REINVESTIDURA

20 octubre, 2015

Investidura

La investidura es un valor subjetivo que precisa ser positivamente apreciado a través de símbolos, como la banda presidencial, el báculo pastoral, la toga o el birrete. Pero sobre todo, a través de la actitud, el gesto, la conducta visible, que viste o reviste quien detenta una posición de poder.

La investidura presidencial no es algo que se tome y se consume en la ceremonia de traspaso de mando, aunque dicho ritual es una señal pública necesaria para testificar que el cargo ha cambiado de posesión. La investidura más bien es el protocolo del ejercicio del poder que da cuenta permanente de la potestad que asiste a quien lo posee. El carácter que cada día se expone al escrutinio público, y que cada día puede ser empañado, oscurecido y eclipsado, o esclarecido y realzado.

Dañan esta investidura —que en nuestro país concentra la Jefatura del Estado, la Presidencia de la República y la máxima jerarquía del Ejecutivo— las acciones que, orillando las facultades presidenciales, buscan cambiar el curso del gobierno, las operaciones que tienen como propósito presionar a la autoridad para que resigne sus funciones, y el desborde de los otros poderes públicos hacia su esfera de competencia. Ninguno de estos embates contra la investidura, pretendidamente justificados por los estados de ánimo y de salud de la Presidenta, por las caídas de su popularidad y por los desconciertos de su coalición política, ha pasado inadvertido para la opinión pública que, sensibilizada por el daño ocasionado y escéptica de las motivaciones esgrimidas, ha empezado a prestar legitimidad a los actos reparatorios de la dignidad del cargo.

El reordenamiento del gobierno, el contacto con la ciudadanía, las exhortaciones fidelizatorias a la coalición, y la potencia, como el ascendiente, de los mandatos observados últimamente en el desempeño de la Presidenta, constituyen actos de reinvestidura orientados a restablecer la plena posesión del cargo. Al posesionarse nuevamente, la Presidenta reasume en toda su magnitud y magnanimidad la tradición democrática y republicana que, encarnada en la más alta magistratura, y más allá de las circunstancias históricas, nos identifica y nos proyecta como el nosotros que los chilenos anhelamos ser.

La selfie de Bachelet

El Mostrador

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PRIMER MINISTRO

17 agosto, 2015

DC en La Moneda

No existe consenso en Chile en torno a la figura de un Primer Ministro, si bien desde los tiempos de la dictadura se vienen oyendo voces que proponen reemplazar el actual régimen presidencial.

La idea de un jefe del Ejecutivo, cuya investidura dependa del Congreso, y de un jefe de Estado situado por encima de la contingencia —verbigracia el Rey de España o el Presidente de la República Italiana—, entraña avanzar hacia un sistema parlamentario que sólo puede instaurarse mediante una reforma de la Constitución.

Por estos días se ha hecho pública la propuesta «Lo que nos une: las ideas DC para una nueva Constitución», una moción que es clara en promover la moderación de las facultades del Presidente de la República, pero ambigua a la hora de perfilar la estructura institucional que vendrá a sustituirlas. Mucho más explícita es al elevar al rango de derechos fundamentales los derechos patrimoniales que, a diferencia de los de salud y educación, no son indisponibles, inalienables, inviolables, intransmisibles y personalísimos. De hecho la propuesta postula un Jefe de Gobierno con funciones distintas de las del Presidente o, en subsidio, fortalecer las facultades del Parlamento a fin de equilibrar el peso de la autoridad presidencial, sin precisar cómo esta última fórmula podría evitar una pugna de poderes semejante a la que derivó en el golpe de Estado de 1973.

Una cosa es segura, si ha de buscarse la causa del prematuro desgaste presidencial, la competencia desatada por el sillón de O´Higgins, los sucesivos ajustes de gabinete, los ministros súper empoderados, las demostraciones de fuerza, los parlamentarios que mezquinan su apoyo, los comportamientos tránsfugas y díscolos, y los partidos mayoritarios desplazados de la formación del gobierno, ella se encuentra en el presidencialismo.

La institución del Presidente del Gobierno aseguraría, lo mismo que la estabilidad democrática, el respeto a la voluntad mayoritaria y el derecho de las minorías a convertirse en mayoría. Nuestro presidencialismo no los garantiza. Por el contrario, como lo demostrará la entrada en vigencia del sistema proporcional, hará imposible la proyección de las actuales coaliciones y la formación de otras nuevas.


SOBRE EL PLEBISCITO

1 octubre, 2013

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De haber ganado el Sí el 5 de octubre de 1988, Augusto Pinochet habría gobernado hasta el año 1997. Esto en teoría, claro, pues nunca nadie tuvo certeza alguna de la duración del régimen nacido del golpe de Estado de 1973. Bien pudo haberse prolongado aún más, al igual que el franquismo en España o el salazarismo en Portugal, experiencias emuladas por los mentores del modelo chileno. El del 5 de octubre vino a ser el tercer referéndum, en diez años, destinado a consolidar el nuevo culto a la personalidad encarnado en el pinochetismo.

La consulta de 1978 había conseguido refrendar el poder fáctico de Pinochet a la cabeza del gobierno, no obstante la resistencia del general Leigh y de otros oficiales de la Fuerza Aérea que, tras fracasar en su propósito, acabarían destituidos de sus cargos. Entonces los electores fueron convocados a legitimar la autoridad de Pinochet frente a las exhortaciones al restablecimiento de los derechos humanos formuladas por Naciones Unidas, tenidas como una agresión internacional contra Chile. La consulta fue además un ensayo del plebiscito que tuvo lugar veinte meses después, cuando el país debió pronunciarse sobre la Constitución de 1980 y, en el mismo acto, renovar el mandato del gobernante hasta 1989.

El plebiscito de 1988 iba a ser como los dos anteriores, un referendo presidencial para un periodo de ocho años con un solo candidato. Y así pudieron leerlo en las cédulas de votación los más de siete millones de electores que concurrieron a las urnas: «Propónese al país, sujeto a la ratificación de la ciudadanía, al Capitán General don Augusto Pinochet Ugarte, para ocupar el cargo de Presidente de la República en el periodo presidencial siguiente al que está rigiendo». Pero no fue igual. Aquel año fracasó el itinerario futuro.

La clave del giro habría de darla una sicóloga social de altísimo prestigio universitario, según relata Gabriel Valdés en sus memorias. La investigadora jamás había visto a un pueblo tan atemorizado por lo que aconsejaba acentuar en los mensajes expresiones como felicidad futura, niñez, naturaleza, alegría y paz, las metáforas de la libertad que, finalmente, se fundieron en la consigna «Chile: la alegría ya viene».

 Sobre el Plebiscito, Diario de Concepción, pág. 2