LA GRAN COALICIÓN

 

La alianza entre el Frente Amplio y la Nueva Mayoría no se realizará jamás a través de la crítica a sus trayectorias, prácticas, concepciones de mundo y contiendas electorales, sino en el encuentro en torno a las aspiraciones y expectativas que forman parte de la muy extendida cultura política de los derechos y libertades.

 

¿Por qué surgen las alianzas entre coaliciones de partidos políticos con distinto signo ideológico? ¿Qué explica la Grosse Koalition, aquella excepcional federación de la conservadora liga CDU/CSU y el Partido Social Demócrata que dan gobierno a Alemania? ¿Qué induce a conservadores y centroizquierdistas a compartir el gobierno de Austria? ¿Es un caso único del norte de Europa?

Más al sur, en España, el centroderechista Partido Popular y el Partido Socialista, aprueban en el Congreso el bono social contra la pobreza energética ―iniciativa largamente resistida por la derecha―, el decreto ley sobre cláusulas suelo que perjudican a los consumidores, y las facilidades de acceso de los jóvenes a programas contra el desempleo.

Y en Francia, el mismo Emmanuel Macron, monedita de oro en nuestra insular geografía (alguna vez también la fue Sarkozy), recluta sin escrúpulos a líderes de los principales partidos de izquierda y de derecha, mientras seduce a las multitudes con la ilusión de un nuevo centro del centro.

¿Por qué está ocurriendo esto que visto desde la conciencia del siglo XX resultaría una insólita contaminación de ideas y creencias?

Se puede arriesgar una respuesta estructuralista, una de larga longitud de onda, que, por su complejidad, escaparía a los estrechos límites que ofrece una columna de opinión. También se puede aventurar una respuesta coyuntural derivada, sin embargo, de tales cambios evolutivos, y que apunta a dos motivos. Primero, al ineludible desafío institucional de formar gobiernos de mayoría parlamentaria. Segundo, al reto democrático de conservar la legitimidad de las formas de vida libres e igualitarias fundadas en el respeto a las personas y a sus derechos, a través de la garantía de estabilidad y gobernabilidad, especialmente en aquellos países sacudidos por vertiginosas mudanzas de la moral, la técnica, la política y la economía.

Pero, más allá de estos propósitos de bien común, ¿qué lleva a los partidos políticos a estacionar sus querellas históricas e ideológicas y disponerse a la colaboración? Es un principio de identidad. A través del compromiso, consiguen proyectar e imprimir en la memoria colectiva la defensa de sus prácticas y tradiciones. De este modo los partidos perfilan su propio quehacer en la elaboración de la política pública. Y es sabido que no hay compromiso político democrático más eficaz que el que se hace desde el Estado, desde el gobierno de la sociedad, desde sus instituciones y sus organizaciones vivas.

Es indudable que la viabilidad de una alianza entre las dos coaliciones constituidas por el Frente Amplio y la Nueva Mayoría, no se mostrará jamás en la crítica recíproca a sus trayectorias, prácticas, concepciones de mundo y contiendas electorales. Ello sólo pondría de relieve purezas que acentuarían la diferenciación y la lucha por la fidelización de los méritos en disputa, abriendo así una brecha que sólo confundiría, sin persuadir, a los miles de seguidores de ambas formaciones.

Distraídos en esta brega, pasarían desapercibidas aspiraciones y expectativas que forman parte de una muy extendida cultura política de los derechos y libertades, y que los programas electorales y las políticas públicas no han sabido o no han podido traducir. No es por nada que, según la encuesta Bicentenario, el 56 por ciento de los chilenos considere que lo mejor para el país es que haya igualdad social y una distribución de los ingresos más equitativa, y que más de dos tercios crea que los derechos a la salud, a la protección del medio ambiente, y a la igualdad ante la ley no están garantizados.

La construcción de compromisos entre las dos coaliciones no es obra de una mesa de reunión. Es un proceso que comporta, sin abandonar la competencia electoral, un debate de ideas de cara a la ciudadanía que cruce la primera y la segunda vuelta presidencial, y que, eventualmente, culmine en el acto de investidura del próximo gobierno.

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