial y quienes pretenden un sillón en las cámaras legislativas, una asociación de íntima colaboración que sólo la psicología social puede desentrañar en sus detalles, pero que se ha venido confirmando por más de un cuarto de siglo en las elecciones de alcalde y concejales.

Se trata de una reciprocidad benevolente que opera en dos direcciones: el pacto parlamentario potencia al candidato presidencial y éste a cada uno de los postulantes al Congreso. Lo cual es consistente con la finalidad política de garantizar gobiernos de mayoría. Al igual que en los regímenes parlamentarios, el alcalde necesita contar con la mayoría del concejo municipal, como el gobernador regional precisa la mayoría del consejo regional para asegurar la estabilidad y eficacia de su gestión. Por eso, en la práctica, ambas elecciones marchan indisolublemente unidas.

Dicha circunstancia determina lo que ocurriría en cada uno de los siguientes escenarios:

1 Se compite en primaria y con un pacto parlamentario común. Todos los partidos de la Nueva Mayoría se alinean tras el candidato único que se elija en las elecciones primarias del 2 de julio y respaldan la lista única parlamentaria que concuerden. Es la fórmula que otorga el mayor rendimiento electoral parlamentario de la Ley D’Hondt para el 47 por ciento de apoyo en las urnas que los partidos de la coalición obtuvieron en la pasada elección de concejales.

2 Se compite en primaria con dos pactos parlamentarios. Todos los partidos de la Nueva Mayoría se alinean tras el candidato único que se elija en las elecciones primarias del 2 de julio y, según la lista que conformen, apoyan los dos pactos parlamentarios que determinen. La cifra repartidora del sistema proporcional reduce moderadamente el rendimiento electoral de cada partido en las parlamentarias, especialmente de los mayoritarios, aunque estos cuenten con una oferta más diversificada.

3 Se compite en primera vuelta con un pacto parlamentario. Se configuran dos opciones presidenciales, las de Guillier y Goic, con un pacto único parlamentario de la Nueva Mayoría. Se divide el electorado potencial de la coalición que, en la última elección de concejales ascendió al 47 por ciento, entre Guillier y Goic. A lo menos la candidatura falangista debería captar el 12.7 por ciento conseguido en la municipal, el que, teóricamente, debería restarse al obtenido por toda la Nueva Mayoría. Pero esta proporción no debería ser simétrica en la elección parlamentaria, pues lo más probable es que por simbiosis benevolente, la mayor parte de los candidatos a parlamentarios incline sus campañas hacia la carta con mejores chances, y viceversa. De cualquier modo, los contrastes que se han buscado marcar entre Guillier y Goic, cuando aún no se inicia la competencia definitiva, anticipan la polarización subsiguiente y la ventaja que cobrará de ello la centroderecha.

4 Se compite en primera vuelta con dos pactos parlamentarios. Por una parte, los partidos que permanecen en la Nueva Mayoría se alinean con un candidato presidencial y una lista parlamentaria común, y por la otra, la Democracia Cristiana postula su candidatura presidencial y su lista parlamentaria. Se divide el electorado que respaldó a la Nueva Mayoría en la elección de concejales de octubre y, en consecuencia, ordenada por sus primarias, la centroderecha tomará la delantera. Para todos los efectos de cálculo electoral, si la base de apoyo de la DC es del 12 por ciento, la del PS es del 11, la del PPD de 9, y la del PR del 7 por ciento. De modo que cada grano de arena cuenta a la hora de provocar el efecto mariposa.

Este electorado no dará sorpresas.

Una crisis larvada

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Primera vuelta y pacto propio