DEMOCRACIA CRISTIANA, TRES RUPTURAS Y UN LAMENTO

7 enero, 2018

La recuperación de la DC como eje indiscutido de la política nacional, fue conducida entonces por personeros que contaban con una legitimidad y autoridad interna y externa que no dejaba lugar a fisuras.

«Renuncia masiva de figuras y militantes de la Democracia Cristiana» es el rótulo de la noticia difundida esta semana en la prensa escrita, la televisión, las radios y los medios digitales de comunicación. Alude al rompimiento con la colectividad de miembros de Progresismo con Progreso encabezados por la ex ministra Mariana Aylwin en una coyuntura que el senador Jorge Pizarro ha calificado como la crisis más profunda que ha tenido la DC desde su fundación.

En sus sesenta años de existencia, desde su creación en julio de 1957, la Democracia Cristiana ha enfrentado tres divisiones: la primera, en 1969, cuando se formó el MAPU; la segunda, en 1971, cuando nació la Izquierda Cristiana; y, la tercera, en 2007, cuando fue expulsado el senador Adolfo Zaldívar y se reorganizó el PRI.

Con la crisis de 1969, abandonó el partido un importante grupo de parlamentarios y dirigentes liderado por el senador Rafael Agustín Gumucio, fundador de la Falange Nacional y primer presidente del PDC. Lo acompañaron en su decisión el senador Alberto Jerez y el diputado Julio Silva Solar, y guías emergentes que, por sus cualidades políticas y o ascendiente intelectual, trascendieron a su tiempo, así los casos de Carlos Montes, José Miguel Insulza, Óscar Guillermo Garretón, Jaime Estévez, Vicente Sota, Enrique Correa Ríos, Rodrigo Ambrosio, Jacques Chonchol y Tomás Moulian.

Pocos meses después, con la ruptura de 1971 que dio origen a la Izquierda Cristiana, se alejaron de la DC los diputados Luis Maira, Pedro Felipe Ramírez, Osvaldo Gianinni, Fernando Buzeta, Pedro Videla, Jaime Concha, Alberto Jaramillo y Pedro Urra. Les siguieron dirigentes como Bosco Parra, Juan Enrique Miquel, Eugenio Díaz y el presidente de la Juventud Demócrata Cristiana, Luis Badilla.

¿Cuáles fueron los efectos de ambas fracturas? El quiebre del 69 contribuyó a la derrota de Radomiro Tomic en la elección presidencial de 1970 y a una fuerte caída electoral del partido en las elecciones municipales de 1971. Luego, con el cisma de la Izquierda Cristiana, la colectividad debió emprender un radical cambio de sus diseños orgánicos y estratégicos, ahora orientados principalmente a vigorizar su implantación social y territorial.

La recuperación de la DC como eje indiscutido de la política nacional, fue conducida entonces por personeros que contaban con una legitimidad y autoridad interna y externa que no dejaba lugar a fisuras. Cobra relieve el temple de Bernardo Leighton, Narciso Irureta, Renán Fuentealba, Belisario Velasco, entre los adultos, y de Ricardo Hormazábal, Gutenberg Martínez, Soledad Alvear, Adolfo Zaldívar, Juan Carlos Latorre, Mario Fernández, Guillermo Yunge, Miguel Salazar y Luis Lagos, entre los jóvenes.

Con el inicio del actual milenio se incubó un tercer conflicto que habría de concluir en el alejamiento del senador Zaldívar y de los diputados Jaime Mulet, Pedro Araya, Carlos Olivares, Alejandra Sepúlveda y Eduardo Díaz. Su consecuencia directa fue el declive electoral del partido, que pasó del 20 por ciento de adhesión en la municipal de 2004, al 14 por ciento en la de 2008. Posteriormente, el rompimiento habría de coadyuvar al fracaso de la candidatura presidencial de Eduardo Frei en 2009.

Vista sobre el fondo de esta secuencia, ¿qué gravitación tiene la renuncia de los miembros de Progresismo con Progreso y su proclamado propósito de constituirse en partido?

De entrada, en la nómina de los 31 renunciados no hay ninguno que ejerza cargos de representación popular ni de gobierno. Seguidamente, tampoco sus prosélitos tienen una influencia significativa en los órganos de decisión de la colectividad, por lo que difícilmente su ausencia afectará el funcionamiento de la institucionalidad interna. En cuanto a su número, hay que poner la cifra en contexto. Si ha habido un éxodo masivo de militantes democratacristianos este ha sido el de 80 mil afiliados que no confirmaron su pertenencia al partido, pues de los 113 mil inscritos que obran en los registros del Servel, sólo alrededor de 30 mil se han refichado, y de estos, poco más de 20 mil participan en los procesos de consulta de la organización.

La crisis abierta por Progresismo con Progreso, desde luego tributaria de esta desafección, ha tenido también repercusiones políticas, visibles en el peor desempeño electoral del partido de toda su historia. Su estrategia de ruptura con la centroizquierda y el gobierno, su reedición del camino propio, su permanente propensión al conflicto y a la crispación de los ánimos, sus provocadoras apariciones mediáticas, han dañado la cohesión, la fraternidad y el respeto entre quienes se obligan a un trato de camaradas. Lo cual es de lamentar, pero aún más crucial es que entraña un desafío mayor de universalidad y aggiornamento que debería iniciarse en la próxima Junta Nacional y  proyectarse a los próximos años.

 

 

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LA FATAL PROFECÍA DEL CAMINO PROPIO

27 octubre, 2016

camino

« ¿Qué ocurrió realmente con el camino propio inaugurado por el PRI? El PRI se incorporó al gobierno de Sebastián Piñera y, luego, al pacto de la derecha donde, como era de esperar, sus partidos fuertes, Renovación Nacional y la UDI, lo consumieron hasta convertirlo en una presencia virtual.»

La fatal profecía del camino propio

En la década pasada el Partido Regionalista de los Independientes, PRI, era —al igual que Chile Primero y el Ecologista— una fuerza política en formación a la que se le auguraba un promisorio porvenir. El PRI fue el instrumento que un sector de la Democracia Cristiana liderado por Adolfo Zaldívar empleó para emprender la marcha hacia el camino propio.

La sola fundación del PRI constituyó un fuerte golpe para la DC, y así se reveló en las elecciones municipales de 2008. Aquel año la falange perdió alrededor de 400 mil votos que nunca más volvieron a sus arcas electorales. Entonces el PRI capturó unos 225 mil sufragios correspondientes al 3,7 por ciento de los emitidos, pero cuatro años después, duplicó esta votación y consiguió elegir 135 concejales. Todo un sueño. Superó a los partidos Comunista y Radical. Sin embargo, el domingo pasado se convirtió en la colectividad más castigada por la ciudadanía al perder unos 300 mil electores, bajar al 2,4 por ciento y elegir no más de 42 concejales.

¿Qué ocurrió realmente con el camino propio inaugurado por el PRI? El PRI se incorporó al gobierno de Sebastián Piñera y, luego, al pacto de la derecha donde, como era de esperar, sus partidos fuertes, Renovación Nacional y la UDI, lo consumieron hasta convertirlo en una presencia virtual.

Este es el camino que, tras una persistente, prolongada y descarnada crítica al Gobierno y al programa, ofrece al partido el grupo «Progresismo con Progreso»: abandonar la Nueva Mayoría y competir en noviembre de 2017 con un candidato, una lista parlamentaria, y una lista de consejeros y de gobernadores regionales. Esto significa ir solos, aguantar solos y perecer solos por la identidad partidaria, siempre entendida como el freno perentorio a las transformaciones del modelo y del régimen político heredados de la dictadura.

Curiosamente, los progresistas con progreso no ignoran el fatal desenlace de su oferta política y estratégica. Algunos fueron exitosos organizadores de las Nuevas Generaciones que vendrían a corregir el modelo y a refundar el partido. Otros alzaron las banderas de una cruzada destinada a erradicar a los díscolos sin miramientos. ¡Váyanse, váyanse, váyanse! Es el eco que aún retumba en los pasillos de Alameda 1460 cada vez que se apela a sanciones disciplinarias para restablecer la unidad y el orden de la colectividad.

Un mérito tiene la reedición del PRI que postula el PP, y es que muestra sin ambages ni medias tintas a dónde quiere conducir al partido. Esto obliga a todos los sectores y sensibilidades internas a fijar sus posiciones con claridad y, a la Democracia Cristiana, a plebiscitar las dos vías que tiene ante sí.