LA OPINION DE BELISARIO VELASCO

Belisario Velasco, es ministro del Interior

Belisario Velasco, ex ministro del Interior del gobierno de Michelle Bachelet

En el diario La Tercera de hoy, Belisario Velasco, ex ministro del Interior y uno de los emblemáticos exponentes del progresismo democratacristiano, se ha referido a las distintas alternativas que se barajan para suceder a la actual mesa directiva del partido. En su examen, Velasco ha subrayado dos cuestiones cruciales de la actual coyuntura política. La primera, que, según la encuesta de enero del Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea, sólo un 5 por ciento de los electores votaría por la Democracia Cristiana. Y la segunda, que el consenso construido en torno al senador Jorge Pizarro será de continuidad y, por lo tanto, no producirá efectos beneficiosos sobre la percepción que los ciudadanos se han formado de la DC.

Aunque los asuntos metodológicos siempre admiten controversia, es difícil que alguien se anime a impugnar la credibilidad del sondeo realizado por un centro —dirigido por otro antiguo militante falangista, como es Carlos Huneeus— que nació al amparo de la Academia de Humanismo Cristiano, fundada por el entonces cardenal Silva Henríquez. Son largas décadas de experiencia y aprendizaje, y no siempre auxiliado por el oxigeno requerido. Hay que partir asumiendo pues, que el dato es válido y confiable, y que debe invitar a meditar. Porque, si efectivamente las elecciones fueran el próximo domingo, que es la situación hipotética en que se pone al entrevistado, no más del 5 por ciento votaría por la Democracia Cristiana. Pero un 11 por ciento lo haría por el Partido Socialista, y un 10 por ciento le daría su preferencia a Renovación Nacional.

1. Mal diseño estratégico

Es indudable que el otrora principal partido del país está pagando un alto costo político. ¿Qué se ha hecho mal? ¿De quién es la responsabilidad?

Un partido es un instrumento para la acción. Y la acción debe ordenarse según una estrategia que asegure la coherencia entre los fines buscados, la realidad en la cual se actúa, la fuerza política y social disponible, y las condiciones internas y externas que limitan o posibilitan esa acción. Si no existe esta coherencia, la estrategia no es útil. Y si no lo es, entonces sobreviene el desorden, las contradicciones, las ambigüedades, la pérdida de perfil, el divorcio con las necesidades del país, y la amenaza a la propia supervivencia de la organización. Aquí es la estrategia seguida la que está en tela de juicio. Y lo que parece haber fallado en la Democracia Cristiana es la consistencia entre lo que declara que quiere hacer, y lo que realmente puede y ha podido hacer.

Los ejemplos que ofrece Belisario Velasco son elocuentes, pero no son los únicos. La DC aparece como un plantel de figuras destacadas, cada una de las cuales tiene su peso específico y su autonomía, pero no constituyen un equipo, ni responden a los cuadros técnicos de la selección, que son las estructuras directivas a cargo de fijar la estrategia de juego.

¿Cómo se entiende que rostros públicos de la DC, en medio de la competencia de primarias, hicieran proselitismo por Michelle Bachelet y Andrés Velasco, cuando Claudio Orrego era el candidato que, además, había triunfado sobre Ximena Rincón? ¿Cómo se entiende que habiéndose convertido Michelle Bachelet en la candidata de la colectividad, militantes trabajaran por el éxito de Alfredo Sfeir? ¿Qué sentido de partido hay ahí donde un alcalde democratacristiano castiga con la cesantía a sus camaradas porque no se alinean con sus aspiraciones de poder? ¿Qué valor tiene la militancia cuando democratacristianos fundan, dirigen y mantienen a otra colectividad política, como es Fuerza Pública, y además promueven a su candidato? ¿Qué valor tienen los acuerdos cuando se transgrede uno de ellos que explícitamente censura las donaciones hechas por empresas o grupos de interés a campañas electorales?

2. El exilio de la militancia

Los democratacristianos han perdido control sobre sus pasos. Hace mucho tiempo ya que la acción del partido de la flecha roja dejó de zanjarse en sus órganos de decisión. Hoy por hoy, las definiciones se toman en el Parlamento, y conforme a las correlaciones incidentales de fuerza que hacen valer sus figuras. Es ahí donde está radicado el debate, porque no en el Gobierno. Y aunque ha habido intentos para hacer primar la voz del Consejo y de la Junta Nacional, estos han resultado vanos. Cuando algunos militantes reclamaron que, en subsidio, al menos los legisladores observaran las resoluciones del órgano supremo de la colectividad, como es su Congreso Ideológico, la respuesta que recibieron de la directiva fue que dichos acuerdos no eran vinculantes y que, por lo tanto, en nada obligaban a los parlamentarios. Así, se ha llegado a la paradoja de que la principal herramienta de control del desempeño político de los dirigentes y representantes, no sean los militantes, sino el electorado, que no necesita de mediaciones partidarias para otorgar su voto, del mismo modo que los candidatos no necesitan de la organización para conseguirlo. Y es así como el guarismo del 15 por ciento del apoyo electoral que viene recibiendo la tienda, ha terminado convertido en el tótem que acredita la excelencia de su conducción política.

¿Existen otras formas de evaluar y vigilar el desempeño de los máximos responsables de la conducción partidaria? Están las elecciones internas que, por verificarse cada dos años, suelen constituirse en un referendo. ¿Qué resultados han arrojado éstas? Un virtual empate que ha petrificado, en lugar de dirimir, las diferencias, y una militancia cada vez menos motivada: en la última elección de mesa votaron 23 mil militantes, y en las territoriales, sólo 15 mil. La reciente elección de consejeros nacionales fue antes, durante y después de la Junta Nacional, una medición de fuerzas que la opinión pública miró con un dejo de pudor por el poderoso despliegue de recursos mediáticos invertidos.

3. Un «nosotros» en entredicho

¿Con qué vara se debe medir la gestión de la actual mesa? Podría ser con el instrumento creado al efecto hace cinco años, cuando la Junta Nacional dio su voto unánime a una propuesta que tenía como horizonte el año 2020, y cuyo propósito era modernizar la gestión del partido para crecer y fortalecer su acción política. A este desafío se le llamó Plan Estratégico, porque, entre sus seis tareas, prometía crear una estructura partidaria sostenible, una cultura ética de la fraternidad y del servicio público, y un incremento persistente de la presencia democratacristiana en cargos de representación social y popular. Hoy todo eso es una entelequia, pues, en algún lugar del trayecto, se perdió el instrumento. Es cosa de mirar las estructuras territoriales, el estado de los frentes, departamentos y comisiones técnicas, o las mismas comunicaciones del PDC, para las cuales también fue diseñado un plan. No puede dejar de mencionarse que de la elaboración del programa de gobierno fueron excluidos en forma deliberada cuadros técnicos e intelectuales del partido que siempre habían colaborado en ello.

Durante años sectores de la Democracia Cristiana han venido reclamando la realización de un nuevo congreso que, de acuerdo a los estatutos, debió celebrarse el año 2010. Veían que los vertiginosos cambios habidos en el país justificaban una reflexión colectiva que permitiera adecuar la organización a las nuevas demandas de la sociedad chilena. Pese a las fuertes convulsiones sociales del 2011, un hecho que alteró el curso de los acontecimientos, esta solicitud no fue acogida, como no lo fue la demanda de efectuar el evento antes de las próximas elecciones de mesa. Siempre se temió que perturbara el consenso imperante, como habría de afectarlo en la práctica el congreso de 2007, cuyas resoluciones se han venido imponiendo por el peso de la coyuntura y a contrapelo de la dirigencia. Un botón basta de muestra. La Democracia Cristiana respaldó el programa de gobierno en las tres causales que contemplaba la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Hoy la colectividad desea introducir matices a la propuesta del Ejecutivo, incluso algunos parlamentarios ponen en cuestión la adhesión del partido al programa. No obstante en su V Congreso el PDC fue claro en admitir la existencia de mecanismos de discernimiento para resolver los casos excepcionales y complejos que se presentan desde el punto de vista médico. Y nadie podría sostener que no deliberó «en conciencia».

4. El consenso para salvaguardar la continuidad

Hoy, la reproducción de aquel consenso pasa por la candidatura del senador Jorge Pizarro. Una mesa paritaria permitiría la concurrencia de la llamada disidencia y de los grupos hegemónicos de la actual directiva nacional, y acaso la convergencia en torno al próximo candidato a la Presidencia de la República, el senador Ignacio Walker, sin duda uno de los liderazgos más potentes que ha florecido en el partido. Ambas formaciones cuentan con la ventaja que les otorgan sus posiciones de poder en el aparato partidario. Sin embargo, su talón de Aquiles es la brecha que las separa de la base militante que, mayoritariamente, votó por Bachelet, apoyó a la Nueva Mayoría, abrazó el programa de reformas estructurales, y recuerda con orgullo la revolución en libertad de Eduardo Frei Montalva. Por eso, quizá Belisario Velasco tenga razón cuando sentencia que, de imponerse un consenso semejante, nada cambiará en la percepción que la ciudadanía tiene de la Democracia Cristiana.

 

¿Consenso de la continuidad?, Belisario Velasco, La Tercera, 1º de febrero de 2015

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